Autor: Cebrián Echarri, Juan Luis. 
   Suárez, Girón y otras minucias     
 
 Informaciones.     Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Corresponsal en Madrid,

SUAREZ, GIRÓN Y OTRAS MINUCIAS

Por Juan luis CEBRIAN

T^STABAMOr; quince o veinte per-J-U sonas, a media luz de una tarde de invierno, en aquel comedor d¿ tonos grises, frente al palacio de los Mareh. y Junto a la Comisaría del distrito de Buenavísta. Había polvorones, o algo asi, sobre la mesa, y Joaquín Rulz-Glínénez, don Joaquín para la gran mayoría, nos presentaba los unos a los otros. Se celebraba una da las primeras reuniones del Consejo de dirección de «Cuadernos para el Diálogo», en el domicilio privado de doña Antonia, madre de don Joaquín, donde éste tenia Instalado su bufete por aquellas fechas. Allí precisamente, y en aquel día, conocí al actual vicepresidente tercero del Gobierno^ Fernando Suárez, que era uno de los asistentes al Consejo.

Traigo a colación la pequeña y personal anécdota porque creo que ilustra en ^arte el comentario de la reciente crisis ministerial. Gracias a «Cuadernos», por cuyo Consejo directivo han pasado las más variopintas personas, he tenido ocasión en el pasado de charlar con líderes poli)´ios de muy diverso signo.

En «Cuadernos» conocí así también a Marcelino Camach-j, que es alguien desde luego en el mundo laboral español, y con cuya existencia de una manera u otra, el ´actual vicepresidente tercero del Gobierno tiene que contar si quiere ser realista.

La designación del nuevo titular de Trabajo ha sido en cualquier caso la más comentada de toda la reciente reestructuración ministerial, por lo que pudiera significar de un nuevo intento aperturista y democratizador de los planteamientos del Gobierno. El hecho, señalado favorablemente por todos los cronistas, ha sido, sin embargo, puesto en cuarentena, «Por sus obras los conoceréis:», se escribe en le periódicos. Ha habido demasiadas declaraciones en el pasado. Las palabras, desde luego, sirven para significar cosas, pero no son las cosas. Ya no se aceptan otras pruebas de sinceridad política en el Gobierno que los actos que lo definen. La designación de Fernando Suárez, upero, es uno de ellos. Dicen que el día de su nombramiento estaba triste y preocupado en su despacho de Presidencia. Motivos tiene para estarlo. El proyecto de regulación de la huelga que originó la dimisión de su antecesor es por supuesto uno dé ellos. Be pretendía alumbrar en él un nuevo concepto para definir la huelga misma:

«Conflicto colectivo directo». La verborrea semántica y sin sentido de nuestra política se verla así enriquecida. Y resulta —según el proyecto— que la huelga tiene Que ser autorizada por el Gobierno, como quien dice, en cada caso. Vaya un Invento. Creo que el defecto de base es de planteamiento. Se pretente —teóricamente, claro— legalizar las huelgas, porque existen. Pero lo que falta es el reconocimiento moral de que la huelga es un me-t lícito de defensa ¿e los trabajadores. Si eco no se produce, y para eso hay que cambiar el Código Penal, el Fuero del Trabajo y otras cuantas cosas, estaremos como tantas veces: inventando palabras y articulando leyes que no se cumplen. Con esta de la huelga la amenaza es la misma que con el Estatuto de Asociaciones. A base de querer legalizar algunas cosas, se las puede «ijndenar a la ilegalidad definitiva. Y es que lo que se dice regular las huelga» no hay quien las regule. Se pueden reprimir, o se pueden permitir, o se pueden evitar Instru-mintando cauces de diálogo eficaces entre obreros y empresarios. Pero cuana. nuestro principal problema es que existe un sindicalismo clandestino, que es precisamente el que decide el principio y fin de casi todas las huelgas, decretar, como se pretendía, que éstas sólo sean legal si las deciden los sindicatos de ahora, tal como son, apenas sirve de nada.

En cualquier caso, Fernando Suárez ha llegado al Ministerio como un ´aperturista», y eso le obliga a enfrentarse de lleno y de Inmediato con dos problemas básicos de nuestra convivencia. El tema de las relaciones laborales, el primero. Y habrá que convenir en este asunto que una clarificación del mismo que no pase por un replanteanüento del tema sindical es invlable. Suárez es además de ministro vicepresidente social y catedrático de Derecho laboral. Es de suponer entonces que podrá ofrecer una respuesta política —y no sólo técnica— al desa

Don José Antonio Girón

fío planteado en este terreno por las Comisiones Obreras. El otro tema que ante si tiene es el de la Seguridad Social, con un volumen presupuestarlo de 500.000 millones de pesetas, que escapa d-í hecho a todo control

Organización Sindical y Seguridad Social son dos realizaciones que el Régimen debe en gran parte a otro ministro de Trabajo, de actualidad estos días: José Antonio Girón. Por supuesto que Girón no tuvo cargos —aunque si influencias— sindicales, pero ha pasado durante muchos años por ser el ministro más social del sistema, porque en realidad representó bastante bien las inquietudes sociales falangistas de la posguerra. Lo que tenga el Régimen de corporativista se lo debe a Girón, al que hemos visto este fin de semana sentado junto a Blas Pinar y fray Miguel Oltra en la presidencia del acto de los ex combatientes.

Con semejante compañía, huelga todo comentario. Claro que Girón es un nombre en la historia de España.

La diferencia que media entre el ministro Girón y el ministro Suárez es la que marcan veinte años de vida española. El miedo, la incultura y el papanatismo han desaparecido de la base del Régimen. Esto dicho así puede parecer bastante duro. Pero creo que concuerda con el pensamiento del propio ministro. Hace ahora siete años, el procurador familiar por León don Fernando Suárez consumió un brillante turno oratorio en las Cortes para referirse al problema de la subvención estatal a la Universidad del Opus Del en Navarra.

«Los estudiantes oro-

Don Fernando Saárez

testan en público de lo que todos protestamos en privado, proclamó con cierta solemnidad. ¿Los estudiantes sólo? ¿No protestarán también los obreros de lo que todos protestan? A saber: de que la revolución social, tantas veces proclamada desde las tribunas, se ha quedado en palabras. Girón fue un ministro clave en su tiempo porque tuvo el acierto de dosificar la elocuencia —rayana en la demagogia— y la eficacia en momentos en los que todavía el país pasaba hambre y estrecheces. El definió, para bien o para mal, una etapa del Régimen. A Suárez, que no es falangista, y que es de las pocas biografías que llegan a una cartera ministerial después de una singladura de contestación ostensible a muchos Gobiernos, le está mirando el Poder casi con tanta atención como la oposición. El no es solo un ministro de Trabajo.

Es también, y sobre todo, el vicepresidente que ha de encarar un tema de frecuencia preocupante: las huelgas que se suceden en todo el país al margen de los planteamientos del sindicalismo vertical. De la respuesta a este desafío dependen muchas cosas para el futuro.

 

< Volver