Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   El retorno a las raíces     
 
 ABC.    08/09/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

8 SEPTIEMBRE 1983

SERRANO. 61-MADRID-6

FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

EL RETORNO A LAS RAICES

HE tenido la fortuna de pasar un verano más en Galicia. Para algunos de los que conciben las

vacaciones como una ocasión para tostarse al sol, no ha sido ciertamente un verano memorable; aunque

hasta en eso el equilibrio de la tierra gallega ha permitido que lloviera bastante, pero «a modiño». Para los

que venimos simplemente a descansar y al reencuentro con la tierra, un verano inolvidable. Vuelve uno a

ser uno mismo: a ser hombre, a ser un ser natural; a encontrarse con las raíces de una vida sencilla, pero

llena de experiencia verdadera; a encontrar el sentido profundo de las cosas.

Somos lo que somos: seres llenos de vida, pero sujetos a la muerte; dotados cada uno de su personalidad,

pero inmersos en una vida social en la que todos nos debemos a todos; capaces de imaginar y promover

cambios y progresos, pero responsables de una continuidad de lo que fue, debiendo mejorarla y no

destruirla.

Galicia es un lugar único para todas estas vivencias. El gallego quiere a sus viejos, respeta a sus ancestros,

ama a sus muertos. Cada domingo va a su parroquia y se encuentra con ellos en sus cementerios; más aún,

celebra allí sus fiestas, en un gesto admirable que a veces tardan en comprender los forasteros.

El gallego es profundamente individualista, pero también con un sentido serio de la vida social. Hace su

casa aislada, cerca de sus tierras, pero su vida familiar es intensa y también la de su parroquia. Comulga

en símbolos comunes: su campanario, su crucero, su Patrón. He asistido este año a las bodas de plata de

un sacerdote; vinieron a su parroquia actual feligreses de otras anteriores donde fue sembrando labor

pastoral y también acción cultural y cooperativa. Cuando desfilaban a besar el cuenco de sus manos

consagradas, niños rubios resplandecientes, buenas mozas o viejucas enlutadas, yo me preguntaba con

qué derecho intentan algunos quitarle a nuestra sociedad sus engarces tradicionales, sus bases morales

bien establecidas por siglos de superación progresiva de la barbarie y de la miseria, del egoísmo y de la

crueldad.

El gallego, en fin, lo que construye lo hace de granito; levanta, para lo que cree, grandes templos, pórticos

y obradoiros, torres y retablos. Y ahí quedan y desafían a los siglos. No hay faro como la torre de

Hércules, ni plaza mayor como la de Santiago, ni monasterios como los de Oseira o Sobrado, ni castillo

como el de Bayona la Real. Las cosas se hacen para durar, pensando que lleguen (si es posible) al

mismísimo Juicio Final. Y ojo con eso: el que no vaya, de vivo, a San Andrés de Teixido, puede

encontrarse con la necesidad de hacerlo después de muerto.

Se dice que el gallego pleitea demasiado, y es cierto, a veces; pero es aún más cierto que tiene un sentido

profundo del derecho: en ningún sitio se aprecian tanto papeles y escrituras, ni se tiene un sentido tan

profundo de la propiedad y de cuanto la rodea.

Me he bañado, una vez más, en todo ello; he visitado a mis muertos: he asistido a nuestras fiestas y

procesiones; he visto cómo sigue subiendo el nivel básico de una sociedad que sabe sentirse y respetarse a

sí misma, sin afectar por ello desprecio ni agravio de los demás. Me ha alegrado ver que mi pueblo tiene

ya gimnasio y florería: que las rapazas están cada vez más guapas; que mejoran los caminos y se hacen

nuevos puentes. Que no se hace caso alguno a los fanáticos ni a los insensatos.

Ningún triunfalismo, por supuesto, en lo que digo; también sé de problemas (probablemente, más que

nadie: he tenido días de cien visitas), de jóvenes que no encuentran trabajo, de fábricas que cierran, de

astilleros que no tienen cartera de pedidos, etc. Pero quiero subrayar que no saldremos de nuestra seria

crisis nacional presente sin adoptar todos algo de ese talante básico que he vuelto, gracias a Dios y a su

Apóstol, a encontrar en Galicia.

Desastres naturales se suman a las crisis coyunturales; las fáciles utopías de los que creían que todo el

monte es orégano y las promesas insensatas de los que creen que la verdadera política es «marketing» de

palabras, se van por el escotillón inevitable de la frustración del pueblo; las amenazas y crueldades de los

fanáticos de la destrucción y del nihilismo nada representan a la hora de la prueba verdadera.

No es política aceptable la que no respeta lo que, más allá de la política, justifica un mensaje de acción

colectiva propuesta al conjunto de las mujeres y los hombres que forman la sociedad. Más allá del éxito

inmediato está la responsabilidad de lo permanente. Se tarda siglos en edificar una moral colectiva, unas

formas de convivencia, un espíritu de trabajo, una valoración del esfuerzo y de la honradez. Es facilísimo,

en cambio, el decirle a la gente que no trabaje, que no se deje explotar, que todo está en liquidación y que

se aproveche. Al poco tiempo vienen las lamentaciones: los puestos de trabajo perdidos; las

oportunidades frustradas; los hijos que buscan la evasión en la droga; y el querer explicar que las cosas

van mal por culpa de los de antes.

No podrá lograrse una voluntad de recuperación nacional sin decirles la verdad a tos españoles, que es la

primera forma de respetarlos. Y esa verdad es la base de toda autoridad y de toda legitimidad, que se

niega cada día intentando teledirigir a la opinión por el monopolio de la información. Y esa verdad

arranca de reconocer de una vez que los españoles sólo se pueden salvar juntos: todas las regiones, todas

las clases, todas las edades. Igual que hemos de reconocer que todos tenemos que aprender, mejorar y

rectificar cada día.

Ni los nacionalismos, ni la lucha de clases, ni el pasotismo juvenil pueden resolver nada, sino enconarlo

todo. Hay que volver por el empeño serio de lo español, de la continuidad histórica, de la responsabilidad

ante los pueblos de nuestra estirpe (quinientos años de historia común), de la obra bien hecha, de la

creación de riqueza, de la motivación del esfuerzo y de la excelencia.

Como el maestro Mateo, que hizo el Pórtico de la Gloria; como los mareantes de Pontevedra, que

levantaron Santa María; como los monjes de Sobrado, que civilizaron tantos montes, mientras que en el

siglo pasado su obra se derruyó para hacer del monumento morrillo para carreteras (pero en nuestro

tiempo hubo otra vez un padre Cid, capaz de levantar de nuevo «El Escorial gallego»); como los gallegos

de Iberoamérica, que mantienen, contra viento y marea, su identidad gallega y española.

Hay que volver a las raíces, de las que salen la continuidad y la grandeza de las naciones. Estos días, el

presidente Mitterrand y Michel Debré se quejaban al unísono de la pobreza de la enseñanza de la Historia

en los actuales programas franceses. Un pueblo sin raíces y sin moral es un barco a la deriva, un lienzo

desvaído en el cual puede intentarse cualquier garabato.

Manuel FRAGA IRIBARNE

 

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