Autor: Miret Magdalena, Enrique. 
   ¿Por una Constitución laica?     
 
 El Imparcial.    17/12/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

17 diciembre 1977 EL IMPARCIAL página 3

la tribuna de EL iMPARCIAL

UNA CONSTITUCIÓN LAICA?

LA palabra «laicismo» tiene en nuestro país -o en nuestros países como ahora

decimos con más precisión- una connotación peyorativa; y no debía ser así. En

nuestra vecina Francia —la católica Francia- las cosas pasan de muy distinta

manera. Allí desde el año 1905 tienen una Constitución laica. Laica porque se

garantiza a todo francés la libertad de conciencia y de cultos, sin cortapisas

ni privilegio alguno.

* La República —se dice en el primer artículo de la Constitución de 1905

asegura la libertad de conciencia», Y a continuación reconoce «el libre

ejercicio de los cultos», sin más restricción —como debe ser en todo país

civilizado— que «sólo las limitaciones de orden público». Y hoy, en la de 1958,

se reafirman los mismos conceptos sustancialmente.

Y en el artículo segundo de la de 1905 afirma que la República no reconoce ni

paga ni subvenciona ningún culto».

No se puede decir en menos palabras cosas más expresivas y mejor acomodadas a la

mayoría de edad de nuestro mundo actual.

* E1 resultado de esta «laicidad» no ha sido al final negativo para el

catolicismo, a pesar de los. Temores y luchas del primer momento. Obispos y

fieles se han acomodado a esta situación de independencia -como les pasó a los

católicos de Estados Unidos-, y no sólo los católicos, sino los ciudadanos que

no profesan ninguna religión han depuesto lodas las armas anticatólicas que un

día esgrimieron. Ahora ni los cristianos progresistas ni los conservadores,

pretenden otra estructura legal, porque esta separación clara y tajante entre

Iglesia y Estado no es comraprodu-cente para la fe, sino que permite a ésta su

más libre expansión, sin coacción de ningún género y sin que exista ese cáncer

que invadió nuestro suelo y que se llama catolicismo sociológico por el cual se

practican unos ritos y unas normas externas, más o menos deformadoras sin una

verdadera convicción personal consciente, porque frecuentemente no es nada más

que una creencia folklórica o una egoista conveniencia individual y social.

* En vez de privilegios lo que en Francia se le concede a la Iglesia es una

especial atención penal para evitar el abuso en materia civil de sus clérigos en

el ejercicio de sus funciones sacerdotales; abuso que en nuestro territorio

español -tan clerical- ha sido frecuente. Se castigan en el Código francés

ciertos excesos en la realización de la función clerical. Así, por ejemplo, se

sanciona a un sacerdote por recibir dinero de las personas a las que asiste en

su última enfermedad, o por delitos´contra el pudor que pueda cometer,

valiéndose de su calidad de sacerdote, o por no querer cumplir los requisitos

civiles del matrimonio.

* La Iglesia no tiene dentro de estas prevenciones que garantizan siempre

la independencia del Estado empacho alguno en convivir, por otro lado

amigablemente con él, sin por eso incluir en su Ley fudamental ninguna atención

a esta laicidad, que es una neutralidad religiosa radical y amistosamente

positiva, nunca negativa ni beligerante.

* Experiencias como ésta -pues Francia es un país tradicionalmente cristiano que

tuvo a gala demostrarlo durante muchos siglos— deben servirnos de ejemplo a la

hora de estructurar civilmente nuestra convivencia.

* Lo que no se entiende es que la mayoría de nuestros obispos hayan adaptado su

postura paternalista de querernos dictar a todos los ciudadanos lo que debe ser

la Constitución . Demasiados años hemos pasado de ordenación constitucional -

sobre todo en los siglos XIX y XX- al dictado del alto clero, que siempre

propugnó entre nosotros la intolerancia con los demás y el privilegio para la

institución eclesiástica.

* Ahora dicen los obispos que no quieren ni piden privilegios, aunque exigen que

nuestra Constitución tenga en cuenta nuestro pasado católico y nuestra situación

sociológica. El cardenal de Madrid ha aireado estos dos factores que deben ser

tenidos en cuenta, según él y sus compañeros de episcopado, por los

parlamentarios elegidos por todo el pueblo -que no sólo por ellos- a la hora de

redactar nuestras normas constitucionales.

* ¿Por qué ha de gravitar necesariamente sobre nuestras actuales espaldas lo que

ayer aps.pasó? ¿.Es que se nos ha de pasar factura de lo que fuimos obligados a

vivir, para seguir padeciendo ahora la pesada losa clerical que colgó año tras

año sobre los hombros de los ciudadanos? ¿No somos un pueblo que debe aprender

por fin a ser mayor de edad´? Porque si siempre se nos tiene como menores, nunca

aprenderemos a gobernarnos por nosotros mismos, como es la finalidad de todo

régimen democrático.

* Y nada digamos de la extraña razón sociológica que la Iglesia oficial alega.

Se dice nías o menos ocultamente que, al ser mayoría los católicos, el «staff»

que manda en la organización eclesial debería imponer sus opiniones en la

redacción de la máxima ordenación de nuestra convivencia general, como es la

Constitución . Pero habríamos de preguntarnos: ¿dequé mayoría se trata? Porque

ni las anticuadas e infladas estadísticas que se barajaban hasta hace poco sobre

la práctica religiosa, ni un análisis objetivo del concepto de mayoría

sociológica aplicada a la fe, puede hacernos concluir que sea una verdadera

mayoría consistente y convencida de la que se habla. ¿O es que la fe no es algo

personal, sino un producto masivo de una situación sociológica puramente

exterior?

* El padre Sarabia -un activo y famoso misionero español- decía en 1945, que

España no era tan católica como equivocadamente se creía ni mucho menos. Se

preguntaba con toda claridad: España ¿es católica? Y. a juzgar por la práctica

religiosa auténtica, contestaba que no lo era, y que nuestra guerra civil -

considerada por algunos como cruzada- no había dado el res´ultado religioso que

algunos esperaban de ella, porque «hay una verdad que no debemos olvidar nunca,

y que desgraciadamente no pocas veces la relegamos al olvido: el mundo no se ha

convertido a cañonazos ni con fusilamientos... El mundo no se ha convertido ni

convertirá jamás... con las leyes santas escritas en las páginas de las gacetas

gubernamentales».

* Estas reflexiones, de un sacerdote católico que había reconocido palmo a palmo

nuestra geografía intentando convertir a las musas, valen bastante más que las

de quienes se encierran en las cuatro paredes de su mundo clerical. Tenía amplia

experiencia viva de lo que hablaba y de lo que deducía de su contacto constante

con la base, y no la dictaminaba desde el alto laboratorio de un dicasterio

romano o diocesano.

Pero, aunque en el caso irreal de que fuesen los católicos una mayoría

consciente, y no sólo esa mayoría sociológica producida por un bautismo recibido

de niño sin poder ser consultado, no se puede decir que esta mayoría requiera un

trato de favor por el hecho de serlo. ¡Qué trabajo les cuesta a los dirigentes

eclesiásticos aprender lo que es la democracia. La estructura democrática de

poder no puede consentir el avasallamiento de las minorías ni siquiera que se

pida una ventaja para las mayorías, sino que debe ser promotora de la

convivencia de todos a plano total de igualdad -sin discriminación alguna por

causas religiosas, por respetables que histórica o sociológicamente fuesen

éstas.

* Hemos de aprender los católicos españoles una lección conciliar; que la

Iglesia no puede ser ni debe pretender seguir siendo un grupo de poder. Porque

el Evangelio usa sólo de medios pobres para su expansión y no medios ricos ni

poderosos. Jesús dijo bien claramente: «mi reinado no es de este mundo».

Nosotros, los hombres, somos quienes debemos, construir la sociedad de tejas

abajo, sin seguir el dictado de los que tienen otra más alta misión: la de

guiarnos para conseguir el desarrollo del espíritu.

* Nosotros vamos hacia «los nuevos cielos y nueva tierra», pero a través de este

mundo actual que tenemos que mejorar por nosotros mismos. La Biblia dice que

«dejó Dios al mundo a la disputa de los hombres», y no en manos de los

sacerdotes de Israel ni de los de Roma.

ENRIQUE MIRET MAGDALENA

 

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