Autor: Calvo Serer, Rafael. 
 Conversaciones en París: El futuro político de Francia y España. 
 II. El mañana del régimen     
 
 Madrid.    02/02/1968.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

Conversaciones en París: El futuro político de Francia y España

II.-EI mañana del régimen

Por Rafael Calvo Serer

El futuro político de Francia tiene sus mejores perspectivas en la nueva generación que ahora llega a la vida pública. En el artículo "El "aprés-gaullisme" ha comenzado" (1) se señalaba cómo el panorama francés se ha escindido en dos sectores: uno, proveniente de las estructuras políticas anteriores, a las que la V República ha querido sustituir, y otro, lleno de inquietud, deseoso de proseguir el camino hacia una nueva fórmula y de hallar la estabilidad definitiva de la institucionalización aceptada por todos. Los jóvenes, ajenos a los problemas crónicos de ¡a democracia francesa, no están hipotecados por una herencia de ineficacia.

El régimen de De Gaulle llega a su fin. La política personalísima del general, que ha utilizado vías .derechistas en la política interior con un enfoque internacional izquierdista, enturbia la visión de los acontecimientos. Francia se enfrenta, pues, a una crisis sucesoria en la que puede resultar vencedora la tendencia centrista de una democracia moderada o la izquierda social democrática aliada a unos comunistas en evolución. En cualquier caso, la sucesión está abierta.

La experiencia francesa da pie para ensayar en este segundo artículo una previsión razonada del futuro del régimen español.

(1) Primero de esta serie, publicado en MADRID, 15 de noviembre de 1967, página 3.

En 1931, como consecuencia de siete años de rigurosa dieta, los españoles vivieron una explosión de pasiones políticas durante los cinco años de la II Re-pública. Entre las frecuentes sátiras con que entonces se ridiculizaban o zaherían recíprocamente las posiciones políticas enemigas, un escritor «1 falangista Rafael Sánchez Mazas— calificó el programa de los demócratas cristianos de aquella hora como propugnador de un régimen paraguayo. Se refería a las "reducciones", zonas gobernadas por los jesuítas a comienzos del siglo XVIII en lo que ahora es el Paraguay. Se dijo de este Gobierno teocrático —no sé con qué fundamento— que los ciudadanos, los indios, eran tan buenos que hubo periodos en que no se cometió pe-cado grave.

No traigo a colación esta anécdota para remover viejas querellas, que pudieran resultar molestas para quienes lucharon noblemente en defensa de una ideología, sino para tratar de situar en el actual panorama político lo que parece ser el programa de algunos sectores, personas o posiciones, cuya presencia o influjo en el Poder quizá llegara a contar en el caso de que España se encontrase en circunstancias similares a las que se darían en Francia después de De Gaulle si no se hubiera permitido ninguna alternativa. La continuidad del gaullismo es viable merced a la posibilidad política de otras fuerzas además de la U. N. R., recientemente transformada en la Unión Democrática Nacional.

Es, en efecto, muy difícil hallar en el léxico político contemporáneo el término adecuado para designar una futura situación en la que no se hable de ninguna manera, por ejemplo, de corrientes políticas ¿1 de Sindicatos Ubres. Este es el problema con que se han encontrado autores tan diversos como Duverger, Juan Linz, Cari Friedrich y Zbigniew Brzezinski al intentar clasificar el régimen español entre los sistemas políticos actuales, haciendo abstracción de la singular posición del Jefe del Estado.

En un plano limitado a la forma de gobierno, una situación parecida se planteó ya en España en 1917 entre los políticos y los estudiosos del Derecho constitucional, cuando se discutió la ley de Sucesión, un buen conocedor de Derecho político comparado, lleno entonces de fervor falangista, publi-,có un trabajo con el título de "Monarquía electiva". Y José Félix de Lequerica, a pesar de su gran talento, ante la situación inédita que el proyecto preveía, se mostró partidario de la "Monarquía visigótica".

La cuestión no tiene una importancia meramente nominalística. La misma necesidad de recurrir a términos ya desfasados suscita en muchos el pesimismo ante la subsistencia de una terminología anacrónica y desusada. Por eso los observadores franceses—políticos e intelectuales con los que conversé sobre estos temas—no creen viable un indefinido mantenimiento del régimen actual después de Franco, sin acomodar las estructuras políticas del país a las nuevas circunstancias sociales y económicas, que empujan hacia fórmulas modernas. Y esta acomodación, según ellos, exige la intervención de sectores nuevos y de personas nuevas.

Según opinión comúnmente aceptada en Francia, tan sólo es posible la sucesión en un régimen como el español, que tiene un titular concreto del Poder de carácter excepcional e irrepetible, cuando existen instituciones y organizaciones políticas con vida propia e independiente. Este ha sido el caso de la Rusia soviética, que cuenta con el partido comunista, que ha mantenido las estructuras del Estado totalitario a través de los sucesivos cambios personales desde Lenin a Kruschev, pasando por Stalin y Malenkow. Al no encontrar mis interlocutores franceses estas condiciones en el caso de España, ni tampoco las que se dan en los regímenes democráticos liberales, ven muy con--fusas las soluciones previsibles y muy problemática su ejecución.

Mi respuesta pragmática es la misma que en repetidas ocasiones y variadas circunstancias he ido exponiendo: en la España actual hay más que un poder personal. El. Establishment—los dirigentes y los intereses soli--—»»>•— la situación — va a hacer pervivir el conjunto instituciones políticas del Régimen con las adaptaciones democráticas e históricas que el momento requiera. Lo cual, por otra parte, es posible de una manera ´formal a partir de la legislación actual, sobre todo de lo que se ha llamado "nuestra Constitución abierta".

Los mismos interlocutores coincidían conmigo en que ahora, en su país, una serie de personalidades, grupos, partidos o federaciones van tomando posiciones para ocupar el vacío que dejará el general, quien ya en 1965 consultó con sus colaboradores más cercanos—en una cena a la que asistían Pompidou, Debré, Palewski, Malraux...—si debía presentarse a la reelección a los setenta y cinco años de edad. Logrado el triunfo de De Gaulle en la segunda vuelta comenzó pronto—tras las difíciles elecciones de marzo de 1967 para la Asamblea—a configurarse y precisarse el régimen "pos-gaullista": una República presidencialista de tipo plebiscitario con la facultad del Presidente de disolver la Asamblea; pero sigue sin aclararse en la Constitución de la V República, cortada a la medida del general, la responsabilidad del primer ministro ante la Cámara y hasta qué punto es necesaria so confianza.

Se sabe cuáles son las fuerzas que amenazan al régimen: los comunistas y, sólo débilmente, la menguada extrema derecha. Se conocen igualmente las tendencias izquierdistas y centristas que proponen reformas constitucionales. Hay quienes defienden también una interpretación parlamentarista, en lo que respecta a las atribuciones del Presidente y sus relaciones con el primer ministro. Existen, finalmente, nombres de posibles sucesores, entre los que, con más o menos posibilidades, según cambien los diversos factores en juego, figuran Pompidou y Debré, por un lado; Mitterrand y Mendés-France, por otro, y en posición intermedia, Giscard d´Estaing. Lecanuet, por el momento, apenas cuenta.

En Francia, obligada a grandes Federaciones, coaliciones o formaciones políticas como consecuencia de las elecciones presidenciales y de la debilidad de la Asamblea frente al Gobierno, apuntan claramente varias tendencias: de un lado, el gaullismo; en el opuesto, los comunistas, .y entre aquéllos y éstos, el centro y la Federación de radicales y socialistas. O sea, que sobre el telón de fondo de los antiguos partidos se manifiesta ya una considerable simplificación de las fuerzas políticas. Todo ello puede servir para acelerar el mañana de la V República. En esta V República, a pesar de la posibilidad de movimientos de las fuerzas políticas, una vez desaparezca la excepcional figura de De Gaulle, mezcla de genio, audacia, pesimismo, ambición y orgullo nacionalista, una Constitución originariamente personalizada tendrá forzosamente que ser adaptada a las nuevas circunstancias para salvar las dificultades que creará la desaparición del actual príncipe gobernante".

Aunque la sociedad y el Régimen español presenten ciertas semejanzas con las de Francia, las variantes de estructura social y económica, mentalidad política y de coyuntura histórica son lo suficientemente grandes para que la situación francesa nos sirva como contraste más que como ejemplo o paralelo. Diferimos en concepción democrática, nivel de vida, relaciones internacionales, organización política y libertad de expresión. Por otra parte, el vacío que deje Franco producirá consecuencias distintas al creado por De Gaulle, porque la nueva organización constitucional—fundamentalmente aplazada por virtud de la disposición transitoria primera de la Ley Orgánica del Estado—no ha sido experimentada y las figuras y organizar iones políticas son menos numerosas y definidas.

Por el momento, el desarrollo político de la sucesión en España está sujeto a tres factores: uno, paralelo al caso francés, es la edad del Jefe del Estado; los otros dos, diversos por las distintas condiciones de los dos países, están determinados por las dificultades económicas, condicionadas por las circunstancias Internacionales y la presión social, particularmente activa, en algunos sectores.

A la vista de cómo se prepara el futuro político de Francia vale la pena examinar tanto una hipótesis lenta como otra rápida del proceso sucesorio previsible en España.

 

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