Autor: Calvo Serer, Rafael. 
   El régimen portugués comparado con el español     
 
 Madrid.    27/01/1968.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

EI régimen portugués comparado con el español

Por Rafael Calvo Serer

Un mismo día, el 2 de enero de 1968, dos grandes periódicos, el "Times", de Londres, y el "He. raid Tribune", de París, se ocuparon de España en sendos artículos de un enviado especial y del corresponsal en Madrid, respectivamente. A la vez se referían a Portugal para señalar las considerables diferencias que separan a ambos países, no obstante la aparente similitud de los regímenes políticos, la vecindad geográfica y las buenas relaciones diplomáticas y militares.

De la exuberancia a la tristeza

Para el periodista inglés, Peter Strafford, pasar de España a Portugal—a través de la desembocadura del Guadiana—equivale a pasar de la exuberancia a la tristeza, del flamenco al fado. La uniformidad de la Prensa portuguesa contrasta con la mayor vivacidad de la española. Para el americano, Tad Szulc, el rigor policiaco y la carencia de vida política en Portugal hacen que comparativamente España produzca la impresión de que se entra en una democracia liberal.

Todas estas diferencias existen, no obstante los respectivos procesos de industrialización y desarrollo del turismo y las magníficas relaciones militares desde 1939. En el campo económico, la mayor vitalidad de la España de estos últimos tiempos fue reconocida—según se cuenta—en una de las últimas entrevistas que periódicamente han celebrado los dos jefes políticos a lo largo de muchos años. Franco dijo a Salazar que era necesario desarrollar el sistema de seguridad social y realizar fuertes inversiones para elevar el nivel educativo de las clases trabajadoras. A lo que respondió el primer ministro portugués que España lo podía hacer porque era un país rico. Franco se vio gratamente sorprendido de que se le dijera, por una destacada personalidad, que nuestro país ya no era un país inferior en el nivel económico.

Pluralismo frente a monotonía

El contraste entre las dos naciones ibéricas es todavía mayor en lo que respecta a las corrientes y tendencias políticas. Hacia el final de los años cuarenta discutí este tema con unos amigos portugueses, quienes me hicieron ver cómo en España se perfilaban por aquel entonces tres grupos culturales con marcada proyección política, que se localizaban en el Instituto de Estudios Políticos, en el Instituto de Cultura Hispánica y alrededor de la .revista "Arbor". Nada de eso había en Portugal. Durante los años de la República española apare-cióen Portugal un joven con fuste de líder político encabezando un movimiento integralista que fue inicialmente tolerado y apoyado por Oliveira Salazar. Pero al ver éste que el movimiento adquiría volumen e independencia puso los medios para eliminarlo radicalmente de la vida pública, cosa que consiguió.

Con el paso de los años, cuando se habla de la sucesión del régimen son pocos los nombres que se barajan: Marcelo Caetano, que fue ministro de la Presidencia y rector de la Universidad de Lisboa, puesto del que dimitió en 1962 por la entrada de la fuerza pública en el recinto universitario para reprimir manifestaciones estudiantiles; Adriano Moreira, ex ministro de Ultramar, víctima de su enfrentamiento con el Ejército con motivo de la política a seguir en África; Antunes Várela, basta hace poco ministro de Justicia, cuya dimisión fue unida a rumores de oposición a interferencias políticas en los Tribunales. Pero entre ellos no se señalan claras posiciones ideológicas o de. finidos programas políticos. Por el contrario, en España son numerosos los nombres que en el régimen, o en la oposición, promueven un pluralismo de corrientes o tendencias políticas.

Algo más que política económica

Ha habido en España un desarrollo más o menos intenso, con altibajos, de las libertades públicas que no tiene equivalente en Portugal. De aquí que surja la pregunta de por qué un estadista como Salazar haya impuesto una excesiva y monótona disciplina política, que hace mucho más frágil el porvenir de su régimen si se compara con el futuro español.

El caso del estadista portugués hace pensar que quizá la especialización económica — contra lo que se cree—no es la mejor preparación para la política. La gestión financiera de Oliveira Salazar merece respetuosa estimación, aunque tenga aspectos discutibles en cuanto al desarrolla económico. Levantó el país de la bancarrota hasta el punto que sus reservas le están permitiendo afrontar una costosa guerra en ultramar, sin que afecte al valor de la moneda ni haya tenido que interrumpir la construcción del airoso y simbólico puente que cruza el estuario del Tajo. Las altas y esbeltas columnas de hierro enmarcando la bella torre de Belem y el monumento al Príncipe Navegante quedarán como gloriosa memoria del estadista que supo enriquecer tan bello paisaje de la Naturaleza y de la Historia.

Tampoco otros ilustres economistas han quedado bien parados en su gestión política general: ahí están los ejemplos recientes de Mendés-France, de Erhard y, por último, de Harold Wilson. Mejor nombre como políticos dejaron, sin embargo, estadistas tan alejados de la especialización económica como De Gaulle, Adenauer y Churchill.

Preparación del futuro

Un punto vidrioso, pero valorativo, resalta al contrastar el futuro del régimen portugués con el que cabe prever para el español. Fue precisamente una alta personalidad lusitana de primerísimo rango quien, al tener en cuenta que puede haber un Rey en España después de Franco, dijo que con ello las perspectivas de futuro eran mucho mejores que las que cabía albergar respecto de Portugal. Se estima mejor esta comparación si volvemos al punto ya aludido del pluralismo de grupos o tendencias políticas que en España se han precisado de modo más intenso en ideas, programas, equipos y figuras públicas.

Ahora mismo, en los periódicos y publicaciones españolas pueden verse los efectos de la acción que desarrollaron durante los años cuarenta los tres grupos que entonces se perfilaban claramente. Existe una gama de tendencias autoritarias, socialistas, de derechas, progresistas, democrática cristianas, neutras y reformistas, que responden a unas divergencias reales por debajo de I» apariencia monolítica que pudo dar una impresión engañosa al término de la guerra civil, en los momentos de máximo predominio de los intelectuales de la Falange.

Esta vitalidad intelectual, que hizo protestar reiteradamente contra la falta de libertad de expresión, dio lugar a documentos como el del otoño de 1960, en que centenares de intelectuales españoles pedían la supresión de la censura previa, lo que se hizo al fin en 1966. La promulgación y aplicación de la ley de Prensa en España no encontró eco favorable en el país vecino, pues allí se sigue sin este cauce tan fundamental para la vida espiritual de un pueblo.

Por último, otra disociación entre los dos países se produjo en la política africana. Mientras España procedía a descolonizar Guinea, a la que dio una amplia autonomía antes de comenzar las negociaciones que seguramente acabarán en independencia, el primer ministro portugués se embarcó en una costosa operación militar que no podrá mantenerse tras él.

Esperanza frente a pesimismo

En los contrastes que Peter Strafford y Tad Szulc, como otros, hacen o pueden hacer en el mismo sentido, hay un sistema ideal de referencia: la democracia occidental, tal como se la encuentra funcionando de modo normal en una treintena de países, que se extienden por el mundo desde U. S. A. al Japón. Es este un ideal político que la Humanidad ha logrado tras reiterados y fallidos esfuerzos.

Tanto en España como en Portugal hay gentes que quieren para sus países una evolución hacia un régimen político democrático de aquel nivel superior. Pues bien, en la previsión de futuro se llega a la conclusión de que en la medida en que es mayor el pluralismo social y político y mayor la flexibilidad de las instituciones perinéabi1izadas por aquel pluralismo, se podrá esperar en España, a diferencia de Portugal, un progreso rápido hacia el Estado de Derecho que se considera como ideal, si se rechaza el régimen autoritario.

El avance, el estancamiento o el retroceso dependerá de quiénes sean los hombres y las tendencias que predominen en esta etapa nueva en que entra el régimen español al comenzar 1968. Las instituciones erigidas permiten tanto la democratización si las mueve la confianza, como el autoritarismo si predomina el pesimismo. Bien penoso sería que entre ambas tensiones nos quedásemos estancados por no confiar en el pueblo español, cuyas jóvenes generaciones han puesto claramente su ilusión en el camino de la democracia, con las liberta, des de expresión, de asociación y de reivindicación profesional.

Tan sólo de este modo se llegará a una sociedad igualitaria, de hombres libres, como se han propuesto el mundo occidental y la doctrina católica posconciliar. La experiencia ha demostrado que sin tales libertades y derechos no se consigue la fuerza operativa de los intelectuales y de las clases trabajadoras, que se sienten ajenas u oprimidas por otras clases privilegiadas.

 

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