Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   ¡Qué país!     
 
 El Imparcial.    10/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

¡Qué país!

UNO de los temas tratados en el reciente e Importante articulo da Santiago Carrillo en «Mundo Obrero» es el del patrimonio sindical. La aspiración expresada por el líder del Partido Comunista es «utilizar el patrimonio sindical por parte de las Centrales democráticas de clase». Utilizar no es apropiarse de ese patrimonio. Pero el tema merece la pena tratarse. Es uno de los grandes temas de nuestro momento; y aparece escondido. Hay que sacarlo a la luz, como tantas cosas. En estos momentos el patrimonio sindical es cuantiosísimo. Podría tener centenares de miles de millones. Es urgente que alguien diga al país las cifras de las valoraciones reales. Son las Casas sindicales en las que tenía lugar la actividad económicosoclal de los empresarios y los trabajadores, las Escuelas de formación profesional, las

Residencias de «Educación y Descanso», las Instalaciones agrícolas y sanitarias; y algunas cosas más. Solamente el valor inmobiliario es enorme. El origen de este patrimonio era mínimo.

Fue el producto de algunas incautaciones. Estas, o el valor de astas, se devuelve y en paz. El gran bocado es el resto. Ha sido creado por la «cuota sindical» en la que de cuatro partes, los empresarios pagaban tres, y los trabajadores una, aproximadamente. Frente a la aspiración de algunas Centrales Obreras de apropiarse de este patrimonio, podría ofrecerse esta respuesta: en primer lugar, no todos los trabajadores —que son doce millones— están afiliados a las Centrales Obreras. NI siquiera la mitad de este censo está repartido en la totalidad de las Centrales Obreras. No hay, por ello, un cuerpo unido de trabajadores para aspirar a una parte de las cuatro de la cuota, que seria su patrimonio efectivo o legal. Lógicamente, los empresarios pedirían las tres partes suyas, y tampoco parece razonable entregárselo por muchas razones: una, porque tampoco estamos ante una organización patronal unida; porque los impuestos —y la cuota sindical era un Impuesto— lo hacían repercutir los empresarios en el precio de los productos, y por ello quien pagaba las tres partes de la cuota empresarial eran los consumidores, o todo el país. Y tercero, porque no va a entregarse al Capital un patrimonio de este volumen. A nadie le parecería justo, ni razonable, ni social, ni de esta época. Entonces, ¿quá hay que hacer?

EL Patrimonio Sindical no tiene otro destinatario y otro beneficiarlo que el Estado. Y el destino de ese patrimonio no puede ser otro que social. Este es un asunto que debe hacer al Gobierno, y las Cortes, a la mayor brevedad. A este fin se echa de menos ese Ministerio de Bienestar Social, que se proyectaría sobre el mundo del Trabajo para la tarea de estas grandes actividades, llevadas a cabo a través de ese Patrimonio, o que se añadieran al Ministerio de Trabajo actual. Las da deporte y descanso, que llevaba positivamente, aunque con serios defectos, la vieja organización da «Educación y Descanso». La cultura popular, mediante ateneos, y la enseñanza que Impartía el Instituto de Estudios Sindicales; la formación profesional para la España industrial que tenemos delante. Y tantas cosas como afectan a las bases populares del país, para procurar una Nación culta, unas vacaciones civilizadas y bien asistidas, de los trabajadores, el cultivo del espíritu y del cuerpo, un sistema becario de enseñanza, y la contribución al fomento de la España técnica e industrial desde los finales de la enseñanza primaria. El viejo Estado liberal no tenía ninguna iniciativa seria para estas cosas. Pero el Estado comunitario que tenemos delante, las exige y apremia. Ese debe ser el destino del patrimonio sindical.

RESULTA deplorable el espectáculo de frivolidad y de ligereza cometidos por el primer Gobierno Suárez —y especialmente por su Ministro de Relaciones Sindicales Enrique de la Mata— en el desmontaje apresurado de todo lo que hubiera podido ser muy útil a las Centrales Obreras actuales, y la desaparición de la «cuota sindical». Se recaudaban más de veinte mil millones por esta cuota. El destino de este dinero no era otro, o no podía ser otro, que el de los trabajadores. ¿Por qué se suprimió la cuota sindical si el trabajador solamente abonaba una cuarta parte de esta cuota? ¿Por qué se han perdido las otras tres partes que abonaba la empresa? Con esta cuota sindical se podía haber atendido, de una parte, a las necesidades básicas y organizativas de las Centrales Obreras; y de otra, para hacer el gran fondo del patrimonio sindical que el Estado tiene que recuperar, orientar y dirigir.

Ya que se han hecho las cosas tan mal, por ur equivocado sentido de democratizarlo todo, sin que padeciera necesariamente la democracia en todo. Por un complejo de franquismo del que no se ha librado todavía el segundo Gobierno Suárez. Que por lo menos ahora, un poco más serenados, se hagan las cosas mejor. Carrillo ha planteado el tema: «utilizar el patrimonio sindical». Pues sí; pero antes habrá que decir de quién es ese patrimonio y cuáles pueden ser las vías para su utilización.

EMILIO ROMERO

 

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