Autor: Gala, Antonio. 
   Participación     
 
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LA palabra participación es de tan frecuente uso en to que va de año que parece una falta de civismo no empezar a emplearla. Sin embargo, para dirigirme a tirios y troyanos —cuando tirios y ´troyar nos apenas tienen otra cosa en común que e) idioma— yo susto santiguarme con el diccionario de la Real

Academia, igual que los-toreros al iniciar el paseíllo.

El sustantivo «participación» es «acción y efecto de participar»: de eso no hay duda. Donde sf puede haberla es en referirse a te acepción transitiva o intransitiva de tal verbo, sobre todo cuando las transiciones son resbaladizas. Si no hay acuerdo ahí, tanto tos tirios como los troyanos pueden tener razón. Porque participar es «dar parte, noticiar, comunicar» ( o sea, «lotificar lo ya decidido sin más pretensión que la de que alguten se entere de algo que te interesa: "desde una boda en San Jerónimo a una subida de la gasolina), paro a! mismo tiempo es «tener ¡uno parte en una cosa o tocarte algo de eWa» (y en este sentido la participación ´política de los ciudadanos v´rane a ser, por definición, una perogrullada).

Por tanto, entiendo qus la palabra •ha adquirido, fuera del diccionario que hasta ahora manejábamos, nuevo y mayor alcance: el de acceso de tos espártales a su propio gobierno, el de posibilidad da opinar (no ya sobra si ía boda se roce, pero sí por lo menos si se haoe en San Jerónimo o cómo, cuándo y hasta qué punto puede ser festejada). De cualquier forma es difíofl 4a certeza, porque de esa participación se tía hecho «materia reservada» y «secreto oficial»: la misma paradójica actitud con que se escamotea a los "niños e) tema del sexo —siendo eHos tos que lo, protagonizarán dentro de poco— o se administra a sus espaldas el erario de los Reyes Magos, del que ellos sotos son destinatarios.

Que yo recuerde —y yo no he conocido otro régimen que éste—, a los gobernantes españoles les ha encantado siempre jugar, muy desde´ arriba, a la sorpresa. Como el cuclillo, que pone el huevo donde menos se espera. «Por vos cantó el cuclillo» es un refrán aplicable´ al tercero que aprovecha la riña de otros dos: tradición de política interior secularmente nuestra. La -reacción actual proyecta, al parecer, evitar esa riña maniquea y unificar las fuerzas que en ellas sa gastaban: Utrera Molina ha hablado de un «deseo ferviente de sumar y no de fes-tar; de dialogar y -no disputaí; de incluir y no de exotuir».

Y lo ha hecho en el mismo discurso en que afirmó su .impaciencia y su propósito de ´lucha denodada «por una mayor incorporación de la juventud y la inteligencia >a las tareas colectivas». Afirmación que no deja de ser un gran alivio en un país donde, para la palabra .tntelectuaJ, que TK> tiene ningún sentido mato, se ha inventado el peor. (Cosa que- no e® de hoy: en España, desda «1 XV!, ningún cristiano viejo quiso cultivar ni -la inteligencia, porque era de judíos, ni la tierra, porque era de moriscos. Lo único que condesesndieiron a cultivar fue su vocación de imperio: o la -guerra o el ocio. Me alegra esa intención -no porque crea que tas tareas colectivas hayan sido resueltas, hasta hoy, con poca inteligencia, sino porque creo que opinarles el primer modo de participación y que no es el gobernante quien debe concluir si se progresó o ´no, sino el gobernado, qwa goza o que padece tos gobiernos, que tiene perspectiva, y cuyo juioto es lo que evitará ía peligrosa aparición de Juan Palomo.

Desda mi posición de escritor —cada cual ha de hablar de k> que sabe— yo ´dije, por septiembre y m este mismo diarto, que «si una sociedad no acepta >la crítica que se le

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puede hacer, está dando la máxima razón para ser criticada». Y en un recurso que elevé ai Ministerio de [información anterior; a ¡raíz de la prohibición de una comedia mía —recurso que, por supuesto, ´no mereció ni un simple acuse de recibo—, aclaraba que hoy la salud sociopolítica dsl pueblo español permite plantearte críticamente — sin triunfalismos ni pusilanimidades— su más" reciente devenir ´histórico: to contrario sería el ´reconocimiento de errores lamentables. El tiempo, poco tiempo, me ha dado ta razón. En esto y en otra verdad que Kempis debió agregar a sus meditaciones: una comedia, aunque no dure mucho, dura más que un ministro. Porque en este mundo, todo —el poder también— pasa «quasi naves, sicut nubes, velut u mora»...

Según se ve, es en 1974 cuando oficial-´mente «no se combate el pluralismo». Es como si eJ «Boletín Oficia!», -por fin, autorizara a que el día sucediese a te noche. Por-qus hasta el ´nombre de «españoles» se inventó en Francia, muy avanzada ´la Edad Media, para designar ese vago tumulto de gallego, portugueses, aragoneses, navarros, leoneses, castellanos y catalanes que había detrás del Pirineo. Un tumulto que andaba —y continuó— devorándose entre si e intentando devorar el dorado fruto´ d» Andalucía musulmana —tan España como toda la otra— con ayuda de judíos y moriscos. Pre-´cisamente cuando ya no hubo España musulmana fue cuando se abolió 4a participación —la tolerancia de religiones y culturas— y España llegó a ser para Europa el país de la cerrazón ideológica y del exclusivismo

religioso. Claro que había motivos para actuar así: la unidad nacional soto podía basarse en lo que tantos pueblos, de historias separadas y a .menudo enemigas, tenían de común: la religión. Porque-ni siquiera su lengua era la misma.

La lengua, aun sófo como ´medio de comunicación —de participación— es importante. Utrera Molina- lo ha repetido citando a José Antonio, que lamentó ´la pérdida de «la • gracia más grande: una inteligencia y un lenguaje común para entenderse». Exactamente ligua´! que Solzhenitsin, un ruso perseguido por tos rusos: «Ay del país cuya literatura está amenazada por la intervención del poder. No se trata ya de una violación del derecho a escribir, sino de ¡la extinción del latido de un pueblo y de fa -destrucción de su memoria. La nación deja de estar atenta a sí misma, es desposeída de- su unidad espiritual y, a pesar de tener !a misma lengua, ®us ciudadanos dejan de comprendarse unos a otros. Las generaciones envejecen y mueren sin haberse dirigido la palabra.»

Quien ama a su país quiere participar y no desentenderse; hacer el país que ama* precisamente «porque no Je gusta». Que nadre se atribuya, en adelante, exclusivas de amor porque -la Historia Ha demostrado que tales exclusivas son siempre peligrosas y acaban por ´llevarnos al crimen pasional. Es el consentimiento, en su significado de sentir cor mún, lo que ´legitima a un poder; es ía ar-monia io que lo hace fructífero; (a libertad de opinión, lo que lo fortifica; la verdadera participación, lo que lo erige en objeto de ideales y fe. Sin esas apoyaturas (ya hemos visto cómo la religión —si es soto un dogma, una moral y un culto— puecte tambalearse) nunca un poder impulsará a un país, porque bastante trabajo tendrá con sostenerse.

Antonio GALA

 

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