Autor: Sender, Ramón J. . 
   Como el Conde Lucanor     
 
 Blanco y Negro.    26/04/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

GOMO EN EL CONDE LVCANOR

U AY un cuento inglés que ** quizá saben ya algunos de mis lectores, y ellos me perdonen, pero es como sigue: En ¡a noche londinense un policía encuentra a un «gentleman» de media edad vestido de gala abrazado a un árbot y hablando consigo misiw"aen estado de completa ebriedad. El policía se acerca, saca su cuadernito, pregunta y va anotando: ¿Cómo se llama? ¿Dórtde vive? ¿Cuál es su profesión?

—Empleado en la Liga Antialcohólica.

—¿Y qué diablos puede usted hacer en una institución como ésa?

—Sí, señor. Desde hace veinte años.

—Le pregunto qué hace usted allí.

—¡Ahí Soy el Mal Ejemplo.

Lo decía con cierta satisfacción y por eso lo escribo con mayúsculas. Esta broma tiene un doble fondo moral como las consejas del Conde Lucanor. Aquí se trata de sugerir ta importancia de los discrepantes en la vida de la comunidad y hasta en la historia de tos pueblos.

El conformismo y la discrepancia son hermanos gemelos en cualquier familia sana y vigorosa. Las instituciones necesitan sus herejes para fortalecerse y establecer nuevas razones de afirmación. ¿Qué sería de una liga antialcohólica si no existieran los que abusan del alcohol? Los consejos de los médicos no bastan porque también ellos beben.

Los ingleses saben vivir y beber. Los mejores vinos andaluces se van a aquellas latitudes boreales, donde tienen barriles de madera impregnados hace siglos de buena solera. El padre del famoso critico de arte Rus-kin, que murió a mediados del siglo pasado, fue fundador de una casa importadora. Pero por saber beber, los ingleses se embriagan raramente y sólo en privado. Entonces necesitan de algún borracho público y escandaloso, precisamente vestido de gala con el lazo deshecho y la mecha en la frente. La discrepancia así es más conspicua.

Lo mismo en esas instituciones que en otras de irradiación histórica es necesaria y aconsejable una cierta disidencia. Sin ella no podría llegarse a obtener esa homogeneidad armoniosa de contrarios semejantes que nos ofrece la naturaleza a cada paso. La diversidad arguyente es la única forma de permanencia en los pueblos prósperos y la única norma universal en la conducta de los hombres y los grupos sociales. Entre otras ventajas, la discrepancia tiene ¡a más inapreciable de todas: la de prestigiar a la norma.

Si pensamos un poco, veremos que sólo llama la atención a lo largo de nuestra experiencia vital (en lo pequeño como en lo grande) la irregularidad. Si en medio de una conferencia el sabio u ni versal mente admirado dice urva palabra atrevida o francamente procaz, esa palabra será lo mejor que recordarán todos de su conferencia, y por ella tai vez la parte sabia de la disertación.

Es en lo irregular positivo (lo negativo es ya aberración) en lo que se manifiesta mejor el orden natural, y con ese orden, 3} vigor de una nación, de una sociedad, de una cultura. En nuestra vida diaria, cuando las cosas van como deben ir, según los convencionalismos establecidos, nadie percibe la vida ajena ni la propia, y la realidad se hace difusa, imperceptible e incalificable. No pasa nada, es una alusión a la inercia mortal. El interés comienza realmente con la discrepancia. Lo inusual consagra y da validez y prestigio a lo usual.

Así, la Liga Antialcohólica, con su pintoresco empleado.

¿Puede alguien imaginar algo tan i n t o 1 e r ab I e como una reunión en la que todos están de acuerdo?

Si lo hacemos extensivo a una sociedad y una nación, la hipótesis es escalofriante.

Todo era uniformidad en Esparta y así les fue. Todo fue discrepancia en el imperio romano, sabio en leyes y ciencias cuya influencia ha llegado hasta hoy mismo. Todo es uniformidad hoy en Suiza, y si no hubiera de cuando en cuando turistas arrastrados por avalanchas de nieve nadie sabria que existe. Gracias a Dios tienen contrastes, si no discrepancias de cultura y se piensa y se habla en alemán, francés, italiano y retorromano. Hace años estuve yo en Zurich y, esperando un día el autobús, se acercó un ciudadano y me pidió una cerilla para su cigarrillo. Después de encenderlo me dijo misteriosamente: «Isaías, quince, dos». Y se fue. Al llegar al hotel consulté la Biblia que había en mi habitación, y en el lugar referido decía: t... y el fuego os será comunicado". Un país donde la vida de las gentes y sus juegos de ingenio son así tiene que ser sólo útil como refugio para corazones y mentes debilitadas por la conformidad. De la aventura y la contradicción nacen las grandes culturas e imperios. Nadie está de acuerdo con nadie en los Estados Unidos, pero por eso mismo todos se aferran a la ley normativa, y el que comete una transgresión, aunque sea el presidente, se somete a los rigores de esa norma. Yo no he dicho nunca que U. S. A. sea perfecta, pero es generosa y noble y está cocacolonizando la Tierra y la Luna, y ahora van con Marte y Júpiter.

Cuando estuve recientemente en España, después de tantos años de ausencia, me di cuenta de que nuestra Liga Antialcohólica no tiene todavía necesidad de contratar Malos Ejemplos. Claro es que tampoco la norma de la unanimidad en la discrepancia está consolidada. Pero a eso vamos según todos Jos síntomas.

Y que todos lo veamos pronto, lector.

Ramón J. Sender

 

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