Un rocambole en Madrid     
 
 Pueblo.    02/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

UNA ROCAMBOLE EN MADRID

EL título de nuestro comentario no podría ser otro, dadas las circunstancias excep cionales y casi

cinematográficas con las cuales el secretario del Partido Comunista Español, Santiago Carrillo, se reunió

ayer con los representantes de la Prensa. Citas en diversos lugares de Madrid, automóviles recorriendo la

capital en diversas direcciones, grupos con cámaras de cine y de televisión de las delegaciones

extranjeras. Bruscamente, Carrillo ha hecho un enorme «show» para desplazar de los comentarios de la

Prensa al Partido Socialista Obrero Español y a Felipe González, montando por su cuenta algo como un

«contra congreso», capaz de causar impacto en la opinión nacional y extranjera. Ni Ruiz Zorrilla llegó

jamás a tanto —aunque viniese algunas veces a Madrid desafiando a la policía de Cánovas—, ni se ha

alcanzado al golpe de efecto de Lenin, presentándose en la Rusia revolucionaria de 1917. Se ha

equivocado el lugar, el momento, la circunstancia, incluso de pueblo para el cual se habla. Aquí no hay

trabajadores marginados, ni empresarios que esperen su salvación del Partido Comunista, que sólo podría

dejarles muchísimo peor que hoy, pese a la crisis económica reinante. Esta ya no es la España de

alpargata y botijo que dejó Carrillo, arruinada y deshecha, en 1939, sino otro país con otras generaciones

y c o n d i c i onamientos, que han mudado de forma substancial en los últimos treinta y siete años. Lo

más grave en un político es no haber olvidado nada ni aprendido nada. Querer volver al país a las

circunstancias de hace cuatro décadas, es no percatarse de que la guerra civil ya ha quedado atrás, y que

ésta no es la España de los superados años dramáticos.

CARRILLO ha hecho unas declaraciones que pueden acaso impresionar —por lo inesperadas, por

lo rocambolescas— a quienes no están acostumbrados a estos golpes de efecto, que si son posibles es

precisamente porque el país atraviesa unas condiciones abiertamente predemocráticas y es fácil

circular «sin otra documentación que el carné del partido», circunstancia que sin duda alguna no podría

disfrutar el señor Carrillo en la U. R. S. S., donde la documentación se exige a todas horas y en todas

partes. ¡Claro que la reforma no es todavía «la democracia ni la soberanía del pueblo», pero sólo

porque se está ea camino de esas condiciones ha podido Carrillo hablar ayer en Madrid y movilizar a los

medios de información, que, como es muy lógico, no están vigilados, ni seguidos, ni controlados por

nadie. Se ha empleado la libertad de la Prensa contra la libertad que se invoca, abusando en

nombre de los principios ajenos de una notoria y bien conocida tolerancia. ¿Que la Policía no ha

detenido a Santiago Carrillo? No es fácil para ninguna Policía dar con un hombre, que sin duda se

disfraza, en una ciudad de cuatro millones de habitantes, donde, aunque e! señor Carrillo no lo

crea, la libertad de vida es una constante Aquí no necesitamos de ningún carné especial para

transitar por las calles, y sólo hace falta llevar el de conducir por las carreteras nacionales. En cuanto a su

«oferta» de que se restablezcan pronto las relaciones con Méjico y con el Este, no será la sola voluntad de

Carrillo lo que las haga posibles. Con Méjico las relaciones están muy próximas, y con el Este se están

negociando. ¿No será que Carrillo sabe que esas relaciones están muy cerca y ahora de alguna manera

trata de hacer creer que nos las regala?

PERO lo más grave está en las frases de Carrillo —un hom bre hábil, hay que proclamarlo—

cuando afirma que «aquí se cuchichea que es el Ejército quien se opone a nuestra legalización... y se

presta un flaco servicio a España presentando a las Fuerzas Armadas como una institución pretoriana».

Sólo Carrillo puede atreverse a calumnia semejante, porque el Ejército no defiende posición pretoriana

alguna, sino los intereses generales, y es en última instancia la defensa suprema de las leyes y de la vida

democrática. Ese Ejército es del pueblo, está detrás de la Corona al servicio del pueblo todo, y nc

distingue ni quiere distinguir entre maximalismos que, a la hora de hacer difícil el juego político, llegan

paradójicamente a juntarse. Sin la posición patriótica de las Fuerzas Armadas, nuestro actual tránsito

hacia la libertad sería impensable. Quienes aquí buscan golpes de Estado o posiciones pretorianas están

hundiendo viejas y podridas raíces en el siglo pasado. El Ejército de la nación es la suprema garantía de

las leyes. De todas, incluso de las que con su presencia el señor Carrillo está violando.

A política, y más la de los españoles en este tiempo, no se hace con efectos teatrales, como el

buscado ayer en unas declaraciones de Prensa ciertamente inesperadas, y que en cualquier otro país no

interesarían a nadie. ¿Es posible imaginar algo semejante en la U. R. S. S., o en Polonia, o en Bulgaria?

Esa democracia, que según Carrillo no existe, es la que ayer le permitió dar el golpe de efecto de una

presencia perturbadora, precisamente, cuando está naciendo la democracia. No la de Carrillo, que diga lo

que quiera será la totalitaria, sino la de todos. La que de verdad, y a través del próximo referéndum, desea

hoy España.

En definitiva, el golpe de efecto ha sido grande, pero sin substancia durable. Aquí está naciendo la

democracia y lo inadmisible es acudir a hacerla difícil cuando comparece un personaje que políticamente

pertenece a nuestro jurásico. No es la hora de los grandes fantasmas, y Carrillo —por desgracia suya— es

una voz del pasado; del que todos los españoles quieren olvidar construyendo un futuro sin dramas.

Acudir a reventar la paz es lo que podía esperarse de quien, pese a las décadas transcurridas, sigue siendo

—incluso a pesar suyo— hombre de tristísimos recuerdos. Hoy nos hace falta la paz, y nos sobra toda

pvocación del ayer dramático.

***

 

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