Autor: Seco, Luis Ignacio. 
   El problema de la participación     
 
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EL PROBLEMA DE LA PARTICIPACIÓN

LA anécdota la cuenta Indro Montanelli. Poco después del final de la guerra, Pietro Quaroni, embajador de Italia en París, discute en un almuerzo con un alto diplomático norteamericano a propósito de un incidente que había enfrentada a ía opinión pública de los dos países. «Yo creo —le dice sonriendo el italiano— que no pueden uste-dss insistir en esa línea, porque, después de todo, somos un pueblo de noventa millones de habitantes...» El americano no sala de su asombro: «¿Noventa millones?» «Sí, hombre —responde el embajador—, cuarenta y cinco millones de fascistas y cuarenta y cinco millones de antifascistas...» Y como el otro da señales todavía de no entender, insiste Quaroni: «Usted, por ejemplo, cree qtie en este momento está hablando con un italiano sólo, y, sin embargo, no es así. Habla con dos: con el fascista y con el antifascista...»

Yo no creo que esta «boutade», verdadera y bien traída, llegue a reflejar algún día, salvadas las denominaciones y las diferencias de todo tipo, la realidad sociológica e ideológica de nuestro país, en boca, por ejemplo, de Areilza, embajador de tan alto postín e inteligente humor como Quaroni. No lo creo, sobre todo, porque nuestro sistema y nuestros modales políticos han evolucionado bastante desde los años cuarenta; porque están en trance de evolucionar mucho más —sin perder la identidad— si se realiza lo ya escrito en el Fuero de los Españoles (1945) y en la Ley Orgánica del Estado (1967), y porque el futuro parece bien atado en la persona de Don Juan Carlos de Borbón, el sucesor de Franco a título de Rey, si le facilitamos las cosas; es decir, si el dinamismo ¡ntsgrador cte las instituciones lleva a término sin prisa, pero sin pausa, ese desarrollo político tan necesario para que no se produzca el vacío («desertización», lo han llamado recientemente) entre el individuo y el Estado como para que no se radicalicen irreparablements las posiciones. Y no lo creo tampoco si esa generación silenciosa y medular de sspañoles que, siendo jóvenes todavía, pasan ya da cierta edad, piensan seriamente desde ahora en una Monarquía moderna y reguladora que se apoye, con tradición y futuro, en la participación de todos, para seguir cubilando, sin cataclismos, etapas de justicia y de libertad, en lugar de tirarse dialécticamente los trastos a la cabeza por cuestiones de procedimiento.

No están los tiempos, en efecto, para hacer dibujos sobre el agua ni para imaginar un futuro, con vino de oporto y pasas de Corinto, que no tenga nada que ver con e! presente y haga tabla rasa de nuestra propia peculiaridad histórica y psicológica. Nunca como ahora me han parecido tan urgentes la sensatez, la serenidad y e! frío análisis de los datos para tomar con el necesario tino el verdadero pulso político del país. La crisis económica que sacude al mundo hace pensar cada vez con mayor apremio en la de 1929, cuyas consecuencias, tanto en España (y valdría la pena echar una ojeada a ese año de nuestra Historia) como en los otros países, fueron algo más que de índole estrictamente económica. Ya se sabe que a la hora de las tacas flacas todo el material dialéctico de uso ordinario se puede convertir, sin que nadie se lo explique después, en arma arrojadiza para hacer de la convivencia pacífica un verdadero guirigay de gritos y de requisitorias. Y buenos somos los españoles en el arte de transformar las palabras en obuses y ©n la ciencia de teologizar el diálogo «por ©I bien de la causa» de cada cual, para que esto no nos empiece a preocupar ya desde la presente vuelta del camino.

La política-ficción que nos sorprende casi a diario en nuestras tertulias y en nuestras lecturas sobrevuela con harta frecuencia, por frivolidad o por lo que sea, sobre esa diferencia concreta, pero remontable, que separan a la «España oficial» de la «España vital» y que hizo diferir en la forma de proceder con

prudencia a políticos tan ecuánimes y preparados de nuestro siglo como Antonio Maura y Francisco Cambó, dos españoles con visión de futuro, pero de presente más efímero de lo que a distancia de años habríamos podido desear. El problema, sin embargo, sigue siendo ése, y no porque los tiempos no cambien o la Tisrra se mueva menos, sino porque en el fondo la política consiste precisamente en acordar, dentro de lo posible, los términos de ese binomio en que se expresa !a participación, aunque la igualdad no pase, de ne-cho, de una mera aproximación de asíntotas. La idea fundamental de Maura era resolver el problema político español mediante una «revolución desde arriba». «Para ello —escribe José Luis Cornelias— hacía falta una revisión en la maquinaria del Estado; pero también la participación consciente de los españoles para que el Estado no siguiera siendo, como hasta entonces, el gran solitario. Por eso Maura, al mismo tiempo que su revolución desde arriba, quiso fomentar el movimiento de los de abajo, aunque siempre dirigido desde lo alto: un movimiento de participación consciente en la cosa pública, de

civismo o, como Maura prefería decir, de ciudadanía.» La diferencia entre (a idea de Maura y la de Cambó era una cuestión de procedimiento: el primero «pretendía integrar la España vital sn la España oficial», mientras lo que quería Cambó era, según Rabón, «matar a la España oficial y sustituirla por la España vital». El fracaso de la colaboración entre estos dos hombres desembocó a la larga en el llamado fulanismo político; es decir, en un juego artificioso que contaba casi nada con la realidad del país y casi todo con las palabras y con las personas de siempre. A este respecto, se me ocurre que hay dos datos de nuestros días dignos de la más serena consideración. Me refiero, por un lado, a -la evidente evolución cuantitativa de la población de nuestro país, y, por otro, a la aceptación popular con que ha sido recibido el concreto programa del presidente Arias, y al amplío espectro de actitudes a que ha dado lugar —con las exageraciones previstas— la apertura informativa que estamos viviendo, para conocernos mejor, sn los meses que llevamos de año. Nuestra población ha pasado, efectivamente, de los 25 millones

pico de 1940 a los 35 millones bien superados de la actualidad: sería ceguera ignorar a estas alturas lo que estas dos cifras suponen, aunque dejemos para los sociólogos las conclusiones cualitativas y de detalle que están en la plaza pública. Y el mismo dato puede explicar en cierto modo fas esperanzas provocadas por el «espíritu del 12 de febrero» y por las más recientes declaraciones del presidente Arias, prescindiendo incluso ds la lírica de los trovadores del periodismo político de la última hornada.

Sin olvidar la existencia de los «demonios familiares» y tal vez precisamente por soms-terlos a un buen mareaje, pienso que el desarrollo previsto de las Leyes Fundamentales no debe quedar aplazado,, para abrir cauces jurídicos de participación política, hasta el monj£nto en que se relies el presupuesto sucesorio. Si, como hemos leído sn todas partes, el mecanismo de estas leyes ha funcionado a plena satisfacción sn los días dramáticos que siguieron al asesinato de Carrero Blanco y, posteriormente, durante la enfermedad del Jefe del Estado, ¿por qué no ha ds funcionar del mismo modo si se ponen en marcha las asociaciones previstas por el Fuero de los Españoles y por la Ley Orgánica...? En el fondo se trata de sustituir el «ya se arreglará» de nuestra confiada inercia por el «vamos a arreglarlo», dentro del marco constitucional y contando, cuando es tiempo, con el poder aglutinante de Franco entre todos los españoles. No me parece otra la intención del Gobierno Arias al plantear un ordenamiento local y provincial más abierto y una participación política ^efectiva a nivel nacional mediante las asociaciones prometidas. Porque pretender el desarrollo d3l sistema político encuadrado por las Leyes Fundamentales sin pensar que continuidad y participación quieren decir hoy la misma cosa, equivaldría, en definitiva, a una falta de confianza en la propia dinámica de la «Constitución abierta» y a un portazo en pleno rostro de quienes creen que se puede evolucionar sin perder la identidad.

Luis Ignacio SECO

 

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