Autor: Ollero, Carlos. 
   El futuro de las estructuras sociales     
 
 ABC.    02/04/1964.  Páginas: 3. Párrafos: 19. 

EL DE LAS ESTRUCTURAS

Por Carlos Ollero

SUGERIR un artículo con este título a quien no es especialista en temas sociológicos, permite al que ha sido honrado con el requerimiento, no malgastar el espacio ni la posible atención del lector con excusas previas sobre la obligada generalidad de cuanto pueda decirse. Por otra parte el tema, en lo que tiene de "futurible", posee un sentido científico-político tanto o más que sociológico; al creerlo así, lo que pudiera en nosotros significar atrevimiento no pasa de ser una razonable cortesía.

Nadie discute ya seriamente que el marxismo realizó un análisis profundo, esclarecedor y en grandísima dosis certero, de la realidad histórico-social de Europa en determinada fase de su evolución. Pero igualmente es hoy innecesario poner más énfasis en el fracaso, casi absoluto también, de las prediccio-ics marxistas sobre fases posteriores.

Los datos que ofrecen muchas de las estructuras sociales contemporáneas no dejan, en líneas generales, lugar para la duda. Ahora ´bien: el que así suceda, ¿es tan sólo consecuencia de un proceso estructural, operado en forma ineluctable e independiente de la acción racional del hombre moderno? Una contestación rotundamente afirmativa aminoraría el fracaso marxista, pues lo dejaría reducido a la contradicción de los resultados, sin que en el fracaso quedara gravemente implicado, lo que, en definitiva, constituye la base del materialismo histórico, es decir, la legalidad propia de las formas de producción económica. La superación actual del marxismo estriba sobre todo en la victoriosa oposición a lo que éste tiene de cerrada concepción sobre los determinantes del acontecer histó-rico.

Decimos esto porque ciertas actitudes economicistas y tecnocráticas respecto a la interpretación de la realidad social y la transformación de sus estructuras, pueden parecen—trasvasando la frase conocida sobre la _ Revolución—un marxismo contrario más que lo contrario del marxismo. Un futuro de las estructuras sociales no puede estar determinado exclusivamente—me atrevería a decir, ni

SOCIALES

fundamentalmente—por estrictos planeamientos económicos cuantitativos, superpuestos a estructuras inadecuadas. Es cierto que esos planeamientos pueden transformar las estructuras, pero no lo es menos que, sin una previsión consciente y deliberada del sentido en que se apetezca esa transformación, ésta ocurrirá intermitente, parcial y, desde el puntó de vista político, acaso sorprendentemente. El fracaso de las predicciones marxis-tas se ofrece evidente al examinar la evolución reciente y la situación actual de las típicas sociedades industriales, cultural y políticamente desarrolladas. En la medida en que creamos que las que no han alcanzado aún esos rasgos puedan obtenerlos mediante una ordenada acción económica y político-social, podemos ser optimistas sobre la extensión del fallo pro-nosticador del marxismo. Hoy todavía existen en el mundo muchos países a cuyas estructuras sociales es preciso y urgente aplicar esa acción ordenada, ti efectivamente deseamos que su transformación conduzca a resultados más próximos a las sociedades maduras de Occidente que a los obtenidos por vías muy distintas en totalitarismos más o menos sovie-tizados.

Las estructuras sociales de las "sociedades opulentas" han sido descritas múltiples veces. No meditar sobre sus puntos de partida, sobre determinados condicionamientos de su evolución, sobre el contexto cultural, histórico, político e incluso psicológico, en que esta evolución se ha producido, conduciría al espejismo de suponer que se trata de una simple operación silogística que no requiere más esfuerzo que el del planeamiento técnico. Es cierto que hoy está en gran medida superada una visión esquemática y uníversalizadora de las fases que conducen del infradesarrollo al superdesarrollo, a la manera de Rostow, y suele admitirse que la evolución puede retrasarse, acelerarse e incluso transcurrir por otros cauces. Pero parece deseable que el proceso de transformación sea efectivo sin necesidad de recurrir al radicalismo de muchos países en que ha coincidido el "despegue" socio-económico con la liberación del colonialismo. La situación española afortunadamente no es ésa, pues ya está instalada en el nivel de un semidesarro-llo occidental dinámico y acelerado. Es más, a ese nivel ya no existe posibilidad de opción entre las pautas occidentales y las totalitarias. Para que éstas fueren aplicables habría de retrocederse en el proceso, y el retroceso no daría margen para la recuperación por vías nacionales independientes.

Suele afirmarse que los cambios en las estructuras sociales españolas son patentes, y esa afirmación es a la vez cierta y problemática. ¿Puede hablarse en verdad de cambio en la estructura social española? ¿No será más cierto que lo que hasta ahora se ha producido son fenómenos generales de mutación indicativa e índices o elementos previos y significativos de un cambio estructural? Un balance en este orden de los fenómenos reales y fácilmente detectables de signo indiscutiblemente positivo, sería desde luego nutrido y es-peranzador. Quede esto claro para que no pueda tergiversarse cuanto aquí se diga convirtiendo lo que .es honesta perplejidad o lead advertencia en cerrada incomprensión o injusta crítica. Pero existen datos que aconsejan la meditación.

Uno de ellos es la desproporción entre la contundencia de ciertos supuestos previos que podríamos llamar institucionales (burpcratización, racionalización, tecnifi-cación, dirigismo), y la lenta modificación de estructuras sociales arcaicas (cerca del 66 por 100 de proletarios o asalariados, relativo estancamiento o engañoso crecimiento del sector "servicios", inamovili-dad de la clase media, porcentaje minúsculo de clase alta como clase "empleadora", etc.).

Otro dato se relaciona con la necesidad de cobrar conciencia de que la afluencia turística—que no sólo tiene efectos económicos, sino también sociales—y la emigración laboral al extranjero, son hechos actuales sobre los que no puede operarse en forma segura, por lo que respecta al primero, ni deseable en cuanto al segundo. Este último sobre todo es solución penosa en una fase transitoria y coyuntura! ñero nn debe ser ifnorado al estudiar el proceso de transformación de las estructuras sociales; no olvidemos que supone el cumplimiento de la profecía de Joaquín Costa de que, al no hacerse una verdadera y profunda reforma agraria, gran parte del proletariado español se convertiría en "ejército de reserva" del proletariado europeo.

La puesta en marcha de un plan de desarrollo económico cuantitativo puede ejercer una influencia parcial y desequilibradora en las estructuras sociales, y dar lugar a localizaciones en el proceso de transformación social que acentúen los desniveles nacionales y creen una regio-nalización del desarrollo económico-social de consecuencias políticas tanto más graves cuanto que la experiencia española nos debe aleccionar a este respecto. En los centros geográficos de desarrollo económico se operarán—de producirse efectivamente el desarrollo—profundas transformaciones socio-estructurales; desearíamos tener razones más seguras para predecir el sentido nacional y objetivamente favorable de esas transformaciones en el conjunto político-social del país.

Enunciar proyectívamente la deseable transformación de las estructuras sociales es difícil empresa para quien carece, al mismo tiempo, de la cobertura instrumental del especialista y de los datos precisos para un cultivo afortunado 4el género literario "ciencia ficción". Pero asumimos el riesgo de aventurar una línea congruente.

Las advertencias expuestas confluyen en proclamar que el equilibrio ha de ser principio inexcusable de toda posible transformación de las estructuras sociales de España. Transformación "regional´ mente" equilibrada a la que debe contribuir la desaparición de la discontinuidad entre los medios "urbano" y "rural" a través de una urbanización sectorial de las áreas rurales, la creación de un "habitat" proporcionado de núcleos urbanos entre 50.000 a 100.000 habitantes, la pérdida de velocidad en el crecimiento demográfico de las grandes urbes y el establecimiento de corrientes de intercambio entre todas las regiones que tienen, por emplear el término consagrado de Durkheitn, una "densidad social" equivalente.

Transformación "económicamente" equilibrada por la transferencia del excedente de mano de obra agraria a los sectores de industria y servicios, por la elevación de la productividad agraria y el establecimiento de una relación real de intercambio agrario-industriaí equitativa. También equilibrada económicamente por la superación de tendencias monopolísti-cas que evite estrangulamientos económicos, y por ta consecución de un pleno «mpleo—real y no ficticio—con salarios medios europeos y el fin de la emigración laboral.

Transformación "culturalmente" equilibrada por la funcionalización dinámica del sistema educativo que unlversalice la enseñanza en todos los grados con un criterio de eficiencia social y satisfacción individual.

Transformación, por ultimo, "social-mente" equilibrada por la creación de una clase media agraria y una creciente y justa participación en el producto nacional ; equilibrio cuyos medios más directos parecen ser la reforma agraria y la redistribución de la renta provocada por una decidida reforma del sistema fiscal

No podemos detenernos aquí en estudiar el grado «n que aquellos factores de desequilibrio cuya meditación suscitábamos, estén siendo compensados ya por una política social y económica inspirada en los principios recién expuestos. Ciertamente, algunos de los principios equilibradores propugnados se están efectuando : unos, por la acción imperativa del sector público y, otros, a pesar de él. Pero una cosa sí resulta preciso señalar: la implantación normativa—formal—de situaciones que sólo pueden darse como consecuencia lógica de un efectivo progreso político-social y económico, no impresionan más que a los no versados y sólo convencen a aquienes están previamente dispuestos a ello. Además, puede conducir a la extraña paradoja de que suframos las consecuencias de un hipotético exceso de madurez, junto a las penosas limitaciones de un despliegue incipiente.

Desde Aristóteles se ha venido insistiendo en la relación directa entre la estabilidad política y una estructura social constituida nuclear y extensivamente por la clase media. Estaba reservado al tenso y dramático siglo XX cristalizar paradigmáticamente esa relación haciendo sinónimos los conceptos de "sociedad estable", "sociedad superdesarrollada" y "sociedad nivelada de clase media".

Las fases que hayamos de recorrer en España para que la sinonimia nos sea aplicable, constituyen las verdaderas unidades métricas para calcular la longitud del camino. La tarea es difícil y compleja y ni que decir tiene que exige operaciones no sólo técnicas y económicas. Todo proceso de desarrollo económico es también social y político. Aplicando el esquema esclarecedor de A ron, diremos que el "crecimiento" (aumento del producto nacional global o "per capita") es la operación económica; que el "desarrollo" (es decir, el crecimiento en cuanto resulte de cambios qué afecten a la estructura socioeconómica) es la operación social, y que el "progreso" (que equivale al desarrollo en la medida que realice los fines de la economía) es parte, al menos, de la operación política.

Toda transformación de las estructuras* sociales acentúa el proceso de democratización y socialización contemporáneas. Incrementar el "crecimiento", acelerar el "desarrollo" y perseguir el "progreso" no es posible sin enfrentarse con ese proceso. Y para ese enfrentanñento todo perfeccionamiento institucional es necesario. O se regula, controla y encuadra la aceleración social, o ella misma irá creando drásticamente su propio cuadro institucional En determinados países y circunstancias, la forma política monárquica no sólo ha encajado el proceso, sino que ha colaborado en su equilibrada realización. En España—y ya «sto es otro tema con cuyo enunciado cerramos éste—esa misma forma política puede presidir importantes etapas. Posee características especialmente adecuadas para ello: una estructura fortalecida por la continuidad constitucional de la suprema magistratura; una concepción ampliamente integradora y arbitral de la Corona; una seguridad institucional que hace innecesario aceleraciones a plazos excesivamente cortos, e incluso representa la interferencia sutil, pero operante, de elementos históricos, emocionales, psjco-sociológicos, institucionales y hasta simbólicos, que podrán actuar como ingredientes pluralizadores y valoratiyos compensadores de la inevitable masificación. He aquí un sugestivo programa para una nueva Monarquía europea a nivel de los tiempos.

C. O. EL FUTURO DE LAS ESTRUCTURAS SOCIALES

 

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