Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
 Del "oro de Moscú" a la necesidad económica. Los partidos políticos. 
 La financiación de los partidos     
 
 Arriba.    17/11/1976.  Página: 6-7. Páginas: 2. Párrafos: 21. 

LA FINANCIACIÓN DE LOS PARTIDOS

POR MANUEL FRAGA IRIBARNE

(Catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense.)

LA democracia pluralista es un sistema caro. Generalmente ocurre así en toda clase de productos; tos coches de las mejores marcas son también más caros, más complicados y de más difícil entretenimiento. Se espera de la democracia pluralista un mayor nivel de libertad y una mayor capacidad del sistema para evolucionar en paz, para adaptarse a las nuevas circunstancias. Pero el sistema es cada vez más exigente en energía humana y también en dinero.

Los partidos políticos son las organizaciones que se encargan de movilizar a los ciudadanos» «n torno o un repertorio de ideas sobre lo que debe ser la sociedad, e d u candóles políticamente para participar de modo responsable en las elecciones. Pero, al mismo tiempo, los ciudadanos esperan otros servicios de los partidos; desean que éstos les pongan en contacto con los elegidos para- resolver sus problemas de toda índole, en relación con las diferentes Administraciones y hacerles llegar en todo momento peticiones, propuestas y protestos. El resultado es que cada partido necesita una organización para cumplir una serle de fines. Hacen falta locales para reunirse, recibir visitas, etcétera. Se necesitan secretarios, que contesten y hagan circular la correspondencia. Se requiere un servicio de Prensa y de relaciones públicas para mantener y defender la imagen del partido; para dirigirse a los no comprometidos; para recordar y perfeccionar la doctrina. Hay que publicar libros, folletos, boletines. Hay que tener un número mínimo de militares liberados para diversas funciones. Hay que sostener secciones especiales para la mujer, etc. Es deseable poder controlar de vez en cuando estudios de expertos, sondeos de opinión, etc.

Cuando se acerca un ; e-ríodo electoral, los problemas de la organización y sus gastos aumentan nota-

blemente. Hace falta reforzar el personal durante va. rios meses; hay que realizar campañas en los medios de comunicación social; hay que efectuar numerosos viajes, contratar locóles para actos públicos, etc. En el día mismo de las elecciones hay que facilitar transporte a los enfermos y ancianos, y así sucesivamente. Correos, telégrafos, teléfonos, télex y otros servicios aumentan de modo notable sus cuentas.

Repito, todo esto puede ahorrarse o reducirse mucho si gobierna un solo partido y una burocracia monolítica. Lo que aún no se ha inventado es uno democracia partidista que no cueste dinero.

Esto plantea el problema de la financiación de los partidos políticos. Podemos distinguir tres fases en el planteamiento histórico de esta importante cuestión. Los primeros partidos políticos (hasta la extensión del sufragio universal, y la escolarización general) no tenían grandes problemas de financiación.

Realmente eran clubs políticos, formados por notables, pertenecientes a las grandes familias acomodadas; generalmente, las de origen nobiliario y terrateniente, Integraban un partido conservador y las de origen mercantil e industrial, un partido liberal. Los dirigentes de esos grupos manejaban su propio dinero e influencia, y las campañas costaban relativamente poco. Todavía hace poco se entendía en América que la política era una actividad para hombres que ya habían «ganado su primer millón» (de dólares, naturalmente). Todavía hoy un Rockefeller o un Kennedy, con grandes fortunas privadas, llevan una gran ventaja en la lucha política, y todo el mundo lo admite como algo natural.

En una segunda fase (que comienza en Inglaterra en el último tercio del siglo XIX, y en el continente ya entrado este siglo), la democratización general de la vida social y política produjo dos resultados: El primero fue el encarecimiento de las campañas electorales y de la organización política en general. El segundo, la aparición de partidos claramente separados del viejo orden social, que tuvieron que buscarse su dinero por otros medios. Al mismo tiempo, estos partidos (radicales, socialistas) influyeron sobre la legislación fiscal y social, subiendo los impuestos, haciendo así menor el margen de disponibilidad de las grandes fortunas. Hasta el final de lo segunda guerra mundial (y en bastantes países hasta hoy) cada partido tuvo que organizarse para buscar una financiación adecuada. No hay tema que haya sido llevado con mayor discreción e incluso misterio. La legislación electoral se fue perfeccionando y sancionando las «prácticos corrompidas» (compra de votos, etc.), y y obligando por lo mismo o limitar la inversión electoral de cada candidato. En lo demás, cada partido se las arregla como puede. Los partidos aceptan suscripdo nes periódicas, donativos extraordinarlos, legados, etcétera. Cada país ha desarrollado entorno a esto unas prácticas típicas y cada partido se ha adaptado como ha podido a su propia clientela. En Estados Unidos se recurre a menudo a grandes comidas, en las que habla el candidato, y en las que el precio de ta invitación es iruy elevado (hasta 500 ó 1.000 dólares). De vez en cuando el Presidente nombra embajadores a grandes personalidades de las finanzas que han hecho contribuciones al fondo electoral. En Inglaterra hubo una época (no lejana) en que los Gobiernos conservadores tenían en cuenta esas mismas contribuciones para la «lista de honores», es decir, para la concesión de condecoraciones. En todos ios casos, estos temas se llevan con especial cuidado, pero son conocidos de todos. Caso particularmente delicado es el de los países como Italia, donde sistemáticamente se ha firmado que los entes paraestatales financiaban, directa o indirectamente, o los partidos de la coalición gubernamental. Los partidos socialistas, en general, han recurrido, aparte de las cuotas de sus militantes, a contribuciones sustanciosas de los sindicatos y otras organizaciones adheridas. En el caso del Partido Laborista británico, esas contribuciones son muy importantes, y lo mismo ocurre en otros países. En relación con esto, lo más razonable me parece ser la política que ha seguido nuestra ley sobre Asociado, nes Políticas: dejar realista, mente el camino abierto a contribuciones diversos, exigir publicidad a las finanzas de los partidos y prohibir las financiaciones de origen extranjero. Queda el último punto. Voces diversas han venido re. clamando una financiación total o parcial de los partidos políticos. Esta corriente se inicia, en la práctica constitucional o legislativa, en la Europa de la posguerra de la segunda guerra mundial, y ha sido por ahora de difícil y limitada aplicación práctica. Las razones invocadas a favor de esta financiación con cargo a fondos públicos, son las siguientes. En primer lugar, se afirma que los partidos han dejado de ser organizaciones voluntarias, para convertirse en verdaderas instituciones públicas, nece. sarias para el proceso democrático. En segundo lugar, se estima que los partidos deben estar en igualdad de oportunidades, c u a (quiera que sea el origen de sus miembros o su orientación económico-social. En tercer lugar, se pretende evitar los condicionamientos políticos que puedan derivar para los partidos según el origen de sus fondos. Frente a estos argumentos, se han utilizado otros. Se ha dicho que los partidos perderán independencia, tendrán cada vez menos iniciativa y agresividad; tenderán a burócratizarse, y a caer en manos de la burocracia estatal. Lo cierto es que, en general, ha prevale c i d o una fórmula mixta.

Se ha respetado el principio de libre autofinanciación (sin más restricción que lo legislación sobre prácticas electorales corrompidas), y se ha sentado una base mínima de ayuda del Estado, con arreglo a criterios que en principio tienen en cuenta la anterior fuerza electoral mostrada por el partido.

El sistema más completo e ingenioso es el de la República Federal Alemana. Con arreglo al artículo 11 de la Ley Fundamental, los partidos son Instituciones constitucionales; en base a ello empezaron a recibir ayudas públicas (de cinco millones de marcos en 1959, a 38 millones en 1965). En 1966, es. tas ayudas fueron declaradas inconstitucionales por el Tribunal Supremo, que quiso volver a la vieja doctrina de que eran meras asociaciones voluntarias. En vista de ello, una ley sobre partidos políticos, de 1967, reguló definitivamente la materia. Los partidos reciben hoy una sumo de 3,5 marcos por elector que les vote (2,5 en las elecciones de los Lánder), to que representa 145,6 millones de marcos. Además, los grupos parlamentarios reciben otros 26 millones. Finalmente, para su labor de educación poli, tica, cada partido ha creado una fundación, que recibe sumas Importantes para publicaciones, bibliotecas, seminarios, etcétera.

En Austria, desde 1963, se dan cantidades modestas a los grupos parlamentarios (integrados por un mínimo de cinco miembros de la Asamblea Nacional), y, desde 1967, los partidos mis. mos reciben otra cantidad para gastos de información (envío de circulares, boletines, folletos, etcétera). El total no llega a los 100 millones de pesetas.

En Suecia, desde 1965 (la ley fue reformada en 1972), se da a los partidos una cantidad fija por cada asiento en el Parlamento, más ayudas para su personal. Se entiende que las ayudas a la Prensa favorecen también a los partidos.

En los Países Bajos, desde 1972, se da una ayuda para los institutos de estudios de los partidos (más modesta que la de las fundaciones alemanas).

Un tipo u otro de ayuda se da también en Dinamarca (desde 1968), Irlanda (1967), Canadá (1974), Italia (1974) y Noruega (T970). En Estados Unidos, desde 1974, existen también ayudas, pero sola, mente para los candidatos a la Presidencia (cuyas campañas son carísimas).

Los ingleses acaban de publicar un monumental informe de la comisión presidida por lord Houghton of Sowerby, cuya conclusión es favorable a la financiación parcial de los partidos con fondos públicos, si bien una minoría ha formulado voto particular en contra.

En conclusión, el sistema mixto tiende a imponerse. Y parece lógico atenerse a él, con realismo y sin demagogia.

 

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