Autor: Paris, Carlos. 
 Coincidencias y discrepancias ante un futuro democratrico. 
 Democracia: ¿mito o realidad?     
 
 Informaciones.    10/01/1975.  Página: 2-3. Páginas: 2. Párrafos: 8. 

COINCIDENCIAS Y DISCREPANCIAS ANTE UN FUTURO DEMOCRÁTICO

Democracia: ¿MITO O REALIDAD?

Por Caçrlos PARÍS

DELATA el capítulo XI del Génesis el mito de todos bien conocido de la torre de Babel. Cuando se nos habla de la confusión de lenguajes, introducida por Jahve, y que dio al traste con el empeño arquitectónico, espontáneamente se imagina el lector que los diversos constructores empezaron repentinamente a utilizar palabras distintas para/ designar una misma cosa, instalándose la incomunicación entre ellos.. Asi surgiría, la pluralidad, idiomática, que al par enriquece y atormenta a los humanos.

Pero cabria también otra fuente de confusión: que la discrepancia no se estableciera en los vocablos, sino en las significaciones. Que súbitamente cada hombre, en fulminante triunfo de la equivoci-dad, pronunciando el mismo nombre entendiera una realidad distinta. Y que asi —^siguiendo por la vía de los sagrados textos— al que pidiera un pan, se le diera un escorpión. El caos no serla menos fenomenal.

La apertura de astas lineas en tono de hornilla no responde a ninguna Intención de compartir multas con el clero. Viene a cuento de la necesidad en que estamos de cierta claridad linguistica conceptual. Hay, en efecto, ciertas palabras y lugares comunes que en los últimos tiempos se han asegurada un triunfo rotundo. No parece que haya discrepancias respecto a la afirmación de la democracia como objetivo inmediato de la vida española. Tampoco en la invocación al pueblo —y los pueblos— de España, objeto de tantos piropos en loa últimos tiempos, encomiándose de un modo es-Ui8jnpuran í ,,psprii8.ias,, n? tBjoad aunque-no «e detalle muy claramente en que han consistido éstas.

Y, así, en el terreno de los Ideales proclamados se ha producido una sorprendente coincidencia, en que comulgan el poder, la oposición, los observadores e intereses europeos y hasta a los ultras se les escapan afirmaciones democráticas. ¿No es maravilloso? Resulta ahora que todos estamos de acuerdo, y casi la cosa, acostumbrados a una historia conflicttva, amenaza hacerse aburrida. Lo malo es que esta coincidencia, más que tranquilizadora es sumamente preocupante. Porque de corresponder a un acuerdo real y sincero, la democracia, carente de enemigos y acosada de admiradores, estaría ya Instalada en la piel de toro.

Efe que, entonces, cuando se trata de dar vida real al Ideal proclamado surgen las discrepancias. Se

enfrian los-fervores en-medio de adjetivos,.que califican.y matizan lo que debe aer "nuestra"-democracia o explican las - dificultades —ásperas.y sugestivas por.au misma aspereza— del camino- a recorrer. Se ventean graves peligros, Infiltraciones sinuosas- al socaire de las libertades ganadas, de la peligrosa Importación de modelos extranjeros y decimonónicos. Y, cul-minantemente, ee esgrime el argumento final terrorífico: el regreso a pasadas tiempos de desorden. Es decir, se confiesa que no se cree «n la democracia como vía de solución para nuestros graves problemas pendientes, porque de creer en ello no hace falta sino urgir su puesta en marcha, para que su libre juego racional decida y forje las fórmulas de nuestra convivencia, confiando en nuestros tan invocados pueblos y su iniciativa.

Tenemos los españoles larga experiencia de mitos imantadores de las energías nacionales, cuya vaciedad ha ido mostrando el juicio del tiempo. Ya as casi demasiado sarcástlco aludir hoy a la mitología del "imperio", pero está bastante mas cerca la del desarrollo. Desarrollo cuya realidad era un crecimiento irradiado desde las potencialidades económicas centro-europeas y apoyado en una resignada fuerza de trabajo, hecha a una modestia secular de aspiraciones materiales. Cuyo oportunismo ha arruinado nuestros paisajes y despoblado sectores enormes de nuestra geografía, por no aludir a resultados aún más dolorosos en el orden afectivo como la deseopañolizactón y erradicación de familias enteras. Hay que preguntarse: ¿Va a constituirse la democracia en una nueva mitología o en una realidad?

Y es que la invocación a la democracia se puede realizar —entre otras— desde dos percepciones completamente dlstintas. Puede pensarse como necesidad dejina nueva Imagen exterior —ya las proclamaciones otoñales ´de que Europa no nos importaba, ´de que estaba comida de envidia, han pasado, como era lógico— que supere nuestro .aislamiento, que apacigüe la incomodidad y el desconcierto de sentirse una cosa extraña, experimentado incluso por los españoles más ajenos a la política, que proporcione a la clase política oficial una manera de encontrarse consigo misma "más a tono". En tal caso no hace falta sino revocar la fachada. O la Invocación a la democracia significa reconocer el derecho de nuestros pueblos a gobernarse por si mismos, por sus organizaciones espontáneas y por sus representantes elegidos por sufragio. Y comprender que se trata de una necesidad histórica para nuestra propia vitalidad, independientemente de cualquier gesto de aceptación exterior. Pero entonces no se trata ya de revocar la fachada, sino que hay que estar dispuesto al levantamiento de un nuevo edificio, si la creatividad popular acuerda erigirlo.

A lo largo de nuestra última historia hemos asistido a un ejercicio singulr.r. Conííüa en que cuando

sobre el suelo del país brotaba un problema real, se producía una respuesta oficial que pretendía asimilarlo en unos esquemas ineptos para au resolución auténtica. Con ello el problema iniciaba una vida oficial falsa y seguía exactamente igual en el mundo real. Uno de los últimos y más importantes ejercicios de este tipo fue la ley de Asociaciones, ´ como reacción no sólo * la exigencia teórica, sino a la realidad de los partidos políticos existentes en el país. Ya parece confesado su fracaso desde que nuestro presidente del Gobierno ha hablado de "partidos", y algunas asociaciones han afirmado su voluntad de constituirse en tales, reformado su mismo nombre. Este realismo representa sin duda una conquista y un reconocimiento importante. Pero, sin embargo, precisar en estos momentos el número de los partidos previsibles, como ya se especula, parece problemát0ico. Porque el España se constituye en una democracia, debe haber los partidos que el pueblo decida, aquellos en que resuelva organizarse. Y para un actual ejercicio de adivinanza, sólo nos da serias pistas lo. que ya sabemos existe. De no ser así, si los partidos no responden a la espontánea creación popular, si son programados desde arriba, quedan invalidadas todas las invocaciones a la fe en nuestros pueblos. Y entonces asistiremos a una nueva mitología, después de la del imperio y el desarrollo, la de la democracia. Pero no es verosímil augurar ya larga vida a las mitologías en nuestro país.

 

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