Democratizar con realismo     
 
 Diario 16.    28/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Democratizar con realismo

La detención de Santiago Carrillo y otros dirigentes del Partido Comunista de España (PCE) y su puesta o

no puesta en libertad obliga a ir más allá de este episodio para abordar el problema de la futura

convivencia española. Todos los signos indican —y el resultado del referéndum es el más explícito y

contundente— que este país quiere ir a un sistema democrático. Este es el dato primordial, al margen de

discusiones bizantinas sobre la eficacia económica de la esclavitud o el valor viril do las hordas de Gengis

Khan.

Pero, al optar por la democracia, hay que hacerlo con todas sus consecuencias. En la democracia se parte

del supuesto de que los intereses y las ideologías de conflicto se dirimen en las urnas, no se suprimen por

decreto ni se acallan con el exterminio de quienes los sostienen, aun a sabiendas de que algunos

intentarán imponerse por procedimientos no democráticos. De ahí que no sea posible prohibir a nadie en

nombre de la democracia. Este principio elemental debería bastar, sin más, para acabar con la

clandestinidad del PCE, dado que todos los argumentos que la ultraderecha esgrime para su no

reconocimiento se apoyan en el pasado, y aquí se trata del futuro. En una dictadura o en un sistema

autoritario se puede prohibir el partido comunista o cualquier otro; en una democracia, no. Y, al parecer,

queremos dejar atrás a la dictadura.

Pero, además, la legalidad del partido comunista viene exigida no sólo por un mínimo de coherencia

democrática, sino por un elemental realismo político. Aquí necesitamos un acuerdo básico de todo el país

para llegar a la democracia y para hacer frente a nuestros problemas con eficacia, y sería utópico pensar

que esto se puede lograr dejando fuera a uno de los partidos que representa a la clase obrera. En evidente

que, al establecerse la democracia, se producirán conflictos y luchas por el Poder, en los que el partido

comunista tratará de conseguirlo y de aplicar su programa de acción. Y la tarea de los demás será hacer lo

propio y evitar que el adversario llegue al poder. Pero, por medios democráticos. Y, entre los medios de la

democracia está el servirse del poder conferido por la voluntad popular para evitar que alguien —sea

quien sea— pueda suplantarla por medios no democráticos.

Hemos, pues, de ir hacia adelante, desde un país reconciliado por la amnistía que borre las heridas del

pasado, y que sea capaz de establecer una tregua, un pacto, o como quiera llamársele, para que podamos

llegar a las elecciones generales con el menor deterioro posible del país, como exige el bien de todos. Ese

pacto es imposible con el partido comunista en la clandestinidad o en la cárcel, y debían hacerse cargo de

ello quienes, tal vez muy marcados por la huella de la historia, se oponen con todas sus fuerzas al

reconocimiento. Hemos dicho que vamos a emprender un camino nuevo. Hagámoslo todos juntos y eso

sí, a partir de ahora, al que quiera hacer trampas, reglamento y sanciones al canto. Pero antes, amnistía,

reglas de juego, y negociación para todos. Eso es la democracia y eso es lo que el pueblo español, de

forma abrumadora, respondió a la consulta de la Corona en el último referéndum.

 

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