Autor: TÁCITO. 
   Relaciones Iglesia-Estado     
 
 Ya.    03/07/1973.  Página: 7-8. Páginas: 2. Párrafos: 18. 

RELACIONES IGLESIA-ESTADO

EN el panorama político español actual, uno de los problemas pendientes de solución y con el que tendrá que enfrentarse el nuevo Gobierno es el de clarificar las relaciones entre la Iglesia y el Estado y devolver a éstas la serenidad que exige un pueblo confesionalmente católico, en el que pervive un sentimiento religioso que, aunque quizá sea cada vez menos mayoritario, es al mismo tiempo más auténtico.

Esta clarificación tiene dos dimensiones: una, interina, de interpretación legislativa en torno a la confesionalidad del Estado; la otra, externa, dentro del marco bilateral de nuestras relaciones formales con la Santa Sede.

Empecemos por la primera. En la espiritualidad de los españoles, como sucede también en otros países de la mayoría católica, se ha producido un cambio, motivado por el nuevo giro de la Iglesia. Sin alterar ésta un ápice sus esencias y fundamentos, ha acomodado su actuación a los "signos de los tiempos", enfrentándose a las realidades temporales en cumplimiento del mandato evangélico y despegándose de compromisos y condicionamientos que pudieran empañar la pureza e independencia de su misión.

Nuestras normas constitucionales, anteriores a esta transformación en la acción de la Iglesia, han tejido una confesionalidad solemne, doctrinal y excluyente que se recoge en la antigua redacción del artículo 6.° del Fuero de los Españoles y en el primero de la ley de Sucesión, así como en el principio II de los del Movimiento Nacional y en el Concordato de 1953, que reproduce idéntica disposición del Concordato de 1851, a cuyo tenor "la religión católica, apostólica, romana, sigue alendo la única de la nación española y gozará de los derechos y prerrogativas que le correspondan, de conformidad con la ley divina y el derecho canónico".

La modificación del articulo 6.º del Fuero de los Españoles, aprosa—: que no hay forma humana de acabar con las subidas.

Escándalos U. S. A.

El que la gente se haya escandalizado por lo de Watergate y no se escandalice por otras cosas peores me parece escandaloso.

Asepsia y contagio

Las informaciones asépticas en los medios de comunicación resulta que son portadoras de gérmenes de escepticismo altamente contagioso.

El hombre

El hombre ha sido definido como "animal racional", como "animal político´´, como "animal que piensa", como "animal que ríe" ..; viendo lo que ha hecho a lo largo da la historia, sinceramente no encuentro razón por la que haya que ponerle calificativos.

Relaciones comerciales

—Parece que nuestra política económica se orienta ahora hacia Portugal, Hispanoamérica y Estados Unidos...

—O sea, que para entrar en Europa, en vez de hacerlo por los Pirineos, preferimos antea dar la vuelta al mundo.

PGARCIA

bada en el referéndum de la Ley Orgánica del Estado, y luego la ley de Libertad Religiosa dan paso a una confesionalidad del Estado no excluyente, ya que se reconoce el principio consagrado en la declaración conciliar de libertad para las demás religiones. Siguen, sin embargo, vigentes las otras normas fundamentales, por lo que nos enfrentamos con el problema de armonizar unos y otros criterios, lo cual nos obliga a buscar una recta Interpretación, de lo que son la confesionalidad y la libertad religiosa y ver la forma de acomodarla a nuestros textos legislativos.

PARA nosotros, la confesionalidad es, ante todo el reconocimiento de una realidad social, colectiva, histórica, que responde al carácter mayoritario de españoles que profesan la religión católica y a la contribución que presta al bien común. La libertad religiosa significa, en cambio, la libertad del hombre de venerar a Dios según el recto dictamen de la conciencia personal.

Es ésta tal Vez la más genuina aportación del Papa Juan XXIII, que quiso marcar así el punto de partida para la plena liberación de la conciencia personal, libre de las ataduras y los condicionamientos de la sociedad y del Estado. Es el hombre a solas quien se compromete, quien juzga, quien decide. El es—en materia religiosa— el único que resuelve, aunque esté en el error. Y nada puede objetar 1a autoridad pública al respecto, porque a ésta no le Corresponde por su misma naturaleza juzgar de la verdad o falsedad religiosa. Estas no son categorías de orden jurídico y el Estado no es competente para discriminar al respecto. Al Estado únicamente le corresponde garantizar la libertad religiosa, protegerla y fomentarla, pero no juzgar sobre cual sea la verdadera religión.

Esta afirmación parece estar en contraposición, con el principio II de la ley de Principios del Movimiento, según el cual "la nación española considera como timbre de honor el acatamiento de la ley de Dios, según la doctrina de la santa Iglesia católica, apostólica y romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional que inspirará su legislación".

Sin embargo, entendemos—a la vista del artículo 6.º del Fuero de los Españoles y de la. ley de Libertad Religiosa — que no debe interpretarse como confesionalidad estrictamente doctrinal, sino como inundado declarativo de la creencia mayoritaria del pueblo español.

Piénsese, además, que la doctrina, de. la Iglesia puede marcar diversas opciones, entre las que habrá que escoger alguna, y esta solución—como bien advierte la declaración episcopal—tal vez no sea satisfactoria para todos los católicos. Y cabe también que normas del magisterio eclesiástico estén pendientes de desarrollo o de aplicación, o incluso que difieran de disposiciones legislativas o reglamentarlas, como sucede con las normas que regulan el derecho de asociación o el régimen sindical, por citar algunos de los ejemplos más significativos.

En consecuencia, a nuestro juicio, "el acatamiento de la ley de Dios" es lo que inspira directamente su "legislación"., Sí bien atendiendo a aquella creencia mayoritaria, el Estado—sin incidencia alguna de la Iglesia, que conserva su plena libertad—admite y reconoce "la doctrina de la santa Iglesia católica" como intérprete excepcional de la misma ley de Dios."

JUNTO a esta primera. clarificación legislativa es necesaria otra dentro del cauce de nuestras relaciones bilaterales—instrumentadas hoy en un Concordato—, que tanto la Santa Sede como el Estado califican unilateralmente de anticuado, pero se resisten a materializar su discrepancia y a reconocer formalmente la necesidad de su revisión.

Las dos partes contratantes se esfuerzan por orillar el Instrumento jurídico, salvo cuando, a alguna de ellas conviene invocar su vigencia; y, a pesar de las declaraciones reciprocas de colaboración y de respeto, la realidad es que falta un diálogo´ fecundo y una comprensión mutua de situaciones y problemas, y todo ello en perjuició de los españoles, que integran el pueblo de Dios. Es preciso reanudar cuanto antes unas conversaciones que despejen cualquier malentendido y muestren que por ambas partes hay deseos de comprensión.

La renuncia recíproca a los privilegios de presentación de obispos y de fuero eclesiástico podría ser la condición previa para iniciar una negociación a fondo, sobre la base no ya de una revisión del actual Concordato, largo y pormenorizado, sino de acuerdos parciales que resolvieran las cuestiones mixtas, fronterizas y polémicas entre la Iglesia y el Estado.

MENCIONÁBAMOS antes la idea de libertad religiosa, pivote sobre el que gira toda la proyección humana del Vaticano II, y no podemos desconocer tampoco el concepto de libertad de la Iglesia, que es "principio fundamental en sus relaciones con los poderes públicos y toda la organización civil".

Y esta libertad fue proclamada en el Concilio, no ya en una declaración, sino en un "decreto", con fuerza disciplinar vinculante para los católicos y consiguientemente para los Estados confesionalmente católicos.

Estos, en consecuencia, no deben ofrecer resistencia alguna al derecho exclusivo de la Iglesia a nombrar obispos, precisamente para defender su propia libertad.

Igualmente pensamos respecto al privilegio del Fuero, al que ya ha anunciado la Iglesia española su propósito de renunciar, si bien coincidiendo con la renuncia por parte del Estado al privilegio de presentación.

Pero para lograr estas concesiones recíprocas, lo más urgente es buscar el cauce de la distensión, situándose cada una de las partes en la posición de la otra para comprender sus dificultades y problemas, y que las personas idóneas y al más alto nivel, animadas de espíritu sincero, sin cesiones, pero sin asperezas ni intransigencias, encuentren el camino de la inteligencia y de la comprensión.

TÁCITO

 

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