Autor: Calvo Serer, Rafael. 
 La democratización es incontenible. 
 Una solución centrista es viable en España     
 
 Madrid.    04/03/1968.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 32. 

La democratización es incontenible

Una solución centrista

Por Rafael CALVO SERER

El historiador no predice los acontecimientos futuros, pero sí es capaz de explicar su gestación. Por su parte, el científico de la política no crea el régimen constitucional conveniente para un país, sino que expone los instrumentos políticos disponibles en una situación determinada. Es el hombre público el que tiene que ofrecer un proyecto atrayente de futuro y un programa constitucional adecuado a las exigencias del momento.

Las dicturas son transitorias

En unas ocasiones los elementos de la realidad social impiden superar una situación de crisis. En otras, las deficiencias personales de los responsables de los asuntos públicos les incapacitan para evitar el fracaso del orden establecido. En este segundo caso, un simple cambio de personas en los puestos de Gobierno puede resolver la dificultad planteada. Mucho más difícil resulta encontrar una solución cuando los hombres públicos se encuentran con hondos conflictos políticos y económicos reflejo de una desvertebración social. En tales circunstancias, ni personas, ni grupos, son capaces de encontrar la solución efectiva y satisfactoria y existe el peligro de desembocar en la dictadura o en la guerra civil.

Para escapar a la debilidad de las democracias liberales, que resultaron impotentes para enfrentarse con los problemas de la sociedad industrial, no había en la primera posguerra mundial más que la apelación a la dictadura. Pero las dictaduras son transitorias por su propia naturaleza. Fue. den servir excepcionalmente para resolver las crisis que impiden el normal funcionamiento del régimen constitucional vigente. En la mayoría de los casos, sin embargo, no hacen más que ocultar y agravar los problemas reales. Por eso, si duran excesivamente, dejan al país sin ana organización política capaz de abordarlos. Y, lo que es peor, impiden la formación de futuros gobernantes no revolucionarios. Durante el período de entreguerras, por otra parte, en el mundo circundante no se puntualizaban todavía soluciones de síntesis capaces de superar las polarizaciones radicales: era la época de los frentes nacionales contra los frentes populares o de los fascismos contra el comunismo.

Una situación de estas características atravesó España en el primer cuarto de siglo, producida por una honda crisis social y política que desembocó en la dictadura del General Primo de Rivera. A su caída, en 1930, se vio que no había hecho más que aplazar muchos de los problemas planteados. Frente a ellos, los políticos liberales y conservadores cayeron en el utopismo, con programas in. aplicables por ajenos a la realidad. Uno de estos programas fue el ofrecido por aquel florido orador andaluz, Niceto Alcalá Zamora, que había presentado como régimen ideal una República—de la que fue Presidente—con obispos y santos y con otros matices conservadores. Pero la realidad no podía ser más opuesta. Estaban pendientes de solución los más graves problemas sociales y se hallaban descontentos los intelectuales y los universitarios. Para todos ellos el clericalismo era un obstáculo que se debía quebrantar.

Los problemas regionales estaban exacerbados por el centralismo. Todavía durante los meses prebélicos de 1936—según me corito Jiménez Fernández, Ministro de Agricultura poco antes—algún político se esforzó en buscar soluciones intermedias entre las dos Españas que habrían de desgarrarse en una guerra fratricida. Y que, acorde con el tono de la época, terminó con el triunfo total de una de las posiciones politicas entonces enfrentadas.

La solución de síntesis, que no fue posible entonces en España, es, sin embargo, viable hoy porque han cambiado los datos de la realidad, no sólo en nuestro país, sino también en el mundo. Por eso ahora el centro tiene otro significado, positivo como solución política.

En el curso de una generación —más de treinta años — se ha transformado profundamente el ´panorama contemporáneo, por la revolución industrial y la tecnológica, y se han operado intensas mutaciones de mentalidad y cambios políticos. Además de la persistencia del sistema democrático hay que contar con el poderoso influjo de los regímenes socialistas y se deben tener en cuenta también las dictaduras progresistas y las militares, que intentan evolucionar hacia la democracia.

Ni congelación del régimen ni radicalismo democrático

En el caso concreto de España, ¿cuáles son las soluciones para su inmediato futuro político? ¿Existe solamente la alternativa de mantener sin modificaciones la situación política establecida o de hacer elecciones constituyentes para que el pueblo elija libremente el nuevo Régimen? Lo primero supondría un continuismo sin cambios, y lo segundo, un cambio radical e imprevisible por la falta de experiencia política activa de nuestro pueblo. Examinemos! los dos extremos de esta disyuntiva antes de ver si cabe una solución intermedia.

No es razonable esperar que pueda haber un continuismo sin cambios, porque no ha sucedido nunca en la Historia. Tampoco cabe pensar que pudiese acontecer algo parecido a lo sucedido en Rusia después de Stalin, porque en España no hay un partido totalitario de ideología cerrada y exclusiva, capaz de controlar efectivamente, de modo absoluto, toda la vida del país, incluso al Ejército. El Régimen no podrá continuar como está, porque para ello haría falta otra personalidad política excepcional.

La sustitución de Franco por otro General, aunque sea bajo el nombre de Regente—lo que es posible, en un primer momento, si se aplica la Ley de Sucesión—, plantearía la necesidad de introducir modificaciones efectivas en el Régimen. El Regente—sucesor del actual Jefe del Estado—carecería de su prestigio, no podría controlar con su personal autoridad la vida política del país y no tendría más soluciones que la de imponerse autoritariamente mediante una organización de tipo fascista, con el apoyo del Ejército, o la de reconocer el pluralismo político existente, lo que le obligaría a buscar una solución democrática.

En caso de endurecimiento del Régimen se acentuaría el distanciamiento respecto de las democracias occidentales, con la consiguiente agravación de las dificultades económicas, y habría que proceder al restablecimiento de la censura. Dada la actual estructura de la sociedad española, el fascismo sería imposible sin el total compromiso del Ejército, porque el nuevo planteamiento político no habría surgido como una proyección de un General victorioso en una guerra civil, lo que le permitió contar siempre con la adhesión y colaboración de importantes fuerzas conservadoras.

Pero la profesionalización del Ejército y sus consiguientes resistencias a quedar envuelto o comprometido en una situación política, fascista o dictatorial, son obstáculos para que el futuro Regente pueda recurrir a tales fórmulas de Gobierno. Parece más probable que, de desembocar el Régimen en la instauración de una Regencia, ésta no fuera más que un puente para pasar a la otra solución política: la democrática.

Tampoco parecen mejores las perspectivas en favor de que el Gobierno, que según las previsiones sucesorias es quien, junto con el Consejo del Reino, propondría el Regente, se decidiera inmediatamente después de la muerte de Franco por unas elecciones de las que saliera una Asamblea Constituyente. De momento tal posibilidad resulta utópica.

Evidentemente no sería aconsejable tampoco la celebración en España de un plebiscito, como el que tuvo lugar en Italia en 1946, para decidir la forma de Gobierno. Lo más lógico es que nos encontrásemos ´con resultados similares: un país políticamente dividido. Habría resistencias invencibles para poner en práctica tal medida, ya que no hay ninguna potencia exterior, ni fuerza interior capaces de decidirse por el plebiscito y capaces de garantizar el libre y normal desarrollo de unas elecciones constituyentes.

Si parece imposible mantener el "statu quo", mediante el recurso al fascismo o a la dictadura como sustitutivos del prestigio personal, y resultaría utópico pensar en una Asamblea Constituyente o en un plebiscito, porque supondrían aventuras de imprevisibles consecuencias, ¿cabe una solución intermedia políticamente viable por ser la más adecuada a las actuales circunstancias..

La solución intermedia: un Gobierno de confianza para la derecha y de esperanza para la izquierda

No parece, pues, viable que el Régimen, en el momento de resolver el problema sucesorio, desemboque en 1» dictadura militar o en un régimen totalitario, ya que graves obstáculos interiores o internacionales se oponen a ello. Ahora bien, como los sectores partidarios del Régimen cuentan con gran parte del poder privado y tienen en sus manos casi todo el poder público, lo natural es que antes de correr el riesgo de unas elecciones constituyentes o de un plebiscito intenten la evolución gradual hacia la democracia. De este modo lograrían el máximo consentimiento y apoyo popular, evitando el quebrantamiento brusco de la situación. Desearían efectuar los cambios, pero sin excesivas aventuras.

Para llevar a cabo esta evolución hacia la democracia, deseable para todos y aconsejable para los más ligados con el Régimen, haría falta un Gobierno que pudiera pactar con la derecha y dialogar con la izquierda, tomados estos términos en el sentido relativo que necesariamente tienen. Este Gobierno debería ser lo suficientemente representativo y abierto para que las fuerzas más o menos en la oposición pusieran en él su confianza. Pero, a su vez, lo suficientemente equilibrado en su composición para no suscitar el recelo de la derecha.

Un Gobierno que habría de contar con elementos representativos de las nuevas generaciones y de las clases profesionales que no han participado todavía activamente en la vida política del país. Un Gobierno que estuviese en condiciones de garantizar, en la medida de lo posible, la continuidad de la situación establecida, a la vez que pudiera abrirse a una evolución que iría ensanchando la base hacia la izquierda intelectual y obrera. En una palabra, un Gobierno capaz de atraer al más amplio número posible de españoles. No es difícil todavía hacer una planificación de la vida política hacia la libertad comenzando por introducir, fundamentalmente, las debidas reformas en la organización sindical y en la representación política.

UNA SOLUCIÓN CENTRISTA ES VIABLE EN ESPAÑA

Este Gobierno—el de la fórmula centro—no sólo contaría con la máxima adhesión popular posible en el interior, sino también con fuertes asistencias y colaboraciones internacionales, dado su carácter ponderado y reformista. De este modo estaría en condiciones de evitar un colapso económico que vendría a agravar la coyuntura política de transición ya en sí llena de peligros.

La fórmula centro exigida por la irreversible democratización

Hace más de cien años, un nobles francés, Alexis de Tocqueville, sociólogo de primera magnitud, estudió el nuevo fenómeno de la democracia en América. Vio en .él la sociedad igualitaria y el régimen político que se impondría en el mundo. Aunque no le gustase mucho ese futuro, frente a su Inexorabilidad, se propuso luchar para que en la sociedad democrática pudiera salvarse la libertad.

Ahora, en el Brasil, otro de los grandes países del porvenir, hay un • régimen militar que ve reducir su base popular, porque según Rafael de , Almeida Magalhaes los militares son incapaces de gobernar democráticamente. Este colaborador civil, al presentar sn dimisión, dijo en la Cámara de Diputados, según informa "The Times" el 16 de febrero de 1968, que "o hacemos las modificaciones que el país pide en las esferas política, económica y social", o seremos barridos en cinco, diez o veinte años, porque el proceso de los cambios es irreversible". En efecto — ha afirmado el mencionado político brasileño—, la falta de apoyo popular no puede suplirse aumentando las1 "medidas de seguridad" y "regulando" las actividades estudiantiles. Tan tolo un progreso real es la garantía del desarrollo pacífico 7 es capaz de lograr la adhesión y la participación del pueblo.

En la línea de lo que aquel noble intelectual francés hizo hace más de cien años y un diputado brasileño acaba de anunciar ahora, me atrevo a decir que también en España el proceso de cambios y de democratización es irreversible. De no efectuarse las adecuadas reformas políticas, sociales y económicas, la actual clase gobernante y los solidarios con ella ni podrían congelar la presente situación, manteniendo las cosas indefinidamente como están, ni cabría tampoco dar marcha atrás. Pues la presión popular—sindical y política—tan sólo podría ser reprimida temporalmente. De una parte crecería la petición y exigencia de cambios; de otra, cedería la resistencia a ellos porque reaccionarían las conciencias ante la inmoralidad de mantener injustificadamente un inmovilismo por la fuerza, y la monstruosidad del restablecimiento de la censura, que vulneraría el Estado de Derecho proclamado.

El reformismo no es utópico

¿Cómo cabe proyectar una mayor evolución democrática del Régimen? No se nos escapan las dificultades, porque hasta el momento casi todos los regímenes presididos por militares tuvieron un fin difícil.

Pero, a diferencia de los incluidos en una larga serie catastrófica, cabe imaginar una suerte distinta para aquella» dictaduras militares o regímenes autoritarios que tengan voluntad auténtica de democratización. Este es el caso del Régimen español, porque reúne características que lo separan de la pura dictadura militar y de un autoritarismo rígido, sin haber sido en ningún momento totalitario. Por eso cabe una posibilidad de solución, en tanto en cuanto crea un Estado de Derecho.

El hecho de que el Régimen haya contado con una coalición de elementos representativos de las diversas fuerzas políticas de la España nacional — carlistas, monárquicos, católicos y conservadores, junto al falangismo — hace que, con el apoyo continuado del Ejército, aquellos sectores no rígidamente autoritarios encuadrados en ellas puedan emprender—decidida, aunque gradualmente—una mayor evolución democrática. .La legalidad fundamental creada por el Régimen como consecuencia de su propio pluralismo permite el diálogo, la discrepancia y, por último, el reconocimiento de la oposición. El problema consiste en hacer que esta participación sea efectiva. En la medida en que lo sea las

posibilidades de acción resultan inmediatas.

Consentimiento, adhesión y participación popular

¿A quién incumbirá la responsabilidad de dirigir el país en esta evolución democrática en el momento de la sucesión al actual Jefe del Estado? Están legítimamente previstas las soluciones de un Regente o la de un Rey. La solución temporal del Regente, preparatoria de la definitiva instauración monárquica, podría en efecto hacer compatible la continuidad con las innovaciones, logrando una adecuación del actual ordenamiento político a la realidad cambiante española y a las exigencias de nuestros compromisos internacionales. Esta sería la solución intermedia —centrista—propugnada, que partiendo de la legalidad actual se propondría una plena organización democrática.

Con criterio reformista, se construiría una democracia que contaría con un Ejecutivo fuerte y en la que se reconocería legalmente—mediante las instituciones adecuadas—el evidente pluralismo político y social. Ahora bien, si ésta debería ser la tarea del Regente, ¿por qué no confiársela desde el primer momento al Rey? Legalmente esto es posible y, además, el Rey estaría en mejores condiciones para enfocar aquella tarea por su independencia de los grupos e intereses encontrados y por la continuidad que representa.

Pero la decisión en favor del Rey o del Regente lo más pro. bable es que la tenga que tomar el Ejército, Ahora bien, el Ejército, por el hecho de reflejar en su composición la nueva estructura social y la nueva conciencia del, pueblo español, ya decidido por el camino de la modernización, será partidario de la solución más favorable a la libertad, a la democracia y al progreso.

No se ve otra salida mejor. Si es inviable la fórmula autoritaria, la de la dictadura militar y la del extremismo democrático, es preferible la evolución gradual por la vía reformista que representa el centro. En esta tarea de coalición de fuerzas en un centro político hacia un futuro de modernización las nuevas generaciones no pueden quedar marginadas. Además de que un régimen que se proponga seriamente ser democrático tiene que contar con ellas, con sus aspiraciones social democráticas, las que tendría a su favor los hábitos políticos del mundo occidental, de la Europa unida y de la Alianza Atlántica, en las que España, por su situación geográfica, por su tradición y por su propia voluntad esa inserta.

En política hay que partir siempre de la realidad. Exponer ideas y reflexiones sobre el futuro político de España requiere analizar objetivamente los hechos tal como son, queramos o no, nos gusten o no nos gusten. Los factores en juego constituyen datos de un problema cuyo planteamiento no puede omitirse si hay sincera voluntad de darle solución. El problema así puede resultar más difícil, pero el resultado supondrá una solución más a fondo.

Y la solución de fondo va más allá de) modo de actuar—a partir de la actual legalidad—durante el período de transición hacia una democracia, acorde con las exigencias de la época. Porque, desde el momento mismo de iniciarse la transición, habrá que proyectar con realismo la consolidación del orden político democrático. Y en esa nueva fase no puede ya pensarse solamente en el apoyo del Ejército, sino que lo fundamental será lograr la adhesión, integración y participación eri el régimen de obreros e intelectuales y de las demás fuerzas sociales.

No se puede ocultar, en fin, que estamos en un tiempo límite para formular y poner en práctica este plan de evolución. De no emprenderse ya desde ahora la solución centro, el estallido de las fuerzas sociales, cada día más reprimidas, no dejará otro camino que el de las elecciones constituyentes, en que corresponderá al pueblo español la última palabra. La misma mentalidad y estructura del Ejército conducirán a ello. Porque el Ejército, por su propia naturaleza, estará dispuesto a mantener la legalidad, pero no a imponerla por la fuerza si carece de bases populares. El Ejército tan sólo ocuparía de nuevo el poder si la legalidad democrática hubiera desaparecido.

El Gobierno centro, como es natural, no se opondría a esta consulta popular. Lo que se propondría es hacerla sin ocasionar violentas sacudidas en la situación política actualmente establecida en España.

(Conclusión del capitulo final del libro del autor "España ante la libertad, la democracia y el progreso", próximo a aparecer.)

RAFAEL CALVO SERER

 

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