Autor: Elegido, Maximiliano. 
   El proyecto constitucional y la marea conservacionista     
 
 Informaciones.    12/01/1978.  Páginas: 2. Párrafos: 18. 

EL PROYECTO CONSTITUCIONAL Y LA MAREA CONSERVACIONISTA

Por Maximiliano ELEGIDO

La marea conservacionista está subiendo. Poco importa que las olas, como los

políticos y los gobernantes vayan o vengan. Al final, pese a todo, llegará la

pleamar.

L A flor y nata de nuestros "pater conscripti", que Dios confunda, y no invoco

el nombre de Dios tanto para atraer sobre ellos males que no les deseo como por

el servicio que confundiéndoles puede prestar a España, suponiendo —El me oiga—

que si cuerdos yerran, confundidos acertarán, han decidido, parece ser que sin

mayores discrepancias —no en vano seguimos siendo la mas valiosa reserva de

unanimidad parlamentaria existente en el mundo occidental—, menospreciar algo

que viene ocupando la atención preferente de todos los países civilizados a lo

largo del último cuarto de siglo: la obligación que tiene el Estado de proteger

a la Naturaleza contra el saqueo y la rapiña a que la están sometiendo el

egoísmo y la avaricia de los menos, secundados por la incultura y necedad de los

más.

El inexplicable vacío, cuando no desprecio, de que hace gala el anteproyecto

constitucional en lo tocante a la conservación, restauración y utilización

racional de los recursos naturales españoles, especialmente el suelo, el agua,

la flora y la fauna, y más concretamente los montes —que por cierto ocupan una

superficie algo mayor que la de Austria, Bélgica, Portugal, Suiza y Holanda

reunidas— es algo tan insólito que sólo puede obedecer a dos posibles razones: a

ignorancia o a incompetencia.

¿Que quién soy yo para hablar asi? Nadie o alguien; según se mire. Un

funcionario del Estado con nivel universitario de doctor que lleva treinta años

trabajando en el campo de la conservación de la Naturaleza; que ha asistido como

experto a más de un centenar de reuniones internacionales, y que no necesita máa

presentación para decir lo que tiene que decir.

Ante todo, empezaré por recordar a los olvidadizos, que siendo la comunidad

nacional la integración de las generaciones pasadas, presentes y futuras, y

siendo todos y cada uno de nosotros meros usufructuarios de los recursos

naturales que nos legaron nuestros antecesores, no resulta moralmente justo

hipotecar el porvenir de las generaciones venideras despilfarrando el patrimonio

recibido de las pasadas o usando de él de forma inmoderada.

En España, desgraciadamente, no nos hemos distinguido por la prudencia ni por el

buen juicio aplicados a nuestras relaciones con los recursos naturales. Buena

prueba de esta torpe actitud la constituyen unas realidades, en su mayor parte

traducibles en cifras, que ponen al desnudo la gravísima amenaza que pesa sobre

el pueblo español como consecuencia tanto de sus propios errores como del

secular desinterés e imprevisión de sus gobernantes en lo tocante a la

conservación de la Naturaleza.

En un país como el nuestro, de orografía abrupta y de climatología extremada, en

el que la reconstrucción natural de un milímetro de suelo vegetal exige el

transcurso de siglos, no podemos dar la espalda a lo que la Naturaleza es y

representa, porque aunque el Gobierno, y los parlamentarios, y los españoles

todos, estuviésemos dispuestos a permitirnos ese lujo, España —discúlpesenos el

tópico— no puede. Y España no puede por mil razones. He aquí algunas de las más

importantes:

No puede, porque por culpa de errores y omisiones pasados, en el angustioso mapa

mundial de desertificación, publicado recientemente por las Naciones Unidas, mas

de la mitad de nuestro territorio aparece corroído por la lepra de un proceso

erosivo, que es preocupante en el mejor de los casos, grave en diez millones de

hectáreas e irreversible en buena parte en las áreas desérticas del sureste del

país.

No puede, porque como consecuencia del descarnamiento de nuestro suelo, año tras

año se producen unos arrastres de tierras del orden de los mil millones de

toneladas; cifra pavorosa si consideramos que estas tierras, uniformemente

repartidas, equivalen a una capa de un milímetro de espesor extendida a lo largo

y a lo ancho de la nación, y bueno será recordar que la reconstrucción de un

milímetro de suelo vegetal es tarea de siglos.

No puede, porque por causa de estos arrastres, la productividad de nuestro suelo

ha entrado en una fase regresiva, de la que solo podremos librarnos mediante la

aplicación y puesta en juego de valiosísimos recursos técnicos, económicos y

humanos.

No puede, porque como no adoptemos urgentemente las oportunas medidas

correctoras, el fenómeno desertizante se agudizará y con él la secuela de

inundaciones catastróficas, aterramiento acelerado de embalses y pérdida de

haciendas, cultivos y vidas humanas. Un año sí, y otro también, las torrenteras

mediterráneas "sorprenderán" a propios y extraños barriendo todo cuanto

encuentran a su paso. El ministro de turno visitará la zona afectada y el

Gobierno declarará solemnemente que se habilitarán los créditos precisos para

evitar la repetición de tan gravosos y tristes sucesos. A los quince días,

nadie, a excepción de los damnificados, volverá a recordar el asunto, y al año

siguiente se reproducirán el fenómeno y... la cínica "sorpresa".

No puede, porque si seguimos perdiendo suelo, al llegar el año 2000, cada uno de

los cuarenta y cuatro millones de españoles que vivan en esas fechas —de ellos

unos treinta y dos millones han nacido ya— no dispondrán ni siquiera de media

hectárea de terrenos aptos para producir su sustento, y esta cifra esta muy por

debajo del mínimo necesario aceptado internacionalmente.

No puede, porque hemos llegado a una situación en la que por acumulación de

problemas, el sector forestal está atravesando una crisis que afecta a todas sus

estructuras básicas —selvicolas, sociales y económicas—. Sólo un 46 por 100 de

los montes españoles están arbolados, y sólo una terceara parte de estos montes

posee una densidad de masas medianamente aceptable. Este desolado panorama se ha

ensombrecido, todavía más, en el último decenio. Los incendios han transformado

en humo y cenizas un millón de hectáreas de monte, cifra sensiblemente igual a

la de la superficie forestal repoblada artificialmente tras diez años de

denodados esfuerzos y eacrif icios.

Y finalmente, España no puede, porque como consecuencia de la crisis deí sector

forestal, el déficit de la balanza de pagos motivado por las importaciones de

madera y pastas celulósicas se mueve dentro del orden de los cuarenta mil

millones de pesetas.

Mención aparte merece el hecho de que la sociedad moderna haya descubierto en la

Naturaleza una serie de valores intangibles, cuyo disfrute es apreciado en tal

medida que en determinadas ocasiones llegan a resultar dominantes en relación

con su potencial económico. Se trata de la agrestidad, el paisaje, la belleza,

el aislamiento, la inspiración, así como de otros aspectos sociales, turísticos

y recreativos que proporcionan al hombre el sosiego, el esparcimiento y la paz

espiritual que le niegan las grandes ciudades. A este respecto,

(Pasa a la pág. siguiente.)

(Viene de la pág. anterior.)

y más concretamente en lo que se refiere al capítulo de espacios naturales, es

lamentable reconocer que somos el país europeo que menos atención les ha

prestado; algo menos de diez milésimas partes del territorio nacional han sido

protegidas mediante la creación de parques nacionales —desatendidos en su mayor

parte—-, mientras que en Europa esta cifra oscila entre el 2 y el 8 por 100.

Cuando el problema de la conservación de la Naturaleza y sus recursos ocupa el

foco de la atención universal; cuando las Naciones Unidas se reúnen en

conferencias de ámbito mundial, tales como las del Medio Ambiente Humano, en

Estocolmo; la del Agua, en Mar del Plata, y la de Desertificación, en Nairobi;

cuando los mas conspicuos organismos internacionales de nuestro entorno

geográfico, Consejo de Europa, Unesco, Comunidad Económica Europea, F.A.O., e

incluso la O.T.A.N., establecen comités especializados con el fin de

internacionalizar el tratamiento y solución de estos problemas; cuando los

Gobiernos, en una mayoría abrumadora, crean Ministerios cuyo cometido específico

se centra en la conservación de la Naturaleza y la mejora del Medio Ambiente, y

cuando todas las Constituciones que han visto la luz en el último cuarto de

siglo se pronuncian abiertamente en defensa de estos valores, España no puede

asomarse al futuro desentendiéndose del problema. El problema existe y es

preciso afrontarlo. Es misión de los políticos adelantarse a los acontecimientos

y no dejarse guiar por ellos.

Si hace algo mas de un siglo, en plena euforia liberal, y en aras del interés y

utilidad pública, se consiguieron salvar de la desamortización los seis millones

de hectáreas que constituyen hoy el núcleo de nuestro patrimonio forestal, sería

ceguera pretender ignorar en 1978 el gran servicio que en 1855 prestaron a su

Patria unos ciudadanos clarividentes. El reconocimiento de las funciones

protectoras, productoras y sociales de loa montes y la garantía de su

conservación y restauración, en su condición de patrimonio consustancial a la

nación, es algo que no puede obviarse conscitucionalmente, ni mucho menos

dejarlo al libre arbitrio de los propietarios del dominio forestal. El Estado,

en aras del interés general, no puede hacer dejación de la misión tutelar que le

es propia en relación con la conservación de los montes españoles, y ello ha de

ser así con independencia de su titularidad y de su ubicación. Lo contrario,

quiérase o no, implicaría la desaparición de nuestro patrimonio forestal. Cargar

este pesado fardo sobre las generaciones venideras seria algo mas que una

injusticia; sería un latrocinio.

Confiamos en que el buen sentido de nuestros políticos y gobernantes se impondrá

finalmente, subsanando los graves errores y omisiones que se aprecian en el

anteproyecto constitucional en lo tocante a loa montes y a la necesidad de

otorgarles un tratamiento unitario bajo la tutela directa del Estado. España y

los españoles os lo agradecerán.

 

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