Autor: Castro Zafra, Antonio. 
   Juego limpio en el debate religioso     
 
 Arriba.    18/12/1977.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

JUEGO LIMPIO EN EL DEBATE RELIGIOSO

Está abierto en nuestro país una especie de debate nacional sobre el tema

religioso, a propósito de la enseñanza y del borrador constitucional. Esto era

necesario, como oportunidad para definir actitudes coherentes con el sentir del

pueblo. La jerarquía católica debe acostumbrarse a tener en cuenta la opinión

pública: la mayor parte de las normas que adopta y casi la totalidad de sus

posturas vienen decididas desde arriba, desde los círculos clericales. Todo eso

de «la Iglesia es el pueblo de Dios» y «participación de los seglares» es

prácticamente embrionario en nuestro país. Por inercia, o por la no-existencia

de canales que recojan la voz de los laicos -tan grave lo uno como lo otro-,

nuestros obispos y nuestros curas acostumbran a actuar primero y pedir nuestro

apoyo después.

Pero una cosa es una polémica sobre enseñanza o aconfeslonalidad, y otra cosa

muy distinta el recurso a los golpes bajos por sistema, es decir, a la

deliberada distorsión de los hechos como recurso. La libertad que me da el hecho

de haber criticado, incluso con cierta dureza, determinadas actitudes de la

jerarquía católica, me obliga hoy a salir al encuentro de quienes no juegan

limpio en este debate. Es preciso respetar las reglas, o de la discusión sólo

van a salir posturas enconadas y sin rigor y terminaremos todos sin saber qué

sucedió al principio y por qué discutíamos.

El primer asunto se refiere a la Federación Católica de Padres de Familia y

Padres de Alumnos de Madrid. La movilización que ha desencadenado esta

asociación no puede ser pasada por alto, honradamente: más de dos millones de

adhesiones a su programa «Libertad de enseñanza para todos». De acuerdo con que

el objetivo de esta campaña puede ser polémico, y para mí que lo es. Pero ante

cifras tan abrumadoras de estados de opinión, hay que avanzar las respuestas con

una cierta cautela, al menos. Dígase lo que se diga, parece claro que el

pronunciamiento de los padres de familia sobre la alternativa de la enseñanza no

puede ser menospreciado. Nadie tiene hoy un respaldo tan masivo sobre una

cuestión concreta de la enseñanza para hacer frente a estos hechos, de ahí el

recurso a la tergiversación -y probablemente a la difamación- en determinados

sectores como respuesta en ciertos medios de información. El recurso demagógico

puede dar algún resultado, naturalmente a costa de la ética. ¿Puede sailr de ahí

algo que convoque y aglutine a la opinión pública española? Creo que no.

Otro frente de críticas que, a mi juicio, renuncia progresivamente a la

objetividad, como si la distancia creciente de los días difuminara cada vez más

las afirmaciones originales del texto, tiene como diana el documento de los

obispos sobre la constitución. Tal vez las reiteradas explicaciones -o

Justificaciones- de la jerarquía católica han contribuido a oscurecer más que a

clarificar el paisaje. A estas alturas parece que nadie recuerda ya qué dijeron

realmente los obispos en el polémico escrito. Lo cierto es que hemos desembocado

en una situación en la que ya se dan por dichas cosas que ni siquiera de pasada

fueron abordadas. Y por supuesto el documento es presentado desde un contexto de

desafío y de beligerancia.

El documento de los obispos sobre la constitución española tiene muchos puntos

débiles, en mi opinión, y no hay que inventarse otros si alguien quiere

criticarlo. Su precipitada redacción deja al descubierto amplios boquetes: hay

allí referencias y alusiones que no vienen al caso y, sobre todo, omisiones

clamorosas. A unas y a otras me he referido en estas páginas. Pero parece

elemental que cuando se redacta una nueva constitución también la Iglesia

católica avance sus opiniones sobre el tema. La misma Iglesia evangélica ha

hecho llegar a los diputados una serie de siete puntos sobre el contenido que, a

su juicio, debería recoger el texto.

La Iglesia católica en España, desde el Vaticano II acá, inició una etapa de

búsqueda de independencia que le desataba las manos para hablar sobre muchas

realidades político-sociales de la vida del país. Entonces su voz era recibida

con entusiasmo y aplauso por determinados sectores de la vida española, que

desde luego no eran los gubernamentales. Incluso de cara a las elecciones

generales la jerarquía mantuvo una neutralidad que no tenía precedentes en la

Historia española, y ni siquiera en el resto del Occidente europeo, donde la

Iglesia es identificada con amplios sectores de la población. Un año antes,

hasta el propio Pablo VI, con motivo de las elecciones en Italia, recordaba a

los católicos italianos que no debían votar comunismo, y la jerarquía ondeó las

banderas de la DC. A pesar de las fuertes presiones vaticanas, e incluso

alemanas, nuestros obispos insistieron en no descender a una nómina concreta de

partidos «buenos» y «malos». Naturalmente, esto convenía a un sector político

determinado, a la izquierda.

Está nuevamente claro ahora que nuestro talante democrático ha de madurar mucho

aún. Sólo parece que estamos dispuestos a aplaudir o a aceptar lo que nos agrada

y conviene. Independientemente de la carga de verdad o de error que contengan

esas palabras.

El documento de los obispos está redactado desde una perspectiva pastoral y

religiosa. Desde la misma situación y actitud en que fueron redactados los

anteriores textos públicos de una década a esta parte. Deberíamos estar

acostumbrados al nuevo estilo episcopal. Pero, por lo visto, ni siquiera hemos

enterrado la porra.

Antonio CASTRO ZAFRA

 

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