Entrevista. 
 Juan Fernández Figueroa o la aventura de un periodismo difícil     
 
 Índice.     Página: 4-7. Páginas: 4. Párrafos: 43. 

ENTREVISTA

JUAN FERNÁNDEZ FIGUEROA o LA AVENTURA DE UN PERIODISMO DIFÍCIL. («Destino», número 1.536, Barcelona, 14 de enero de 1967.)

—¿Existe una dicotomía en el seno de la sociedad española?

—Evidentemente; aunque los motivos de división añejos se desdibujan (ha desaparecido la «alpargata»), surgen otros, como en toda sociedad saludable, y la de España—un poco misteriosamente— lo es. Y no sólo existe una dicotomía o escisión, sino más de una. La peor se debe a lo dicho: a que todos los instrumentos reales, efectivos de poder siguen en manos de la derecha. Habrá que dar una alternativa a la izquierda (comenzando ya por el centro) para que la división no se acentúe y encone. Si el pueblo español sana de viejas heridas, no se le inflijan otras nuevas. Hoy tiene más conciencia que antes, el daño hace más daño—valga el juego de palabras—, duele más... Anteayer se quejaban los estómagos, hoy son las mentes las que se irritan.

—¿Cree que existen unas fuerzas sociales dinámicas, capaces de imprimir una esencia moderna al país?

—Sí lo creo. Esas fuerzas sociales las cifro en tres, con un arbitro posterior: el Ejército. Son: la juventud universitaria, que no ceja en su afán de libertad y justicia, los obreros que han trabajado en Europa y el clero joven. En sí mismas, las tres fuerzas son poco; sirven como levadura. Mientras Franco viva—por respeto a él y por otras causas—, el oleaje social se mantendrá sosegado; luego... Aquí deseo ser muy taxativo: o la derecha española cede bastante de sus posiciones, o ni siquiera la Ley Orgánica recién aprobada bastará a calmar los ánimos.

22 AXIOMAS (DISCUTIBLES) PARA UNA IZQUIERDA NUEVA. (ÍNDICE, número 217-218, abril-mayo 1967.)

Pregunta.—¿Debe articularse hoy una izquierda en España, hasta donde sea viable y lícito, puesto que es deseable?

Respuesta.—Sí; a no dudarlo. ¡Cuanto más extensa y sólida, mejor! Hasta que coincida con la mayoría; o lo que es equivalente, que sume la clase media, semiproletaria, al pueblo llano, proletario.

P.—Esa palabra, proletario, ¿conserva todavía su sentido?

R.—Y por mucho tiempo: hasta que la democracia económica se consiga, bien sea al hilo de la democracia política o bien a su contrapelo... Ser proletario hoy, en España, no significa, como antes, ser pobre de solemnidad (y es claro que todavía quedan pobres-pobres); significa la no intervención activa en las decisiones económicas y políticas a escala nacional. Esto es lo que divide, en rigor, al país en derecha e izquierda. Diré que asistimos a la fase crítica de "dominio" del poder estatal, que no controla todavía la derecha, y por el que pugna. Estos meses inmediatos son decisivos. De ahí mi voz de alerta. La izquierda cometerá una grave culpa si se ofusca ante el nublado panorama y no distingue bien dónde se dan los gritos y dónde se ponen los huevos... Un dato clave: ¿es todavía, ya, "franquista" se declara, por cálculo económico y por temor periores—. En mi opinión, lo es a medias, o lo deja de ser; pero "franquista" se declara, por cálculo económico y por temor político, a la izquierda latente...

A la vez que, por ese mismo temor, se manifiesta "antifranquista" en voz baja. Para mañana "cubrirse".

(Juego de apues-tas.)

O el Estado, por serlo, recibe apoyo de la izquierda vigilante, inteligente, o irá a manos exclusivas de la derecha —minoría opresiva, antidemocrática—. Lo que falta es percibir, «discriminar» los nudos y las conexiones derecha-Estado-izquierda: cómo, dónde, cuándo y a base de quién se teje el tapiz de los respectivos intereses, el «negocio» de cada cual... y obrar en consecuencia.

La izquierda española necesita de la Falange (que no es sobre-estatal ni anti-estatal), para dar pasos adelante y subir. Su acceso lícito al poder, por la vía pacífica, atraviesa el puente de los falangistas; no que éstos, a título individual, sean gente de izquierda—como muchos lo son—; se trata de algo más serio: es la doctrina falangista la que puede y debe ser utilizada por la izquierda del país, hasta «desgranarla» del todo y que surta efecto. Razón táctica: que es la única legal, vigente. Razón estratégica: que su nervio, sus implicaciones son de izquierda, desde el origen —pese a que el tiempo la ha «sofocado»—, en el sentido de sacarle los colores a la cara y en el de ponerle un peso muerto encima.

Muchos falangistas se hicieron los listos sin serlo, y cayeron en error y culpa; otros pecaron de inopia política. La derecha, en su día, los usó como «tontos útiles», al decir marxista; y hoy los empuja y aleja como a «víctimas», en un doble juego astuto: sacudirse lo «feo» y lo «bello» del falangismo, que combatió al comienzo, utilizó luego y que hoy le «pica» y estorba nuevamente.

P.—Para usted, ¿qué es derecha y qué izquierda, en España, hoy, abril de 1967?

R.—Es derecha lo que impide la izquierda de que hablo, necesaria, evolucionada, democrática. O sea, la que no puede ni debe ser comunista, ya que necesita encarnar a la mayoría, y el país, mayoritariamente, no lo es. ¿Quién lo duda? El comunismo hoy, a escala del mundo, se manifiesta regresivo, involucionado: y donde así no ocurre, como en Yugoslavia, pide ya una democracia «sin Partido ni partidos políticos» y ha puesto en práctica la «autogestión»...

LA ESPAÑA DE FRANCO. (ÍNDICE, número 241, 15 febrero 1969.)

TENGO oída una anécdota que es bien reveladora de cómo Franco encarna su papel, el cual, de tan repetido, conoce de memoria y que constituye su segunda naturaleza: Un ministro, joven, le llevaba recortes de prensa extranjera en que se comentaban favorablemente ciertos sucesos de la política española: el "plan de desarrollo", la "liberalización"... El ministro lo tenía por buen augurio y se mostró contento. Franco le interrumpió, tranquilo, con estas palabras:

—Hay que tener cuidado... Algo estamos haciendo mal cuando nos aplauden.

Le resulta sospechoso a este hombre, pararrayos del improperio internacional, que la tormenta pase... Y no le falta razón.

FRANCO no es libre ni autónomo en sus decisiones tanto como desde lejos se supone. Sin embargo, acapara el poder. De manera completa, en tanto que viva. El precio de ese poder es "servirlo" según un norte: el de los intereses decisivos del país (valdría más decir decisorios). Ellos, en buena medida—los que llamo intereses decisorios—, dieron lugar al Régimen y le han usufructuado, aunque no espoleado.

De acicate hizo la Falange. Sin esta fuerza equívoca, acéfala, mixta de energía y claudicación, pero que ofreció unos peldaños ideológicos, el Régimen habría sido desde 1936 descarada y neciamente reaccionario. El papel de la Falange ha sido de una ambigüedad fértil. (Es pronto para juzgarlo.) Los intereses decisorios que menciono no actúan de manera explícita, sino tácita. Y lo hacen con la malevolencia y acuidad típicas del capítalismo: cediendo, recuperando el terreno perdido, no cejando. En las ocasiones «claves» buscan un encubridor o un testaferro. Pero se guardan bien de herir a Franco en su persona o su ámbito de dominio... hasta hace poco.

Con el paso de los años la relación de fuerza se modifica. Nuevos ingredientes entran en el fuego. Franco está apercibido, por lo que sé. El equilibrio inestable de estas tensiones de poder puede romperse —no por iniciativa de Franco—, pero ni un momento antes de que el capitalismo español considere "llegada la hora".

EL problema de España es el de una izquierda verídica —no de mentira, no "organizada" por los ricos—, sensata y progresiva: que no involucre el futuro con el pasado; una izquierda "moderna", actual... ¿Es sencillo? No. Y en España es más difícil. Los "demonios familiares", vivos en la memoria, y la injusticia latente y patente concurren a que esa izquierda sea poco viable. Sin embargo, es de todo punto necesaria.

Es la heredera natural de Franco, cuando éste haya dejado "cuajada" la unidad española y sentadas las bases para una reestructuración económica del país tanto tiempo añorada y, por lo mismo, tan temible. El que esa nueva estructura socioeconómica haya de ser honda y amplia es lo que causa miedo; inhibe a la clase media y pone en pie de guerra a los ricos. Es en ellos, y no tanto en Franco, donde reside el resorte de reacción, presto a saltar...

UNA "derecha" ágil, astuta, y una izquierda torpe, resabiada, que segrega baba al oír el nombre de Franco, ¿va a ser la alternativa...? ¿Quién llevará las de ganar, en la lucha por el poder cercana? He ahí mi pregunta, que lanzo al aire a manera de un guante de desafío. Mis amigos de la derecha no me disculparán el diagnóstico, que supone "desenmascaramiento"; mis amigos de la izquierda lo tomarán por franquismo larvado. ¡Allá ellos! Cumplo con mi papel, voluntario y poco rentable, de desmixtificar la realidad española. Añado que Franco me observará, caso de enterarse o condescender a mirarme, como un caso raro de intelectual necio. Pero quedo, ante mí, "como Dios". Soy alérgico al éxito de la "derecha", que tengo por catastrófico. Es regresivo, involuciona la situación en el plano económico —atenaza las fuerzas productivas— y es un oprobio moral. Aparte de ofender a la inteligencia política española, supone que el país no aprende nunca, que es un motor que funciona en el vacío. Lo que no es verdad.

EL riesgo de España es el de una izquierda poco sensata, esclava de su encono contra Franco. Lo "natural" es que le discuta, pero no que sea antifranquista "demodé". Franco no es una figura de cera; aún vive. La izquierda que ataca a Franco sentimentalmente se tapa los ojos, yerra: tira piedras a su tejado.

Una izquierda consciente ha de enfrentar este hecho crudo, que suena a paradoja: es su heredera natural. (Subrayo las dos palabras.) Existe una alternativa: que prevalezcan los ricos en su intento y monten—a lo que se aprestan—una izquierda irreal, ficticia. ¿Han de tener éxito en su "juego de manos"? Es lo que la izquierda verídica debe reflexionar. Su voz y voto deciden.

 

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