Autor: Meliá Pericás, Josep. 
   Nacionalidades en la Constitución     
 
 Pueblo.    13/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

NACIONALIDADES EN LA CONSTITUCIÓN

Josep MELIA.

UN sector del país que oficialmente es sólo un sector de la derecha, pero en la

práctica podría ser bastante más, parece estar irritado con el termino

«nacionalidades». Si uno hiciera caso de lo que lee en comentarios editoriales y

artículos de ilustres políticos, éste podría ser el principal escollo para el

provecto de Constitución.

Creo que no hay motivo. Lo cual, por supuesto, no prejuzga que se arme el

alboroto o se deje de armar. Para formar una zapatiesta es suficiente con que

alguien quiera. Y si, objetivamente, no hay materia para envenenar esta

cuestión, lo cierto es que, como roza fibras muy íntimas y se usan palabras

llenas de imprecisión sin haberlas depurado previamente, la marimorena casi

parece una exigencia del guión.

En el proyecto de Constitución, la palabra «nacionalidades» aparece en dos

ocasiones. El término no se define -como si se diera por supuesto qua existe una

acepción unívoca y generalmente aceptada, cosa, que, científica y políticamente,

no ocurre- ni tampoco alcanza ningún conténtelo práctico. No hay reconocimiento

de que en España existen «tales» nacionalidades, sino una imprecisa referencia a

que deben existir algunas. El concepto se ha introducido con atizador, supongo

que a causa de la intransigencia de los nacionalistas, que consideraban el

problema como una cuestión de amor propio. Y si, cualitativamente, esto supone

un avance, desde el punto de vista de la realidad y en comparación con

anteriores textos constitucionales, dudo mucho que esté correctamente planteado.

La Constitución parte implícitamente de que Estado y Nación no son términos

sinónimos. Como diría Akzin el Estado es una realidad política y la Nación una

realidad étnica. Por eso el artículo 1.º de la Constitución dice que España es

un Estado y en cambio no dice que sea una Nación, cosa que ha molestado a

Licinio de la Fuente, entre otros. Quizá el problema es menos grave a nivel de

sustantivos que de adjetivos y términos derivados. Murillo Ferrol demostró hace

muchos años que lo «estatal» era un concepto sin arraigo en el idioma

castellano. Por eso se prefería denominar «nacional» a lo «estatal»,

«nacionalización» a las «estatalizaciones». Es probable que el concepto haya

ganado terreno en los últimos años. Pero no tanto, en el aspecto práctico, como

para que haya mucha gente dispuesta a admitir que el Estado y la Nación no son

la misma cosa.

¿Qué hacer? Anselmo Carretero propone definir España como «nación de naciones».

Científicamente, después de una larga explicación, el concepto podría resultar

admisible pese a su propia contradictoriedad. Gramatical y lingüísticamente

seria un nuevo motivo de ira. ¿Es grave que se diga que España es un Estado y no

se diga que es una Nación? Personalmente pienso que no. Pero para ello sería

preciso tener una visión más audaz, y por tanto coherente, de la estructura de

este Estado. Y la verdad es que este híbrido entre el origen unitario y la

vocación federal resulta confuso. A pesar, lo reconozco, de que no existe una

solución mas práctica cuando el mapa regional se ha convertido en materia

polémica y se ha eliminado pudorosamente.

El artículo 2.º del proyecto señala que se «reconoce el derecho a la autonomía

de las nacionalidades y regiones». Ello implica colocar en el mismo plano dos

conceptos heterogéneos y difícilmente comparables. La región puede ser un ente

administrativo o una división geográfica. Pero no tíene el carácter étnico que

configura la nacionalidad. Desde el punto de vista de la nacionalidad, el pueblo

vasco es uno. Desde el punto de vista regional no tiene por qué serlo y de hecho

hay una parte de Euskalherrla que es francesa. Difícilmente se puede reconocer

la autonomía a unas nacionalidades tan indefinidas. Ni siquiera en el supuesto

de que se tenga sólo en cuenta el territorio comprendido dentro de los limites

del Estado. Se admite, por ejemplo, que Catalunya, como nacionalidad, es algo

más que las cuatro provincias. En cambio, la autonomía catalana, la Generalitat,

será eso y sólo eso. La nacionalidad, entonces, quedará en la Constitución como

un concepto devaluado, ambiguo y sin contenido moral. Significará, acaso, que

hay unas regiones con más personalidad que otras, con signos diferenciales

específicos. Paro esta cuestión de grado, ademas de ser injusta y peyorativa, es

desde el punto de vista de las nacionalidades incorrecta. ¿Dejarán acaso los

pueblo de habla castellana de ser miembros de una familia étnica especifica?

¿Dejaran de existir como nacionalidad por el simple hecho de que a ellos, aunque

sea como conjunto, la Constitución no les reconozca este carácter?

Pienso, en resumen, que el camino elegido para introducir el concepto de

nacionalidades en la Constitución no es idóneo, y que el debate para suprimirlo

tampoco ayudará a aclarar el panorama. Habría que buscar un planteamiento más

sincero y consecuentemente menos equívoco.

 

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