Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Redescubrimiento y manipulación del carnaval     
 
 ABC.    13/02/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

13 FEBRERO 1983

FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

redescubrimiento Y Manipulacion del carnaval

YA están ahí todos los problemas; todos los problemas políticos, administrativos, económicos, sociales,

internacionales, etcétera. A los cien días del nuevo Gobierno, y pasado el momento de las falsas ilusiones,

acompañando a la ola de frío que multiplica las gripes, ahí los tenemos, por todas partes: desafíos

internacionales, pérdida de valor de la peseta, disminución del poder adquisitivo de las familias, cierre de

empresas y de altos hornos, huelgas que se reaniman, recrudecimiento del terrorismo, etcétera.

No pretendo culpar de todo ello al nuevo Gobierno. Lo que sí quiero recordar, una vez más, es que la

realidad es la realidad; que está ahí, con nosotros; y que pretender eludirla, con llamamientos a la utopía,

no nos lleva hacia ninguna Jauja, sino hacia nuevos batacazos, riesgos serios y tristes frustraciones.

Primera comprobación, la política exterior. Los que la conocemos sabemos de lo reducido que es su

campo de maniobra, pues inevitablemente hay que contar con las posiciones adquiridas y los intereses de

los demás. ¿Qué ha hecho el nuevo Gobierno? Como había anunciado, aumentar nuestro grado de

aislamiento internacional, cerrando aún más nuestro escaso margen de maniobra. Es inútil querer

justificarlo con argumentos superficiales, como aquel de que un almirante español no dependa de un

almirante extranjero. En sus tiempos de mayor poderío, España supo confiar flotas a Colón y a Andrea

Doria, y Ejércitos al condestable de Borbón y a Espínola. El caso es estar bien defendido y ganar. El

resultado es que nos encontramos más débiles que hace unos meses, sin que nadie pueda soñar en

compensar esta realidad con la florida abundancia de acciones demagógicas en Madrid, sobre los

problemas internos de otros países, como si no tuviéramos bastante con los nuestros.

Vamos, por lo visto, a arreglar también los grandes problemas del Magreb, en lugar de mejorar y

profundizar lo que realmente interesa, que son nuestras relaciones con Marruecos. Vamos a mediar

(según se dice) entre Estados Unidos y Cuba, asunto totalmente ajeno a nuestras posibilidades reales,

mientras nos preparamos a recibir al hombre que arruinó a tantos pobres emigrantes gallegos, que habían

contribuido a la riqueza de los dos países. Pero ni uno solo de los intereses reales y concretos de España

parece haber logrado un enfoque adecuado en el renovado palacio de Santa Cruz, donde el cambio parece

haberse reducido a una extensa e injusta renovación del personal, a todos los niveles.

Pasemos a la economía. No sabemos ni cuándo va a llegar el nuevo Presupuesto a las Cortes, y estamos

en febrero. Sabemos, eso sí, que la peseta vale menos; que el déficit va a ser enorme; que van a subir

todos los impuestos, directos e indirectos; que va a aumentar el endeudamiento interno y externo; que se

va a funcionar con servidores públicos malhumorados, porque no se les da más trabajo, pero sí mayor

incomodidad.

¿Hacía falta para esto haber animado a los españoles a una esperanza que los socialistas sabían que no

podrían atender? Mientras se discuten sutiles cuestiones sobre el tamaño de un déficit público, que los

socialistas contribuyeron cuanto estuvo en su mano a aumentar, es lo cierto que no aparece ninguna

propuesta interesante para poner en pie la economía. No puede sorprender la reacción de sorpresa de los

trabajadores engañados, que ven disminuir a la vez los puestos (a mayor velocidad que nunca) y el poder

adquisitivo de sus salarios. Y que saben perfectamente que no será el aborto terapéutico el que vaya a

curarnos de estos males.

Hay, pues, que ir al fondo de la cuestión. ¿Cuál es el mensaje, cuál es la realidad del socialismo, en la

última parte del siglo XX? Porque el socialismo, cuando nos habla de sus cien años de honradez (luego

hablaremos de la ética) no se acuerda bastante de sus cien años de renuncios. Surgió, según se dice aún en

su famoso «programa máximo», de la crítica marxista, basada en la lucha de clases. Esa idea parece

abandonada, y sorprendentemente incluso reemplazada por la idea opuesta de la «solidaridad», pero,

cuando se analiza, se observa que la solidaridad no se entiende como la cooperación de todos (cada uno,

según sus talentos y lo que pueda aportar), sino como una nueva versión de la nivelación por abajo. Es

decir, la teoría del bandido generoso, que daba a los pobres lo que quitaba a los ricos. La solidaridad es

otra cosa: es sentirnos copartícipes de una gran empresa común, y aportar todos lo más que puedan de su

materia gris, de su trabajo, de su bondad, de su comprensión.

El socialismo ofreció como solución a los males económicos y sociales la destrucción de la propiedad

privada, colectivización de las fincas, nacionalización de las industrias, destrucción de a familia y de la

herencia. Hoy a nadie se le ocurre, después de lo que pasó en toda la Europa oriental, p en Portugal, o en

Cuba, hablar de colectivizar la tierra. Tampoco tiene gran éxito, después del fracaso francés, hablar de

nacionalizaciones industriales o financieras. Pero sí se insiste en apretar los impuestos directos e

indirectos, en hacer crecer el sector público, en multiplicar las medidas de intervención, y, en definitiva,

en agarrotar a la economía, y no dejarla funcionar y recuperarse.

Entonces, queda la ética y la buena voluntad. Una ética de situación, desconectada (e incluso enfrentada)

con la ética tradicional cristiana, la que la gente realmente respeta. Un mensaje ético que viene a decir:

vive como quieras (aborto, porro, etcétera) mientras no te opongas al socialismo. Sería bueno, en todo

caso, conocer íntegro el código de la nueva ética; todos conocemos los Diez Mandamientos, pero nos

gustaría saber lo que comprende este novísimo testamento.

En todo caso, debe recordarse que el Gobierno no escribe la Biblia, sino más modestamente el «Boletín

Oficial». De sus intenciones y voluntades, largamente reiteradas («a mi me gustaría...») no hay por qué

dudar. Pero los Gobiernos y sus ministros sólo se pueden juzgar por resultados: niveles de precios, niveles

de impuestos, niveles de empleo, niveles de seguridad. Y así como es cierto que todos no pueden mejorar

a la vez, y en poco tiempo, no es menos cierto verlos empeorar todos a la vez, en tiempo tan breve.

La verdad es que tenemos todos que bajarnos de las grandes ideas y explicar cómo vamos a arreglar las

cosas. Nosotros creemos, una vez más, que más que el Gobierno debe ser la sociedad (no impedida ni

trabada por el Gobierno) quien resuelva sus problemas. Las propuestas carnavalescas del Ayuntamiento

socialista de Madrid de estos días, me han vuelto a recordar el sabio parecer de Jovellanos: los Gobiernos

no deben divertir a los ciudadanos (a veces lo consiguen, sin proponérselo, pero esa es otra historia); basta

con que les dejen a ellos divertirse, y no les quiten los medios para hacerlo.

No tengo nada contra el Carnaval; aunque quizá (como ya dijo don Eugenio D´Ors) ha sido sustituido, con

ventaja, por el veraneo en las playas. Pero la municipalización del Carnaval me parece un tema de muy

seria meditación. Los problemas se pueden resolver; los problemas se pueden inventar; pero un pueblo

viejo, como el español, no ya a dejarse distraer fácilmente de ellos, ni siquera con unas Carnestolendas

municipalizadas, con juegos a costa del sufrido contribuyente.

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

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