El episodio Carrillo     
 
 Arriba.    24/12/1976.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

• EL EPISODIO CARRILLO

UNO de los personajes menos favorecidos por el proceso de dramatización que vive el Estado español es

Santiago Carrillo, protagonista publicitario de recientes episodios. Si Carrillo no se preocupara de sus

puestas en escena (él lo sabe bien), corre el peligro de perderse fatalmente en una región remota y

estigmatizada de nuestra memoria colectiva.

Irreflexiva e ilógicamente, algunos han pretendido elevarle a la categoría de máximo retador del

Gobierno, con lo cual intentan dimensionar como asunto de Estado las peripecias jurídico-administrativas

del secretario general del Partido Comunista. Carrillo ha emprendido una propuesta a lo Pimpinela

Escarlata, con pelucos y apariciones con flash que revelan su angustiosa y patética pugna por mantener la

atención de las gentes, incluso las de su propio partido. Como es lógico, se está convirtiendo progresivo

mente en un enojoso obstáculo adicional a los que ya tiene el PCE para su posible legalización, y en un

incordio probablemente más irritante para toda la izquierda marxista.

En los últimos tiempos, Carrillo ha venido siendo objeto de especulaciones en la Prensa, tanto nacional

como extranjera, en orden a su posible sustitución como secretario general del Partido Comunista de

España. Es sabido que se llegaron a dar nombres —como Tamames, Sartorius y Sánchez Montero, entre

otros— de sus posibles sustitutos. Recientemente se llegó a afirmar que Carrillo tuvo que regresar a

España para poder sostenerse en el cargo frente al sector, parece que creciente, que desea reemplazarle

por razones de edad, de mentalidad y, sobre todo, de imagen pública.

A pesar de su presencia física, parece que Carrillo no ha logra do convencer a un ala importante del PCE,

sino que, por el contrario, su cercanía ha afianzado y robustecido la idea de que el comunismo español

necesita un hombre nuevo como secretario general. En este sentido, su reciente y rocambolesca aparición

semipública en Madrid constituiría una maniobra oportunista y teatral orientada hacia dos concretos

frentes: movilizar la atención internacional en orden a la legalización del PCE y, sobre todo, fortalecer su

figura en el plano interior. Incluso la detención, por supuesto prevista para más o menos tarde, es lógico

que estuviese calculada en todas sus repercusiones, incluida la pintada, la manifestación y el alboroto

callejero.

Hay una frase en la declaración programática del Gobierno Suárez que no nos cansaremos de repetir: «Es

necesario quitar dramatismo a la política española». Uno de los factores de esta dramatización lo

constituye el reconocimiento, o no reconocimiento, del PCE. Pero la decisión última sobre este asunto no

esto ni puede ser planteada en medio de la calle con manifestaciones y tumultos —que es el terreno que

ha elegido el señor Carrillo para su contenciosa con el Gobierno—, sino que es al derecho —porque éste

es un Estado de derecho— y a las leyes vigentes a los que hay que con fiar el porvenir inmediato personal

de Santiago Carrillo y al partido cuya secretaría ostenta.

El empecinamiento de Carrillo puede ser perfectamente soportado por un Gobierno cuya política ha sido

amplia y suficientemente confirmada por el reciente referéndum. La conflictividad de Carrillo comienza a

ser, más que del Gobierno, un problema del propio Partido Comunista. El país merece y tiene, por

supuesto, más serios, profundos, graves desafíos.

 

< Volver