Autor: Páez, Cristóbal. 
   El dinero de los políticos     
 
 Arriba.    19/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL DINERO DE LOS POLÍTICOS

EXISTE la creencia popular —cuando el río suena, agua lleva— de que los políticos aprovechan su paso por el Poder para lucrarse y, si es posible, llevarse hasta e! manso, que se dice en Andalucía. Tengo entendido que el Presidente Suárez, para poner las cosas en claro a su debido tiempo y evitar equívocos, nada más ser investido como primer ministro, se fue al notario y protocolizó una pormenorizada declaración de todos sus bienes. Suárez quiso poner al amparo de la inapelable «nihil prius fide» de la función pública notarial su contabilidad de pérdidas y ganancias, sus números negros y sus números rojos, para curarse en salud.

Porque, luego, al cabo del tiempo, las lenguas inciso-punzantes y las lenguas del nueve largo se sueltan a todo trapo para hacer leña del árbol caído, cual es vieja costumbre en la selva política. Por eso. tos hombres precavidos y decentes se confiesan aportu-namente con los notarios, para que, a las duras, no los madruguen impunemente ios lenguaraces. La declaración de bienes de los políticos que acceden a la poltrona equivale a un paladino propósito de jugar limpio, a una vacuna contra la corrupción y, por tan plausibles motivos, debería declararse obligatoria.

Actualmente, se está utilizando el cauce periodístico para conducir hacia la curiosidad pública el inventario de ingresos y bienes de los más conspicuos candidatos al régimen parlamentario que nacerá después de las elecciones generales. En la revista «Posible» aparece puntualmente unas de las secciones más leídas y reproducidas de la Prensa española: «El dinero de los políticos.» Así, en principio, los encuestados forman dos grandes grupos: uno, el de los que declaran vivir bajo una economía de pura subsistencia. Dos, el de los que manifiestan, igualmente que los anteriores, con pelos y señales, tener buenas retribuciones por nóminas o actividades profesionales, e incluso rentas de capital, y un parque de bienes muebles e inmuebles de alguna consideración. Y entonces sucede que aquellos que dicen disponer de lo justo para vivir al día, se muestran ufanos de sus estrechez económica, mientras que los que documentan su vivir desahogado descubren cierta punta de contrariedad. Late en ellos una especie de confuso complejo de culpabilidad; un velado deseo—de haberse perdonar por la sociedad su confortable posición materia! dentro de la misma. Hace un par de días, sm ir más lejos, leí la «declaración de bienes» de uno de los más honestos y conciliadores individuos que transitan por la política española, y era una maravilla notar de qué manera trataba de democratizar algunas de sus legítimas pertenencias; si hablaba de un utilitario «600» le llamaba «pequeño Seat», como si hubiese algún «600» tipo «Cadillac»; si se refería a su chalé en la sierra, precisaba que era «prefabricado»; si citaba su villa en la Costa Brava, aclaraba que era «pequeña» y que estaba «algo retirada de la playa»...

Creo que e! único declarante que ha despachado el tema de «su dinero» con una declaración generalizada, indicativa, sin descender a la enumeración de partida por partida, tipo «cuenta de la vieja», ha sido don Manuel Fraga, cuya honestidad no ha llegado jamás a ser cuestionada, ni a nivel de miradas expertas, sanamente inquisitoriales, ni a nivel de comadreo ni tan siquiera de insolvente rumor.

Por una simple cuestión de principios, firmemente conexionados con la entereza moral y el desdén por todo dislate seudodemagógico, le alabo el gusto al señor Fraga. Lo cual no quiere decir que censure el de sus ocasionales compañeros de encuesta, porque soy lo suficientemente liberal para respetar a todo el mundo, máxime cuando a gustos, como se sabe, no hay nada escrito, aunque, eso sí, ya va siendo hora de que empiece a escribirse algo.

He tratado de decir que hay un tiempo y un lugar apropiado para cada cosa; que existe un fuero personal e íntimo que no debe, ser espectaculizado, y que e! pueblo español, mayor en edad, saber y gobierno, que la «clase política» que está o ha de estar a su servicio, tiene un olfato largo para saber cuál es el dinero «añadido», el sucio dinero de la corrupción. Mas eso no es óbice para que los políticos pasen, «y yo el primero», como ha venido a decir el Presidente Suárez con su ejemplo, por Notaría.

Cristóbal PAEZ Sábado 19 febrero 1977

 

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