Autor: Fernández-Cuesta Illana, Nemesio. 
   La vela, los cirios y la mona     
 
 Blanco y Negro.     Páginas: 1. Párrafos: 6. 

LA VELA LOS CIRIOS Y Ul MONA

HACE unos años había países ricos y pobres. Después, estos apelativos fueron sustituidos por una expresión menos comprometida, más alejada del enfren-tamiento de clases. La terminología que se ha impuesto es la de países desarrollados y en vías de desarrollo, para evitar incluso el calificativo de sub-desarrollados, estimado sin duda como peyorativo. El concepto de d e s-arrollo está a. caballo entre la sociología y la economía, con un regusto me-cenista. Sólo crecer no es desarrollarse, repiten muchos críticos de nuestra expansión económica, para insistir con suficiencia en que no hemos sabido profundizar y resolver así los auténticos problemas.

El ministro Solis nos ha dicho que una vez conseguido el desarrollo económico nos queda, como tarea, alcanzar el desarrollo político. Este nuevo apellido es, desde luego, una acuñación española, que a nadie parece mal, pero que, como en el caso de la economía, es preciso despejar de hojarasca engañabobos. Habrá quien se rasque la cabeza y piense que son muchos cortes en la realidad social y que tantas distinciones son puro eufemismo o artificiosa dialéctica. La economía, si no quiere tropezar pronto con un muro insalvable, precisa de una política congruente que permita los cambios que cada momento reclame. Los economistas pueden tener que trabajar muchas veces como artistas de circo, pero el milagro les está vedado, aunque tantas veces se hable de milagros económicos.

Me parece evidente que So-lís no necesita que le descubramos nada y, al fin y al cabo, él tiene que jugar sin salirse de las reglas. Pero a lo que vamos, después de estas consideraciones preambulares, es a recordar algo que estaba en el embrión de las asociaciones y que, no obstante, se ha diluido casi completamente: la diversidad en los tratamientos específicos de los problemas concretos.

Las asociaciones son el instrumento para el desarrollo político, pero requieren, evidentemente, dejando aparte ahora la angostura o suficiencia de su cauce, una capacidad de atracción para s\ español que es responsable, que quiere participar, pero que ni se siente subyugado por ninguna de las personalidades rectoras de las nuevas asociaciones ni por las virtualidades de unas proposiciones concretas que brillan por su ausencia. En este sentido, la semejanza de objetivos programáticos, la vaguedad de la mayoría de las formulaciones y a la falta de precisión frente a pro-bIemas individualizados, que acucian al ciudadano medio, no configuran, desde luego, el imán necesario para mover la voluntad asociativa.

Decir que se pretende un Estado fuerte que ampare a una sociedad libre, que la propiedad privada ha de conciliarse con el bien común, que se introducirán cuantos perfeccionamientos permitan nuestras leyes constitucionales, o citar unas cuantas veces la palabra social, evitando cuidadosamente el término socialismo, pueden ser ingredientes válidos para la instancia petitoria ante el Consejo Nacional, pero son variaciones monocor-dss sin fuerza para captar adictos. Por mucho que se mire a uno u otro lado, el horizonte es tan limitado en cuanto a opciones decisivas que es muy difícil percibir las diferencias que separan las realidades asociativas que se aglutinan detrás de cada sigla. Y si vamos un poco más allá, en ninguna de ellas se presenta una opinión pormenorizada sobre alguno de los grandes temas y menos aún se avizora en los planteamientos un programa coherente de Gobierno.

La conclusión, sin embargo, no debe ser negativa. Una asociación permite una organización, que a su vez exige una gimnasia, desentumecedora, por un lado, y preparatoria, por otro.

Hacen falta líderes; nuevos nombres, que no se conozcan sólo por los cargos públicos que hayan ocupado; alumbrar ante la opinión tantas personas valiosísimas y con auténtica vocación de servicio como existan en el ´país, sobre todo en esa cantera casi inexplota-da de las provincias. Porque no se olvide que las asociaciones, como los partidos políticos, han de aspirar al Poder. Ese es su gran objetivo, y su campo de juego, el proceso electoral. De ahí que me parezca imprescindible una base logística de apoyo cerebral, una organización operativa y unos hombres, con todo el motor de la ambición política, que sean vendibles ante la opinión general porque sepan conquistar su parcela de credibilidad. Si no individualizamos pronto el producto asociaciones, la réplica inevitable será que se diviertan con una mona. Y sería una lástima.

Nemesio Fernández-Cuesta

 

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