Autor: Fernández de la Mora y Mon, Gonzalo. 
   El futuro y las formas políticas     
 
 ABC.    02/04/1964.  Páginas: 2. Párrafos: 9. 

Por Gonzalo Fernández de la Mora

MUY compleja es la morfología política del género humano. Mientras sólo se atendió a la dimensión cuantitativa de los Gobiernos, todo se explicaba con la simple y famosa trilogía

aristotélica: Monarquía, aristocracia y democracia. Pero cuando, recientemente, la teoría del Estado se enriqueció con los métodos de la sociología, la clásica distinción trimembre resultó elemental y corta. No es lo mismo la tribu, la ciudad, el feudo, el Estado y el Imperio, por muy monárquica que pueda ser en todos ellos la encarnación de la soberanía. Es muy poco lo que se dice cuando se recuerda que en el pasado ha habido reinos, aristocracias y repúblicas. Habría que precisar muchísimo más para ser suficientemente expresivo. No cabe, pues, arrancar, desde el principio para esta avanzadilla sobre el futuro. Iniciemos el despegue sin rebasar los límites de la contemporaneidad. Los occidentales vivimos todavía dentro de la gran forma política que los historiadores venideros harían bien en llamar, aunque fuese irónicamente, el Nuevo Régimen. Todo comenzó a fines del siglo XVIII cuando la burguesía y sus portavoces (Rousseau a la cabeza) demolieron el absolutismo de los príncipes; es decir, el llamado Antiguo Régimen. El dogma que, por oposición al derecho divino de los reyes y a los privilegios aristocráticos, va a presidir la revolución política de nuestro tiempo es el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo. Lo esencialmente novedoso de la consigna es la breve preposición "por". Antes el sujeto activo de la acción política era el gobernante; ahora, se pretende que sea el conjunto de los gobernados. Es un giro completo. A partir de esta inflexión histórica no sólo las repúblicas, sino los principados, las monarquías y aun los imperios, tienden a configurarse con arreglo al ideal popular. Salvo paréntesis de absolutismo o situaciones de excepción, más o menos vergonzantes, las formas políticas contemporáneas han sido tácitas o expresas variaciones sobre el tema democrático.

Pero, como en la práctica los pueblos no pueden gobernarse a sí mismos, ni siquiera a escala cantonal, todos los de

EL FUTURO Y LAS FORMAS POLÍTICAS FUTURO Y LAS FORMAS POLÍTICAS

bates constitucionales fueron a centrarse en torno a la representación, hecho preterido pero de capital importancia. ¿Como asegurar el gobierno popular? Desde luego, con el sufragio universal. ¿Cómo contabilizar los votos? A primera vista pareció que lo natural era proclamar al candidato que había obtenido la mitad del sufragio más uno; pero en tal supuesto no estarían representadas las minorías. ¿Cómo darles voz en la cosa pública? Con el sistema proporcional que, por cierto, transformó los partidos políticos en piezas axiales y necesarias. Y ¿cómo hacer posible que la Cámara de representante; controle al Gobierno? Con el permanente voto de confianza. Este es, esquemáticamente, el proceso del Estado demoliberal: una lucha por la representación.

Las dificultades no se hicieron esperar. Un diputado, ¿es un mandatario o un ciudadano que, después de elegido, puede opinar como quiera? Si lo primero, los parlamentos no son órganos colectivos de diálogo, sino reuniones de plenipotenciarios en las que huelgan los argumentos; si lo segundo, se volatiliza la representación. Y, ¿quién designa a los candidatos electorales? Si es cada votante, serán innumerables; si es el partido, se asesta un rudo golpe a la pretendida autodeterminación popular. Y ¿cómo se hace el escrutinio? Si por el sistema mayo-ritario, se puede llegar, como en Inglaterra, el contrasentido democrático de que gobierne un partido minoritario. Pero si se opta por el sistema proporcional, aparecen multitud de fracciones que obligan a coaliciones inestables y que desembocan en la ingobernabilidad.

A pesar de estos y otros muchos pesares, durante siglo y medio los juristas, los dirigentes, los partidos y las masas han insistido en resolver la cuadratura del círculo de la representación. Sus esfuerzos tendían a convertir en realidad la utopía del gobierno "por" el pueblo. Es preciso subrayar enérgicamente que el ideal político contemporáneo no ha sido ni la república ni la monarquía, ni el nacionalismo ni el federalismo, ni el autoritarismo ni el liberalismo; ha sido el Estado representativo. ¿Es esta la forma política de hoy y la del futuro próximo ? Yo creo que no. En la morfología constitucional de Occidente se está produciendo un fuerte viraje. El Nuevo Régimen periclita. Se van imponiendo unos gustos políticos distintos y¿ con ellos, otro proyecto de convivencia. ¿En qué consiste el -naciente estilo?

Frente al Estado representativo se alza el Estado técnico, y en todos los niveles hay indicios de este relevo de ideales. Los sociólogos llevan dos lustros denunciando un hecho tan espectacular como evidente: la deserción política de las masas. Los altos porcentajes de abstención electoral no disminuyen. La apatía política es un fenómeno muy generalizado; pero que se agudiza en las promociones jóvenes. Los partidos, incluso los de mayor tradición, se oligarquizan y fosilizan. Florecen, en cambio, los grupos de presión y los sindicatos relativamente despolitizados. Se ha perdido la fe en los cubileteos electorales y en las sutiles fórmulas jurídicas para reglamentar la representación. Y, sobre todo, la racionalización de las ciencias sociales ha convertido la acción de gobierno en algo casi tan técnico como la medicina o la ingeniería. Nadie pretende que su cirujano o el director de su fábrica sea un hombre "representativo"; lo que pretende es que sea capaz Y algo análogo acontece con los gobernantes. El hombre medio no tiene opinión sobre un inmenso número de cuestiones altamente especializadas, que hoy competen a la Administración. No insiste en que los gobernantes sean sus mandatarios, sino en que sepan y acierten. El vocablo decisivo no es representación, sino eficacia.

Este planteamiento ilumina desde un ángulo muy peculiar todas las cuestiones políticas. La cosa pública se aproxima audazmente a la perspectiva de las sociedades anónimas. La cuestión representativa se plantea en términos distintos. Más que elegir, lo que importa es fiscalizar; más que autogobernarse, ser bien gobernado; más que soberanía, bienestar; más que intervención, rentabilidad; más que libertad, seguridad. Hay un desplazamiento hacia dimensiones realistas, hacia valores políticos modestos, concretos y mensurables. Las ideologías, es decir, las pseudofilosofías sociales con su cortejo de grandes palabras y de^onceptos en caricatura, atraviesan una crisis de general desinterés y desconfianza. Y la, figura del político retórico y demagogo está siendo desplazada por la del experto burócrata y objetivo. Paralelamente al desarrollo económico estamos asistiendo a un serio avance en la milenaria carrera del "logos": la política no como concierto de voluntades y de pasiones, sino de razones y de técnicas.

Dos de las consecuencias más generales de este firme impulso racionalizador son el robustecimiento de los poderes ejecutivos y el automatismo institucional. En los últimos años se ha acentuado la tendencia a la concentración, autonomía y estabilización de las facultades gubernativas. El panorama universal es claro en este punto. Es la extrapolación del "ma-nager" a la cosa pública. Pero, al propio tiempo, como en las grandes empresas, sé ha tratado también de contrarrestar los peligros del personalismo mediante el régimen de equipos, la regulación anticipada de los relevos, la extensión de la previsión y de la reglamentación a todos los niveles, el automatismo y la insti-tucionalización. Hoy una Constitución no es tanto una pretensión de perfecta adecuación a. unos ideales de autenticidad representativa^ como un eficaz saber a qué atenerse, una clara regla del juego social. Y esto es singularmente cierto a la altura de las magistraturas supremas. Las gentes quieren, terrible" para la soberanía, una póliza de seguro. Sucesiones automáticas como la de Kennedy o Pablo I son lo mismo para los autoritarios que para los demoliberales, para los monárquicos que para los republicanos, dos modos eficaces de despejar la incógnita del futuro, dos formas de previsión. A estas alturas del siglo, la realeza hereditaria no es un mito, sino una fórmula técnica para resolver el angustioso problema de la continuidad; ya no es un polo de atracciones emocionales, ni un símbolo ideológico, sino una ecuación matemática: el rey ha muerto, viva el rey. El :"perpetuum mobile" de la política. Nada menos que esto: la vida colectiva sin fisuras, sin que periódicamente todo vuelva a ponerse en juego con grave riesgo de pérdida.

El novísimo régimen es, en cierto modo una síntesis del antiguo y del nuevo, una suma de los elementos racionales de ambos, una liquidación de su ganga retórica y de sus imposibles extremismos. Por antiguo que sea, todo lo contrastado tiene derecho a permanecer: así la división de poderes o la monarquía hereditaria, válidos en los más vanguardistas contextos, como si fueran teoremas euclídeos. El Estado técnico que asoma sobre el horizonte se asemeja no poco a lo que Comte llamaba el Estado positivo, o sea, la forma social que corresponde al progreso científico. La historia de lo acontecido entre la toma de la Bastilla e Hiroshima podría titularse así: de la libertad a la seguridad y de la representación a la eficacia.

G. F. de la M.

 

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