Autor: Daranas Romero, Mariano. 
   Españoles en el destierro     
 
 ABC.    15/03/1964.  Páginas: 2. Párrafos: 6. 

ESPAÑOLES EN EL DESTIERRO

Por MARIANO DARANAS

UN elemento de juicio que no se debe olvidar o que es conveniente retener cuando del general Primo de Rivera se trate, y el tema asoma al reloj de cuco de la actualidad, porque mañana se cumplen treinta y cuatro años de la muerte del gran gobernante, es su propia certidumbre en que, caido él del Poder, iba su Patria a la deriva hacia mares de naufragio, porque estaba seguro de que cuanto había tejido o zurcido o remendado se rasgaría o descosería en seguida. ¿Es lo que suele acontecer cuando jerarcas, hombres públicos o sencillamente responsables de algo o de alguien, arregostados a ejercer autoridad, jefatura o administración, se sienten precipitados de la facultad de mando a la impotencia del ostracismo?

Superficialmente, si; pero, en semejantes situaciones no es difícil amojonar lo falaz y lo verdadero, distinguiendo a los Isaías clarividentes de las falsas Casandras, al profeta del hechicero.

Primo de Rivera me dijo en París, a primeros de marzo de 1930, cuando no había de Pirineos abajo otro síntoma de agitación que insensatas y consentidas campañas contra los patricios de la calumniada Dictadura: "Por primera vez, y tengo ya sesenta años, la salud me preocupa, y no tengo más remedio que curarme de diabetes; ya sé de una clínica en Frankfort, porque España volverá a necesitar pronto de mi,"

Y no hablaba, para persuadirme, sino monologando, dialogando consigo mismo, como quien, súbitamente prevenido contra un riesgo alarmante, contrae de labios adentro el compromiso heroico de renunciar a costumbres, hábitos o vicios empedernidos y radicales.

Era un posmeridio, bajo un cielo tornasolado, a la orilla izquierda del Sena, subiendo a un taxi que, respondiendo a mi llamada, se había detenido junto a la acera de la rus du Bac. Rancio y novicio, pagano y seminarista, momificado y virginal. París tenia su corruptor y religiosa encanto de senil tradición viva y milenaria y truculenta historia pura. Hasta las gabarras que, ennegrecidas de carbón y olvidadizas de recientes paisajes de manzanos, venían, bajo los puentes, del norte normando, traían un mensaje de estética, urbana, y muelles, monumentos, palacios y hasta viejas, fachadas leprosas que a´ distancia de la corriente bordean un río que va a lamer los basamentos de "Notre Dame", se rehogaban en la fusión luminosa de la tarde, prometiendo mas de lo que recordaban.´ Era todo un anacronismo, manando enérgico y vital porvenir.

Pero Primo de Rivera estaba triste, no despechado o rencoroso. He ahí en lo que diverge el oráculo del agorero, el pesimista del resentido, el desterrado qué sufre del emigrado que intriga o difama. Es cuestión de nobleza o grandeza de ánimo, o, si lo preferís, de patriotismo. No todos los expatriados políticos que andan o anduvieron antes o después por Europa o América, pospusieron a la solidaridad en carne viva y tuétano medular con la tierra que les parió, prejuicios, amor propio o resabios de desquite. De alguno que declaró a un público sudamericano para obtener histriónicamente aplausos de suplemento una supuesta condición de "español sin pasaporte", sé que dijo mentirá, como supe también que, habiendo prohibido que su repertorio se presentara aqui, regresó hace algún tiempo, ya porque experimentara síntomas de esterilidad o agotamiento, ya porque el mercado ultramarino no diera más de sí.

Miguel de Unamuno no estuvo entre éstos ni entre aquéllos. En combativa y permanente contradicción sentimental y decisisiva {extraña profecía la del hombre que se pasó la existencia predicando a sus compatriotas, de ana manera o de otra, las delicias de una guerra civil el ángel del patriotismo reñía en el seno de £U conciencia contra el demonio de la egolatría. París, adonde llegó desde la Isla de Fuerteventura, se le hizo insufrible, y él a París, por lo que se vino a Hendaya para reconocerse a si mismo, necesitando, como Santo Tomás, de las llagas de diste, en realidad, por lo menos ocular, que nutriera su sensibilidad indigenista. Con ayes y resuellos de nostalgia, vertidos en versos y prosas de penetrante lirismo, y con insultos de panfleto más chabacanas (¡naturalmente, naturalmente!) que ingeniosos, impresos en sus clandestinas Hojas Libres, entretuvo su voluntario extrañamiento.

Aunque solo fuera por la entrañable, lacerante, altruista pena que consumió su vida de ausentes, menos forzada que forzosa, son Alfonso XIII y el general Primo de Rivera sustancia histórica de su pueblo, humus para "la tierra y los muertos" de las Castillas y la periferia. Jamás olvidaré la mortecina fijeza que como un coágulo de vidrio licuado rayaba tos ojos del bienhechor de España, en su cuartito interior del hotel Pont Royal, como nunca se me irá del pensamiento la lividez que. ennoblecida por una pálida sonrisa de cristiana resignación, trajo en el semblante el Monarca desposeído una noche de abril al bajar del tren, aclamado como nunca lo fue un español extramuros de su patria, en la estación de Lyon. Porque quizá los lectores de periódico no sepan medir bien la distancia que hay entre escribir de memoria, y escribir con memoria.

M. D.

 

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