Autor: Daranas Romero, Mariano. 
   Si resucitara...     
 
 ABC.    13/08/1962.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

DIARIO ILUSTRADO DE INFORMACIÓN GENERAL

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ABC

FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

SI RESUCITARA...

SI del asesinato de Calvo Sotelo manan enseñanzas de tan fértil alcance que ya cabe considerarlo, sin temor a que la posteridad nos desmienta, como un capítulo revelador de la Historia contemporánea de España, no se peca por hipérbole diciendo de la víctima rué era arquetipo de hombres

e Estado. Idealmente, sé trata de una vida de Plutarco o e un héroe de Carlyle. Su

exístencia, del principio al fin, tiene inflexiones pero no quiebras, pausas pero no apostasías, perplejidades pero no retrocesos. Aun así, poquísimas y de fugaz embarazo son las inflexiones, pausas y perplejidades que de cuando en cuando acosan la carrera de un hombre público a cuyo pensamiento sigue inmediatamente la acción. Calvo Sotelo es un español que desde que alcanza el uso de razón siente prisa.

(Moralista tan poco extremoso como Montaigne dice en sus "Ensayos" : "L´ambition n´est pas un vice de petit compagnon".) Calvo sólo descansa para pensar, y, resuelto su monólogo mental, tanto al optar entre su respeto a Maura y BU afición al gobierno del general Primo de Rivera, como cuando concibe la temeraria empresa de nacionalizar la importación de petróleo, obra traduciendo en actos su discernimiento con una acometividad que escandaliza a sus coetáneos. A Maura primero, a Primo de Rivera después, al desterrado Alfonso XIII finalmente, les chocan la energía agresiva y el criterio voluntarioso de un compatriota que, siquiera lustros o décadas más tarde, se había formado en la misma sociedad y escuela que ellos. Es mucho más radical que los tres, más por temperamento que por juicio, y acaso de los cuatro es no sólo el menos flexible, sino el único, tal vez, que no condiciona la transformación del Estado a la aritmética de las urnas. Tiene la espectacularidad de un cuerpo alto, vertical y fornido, y la sugestión de un rostro moreno cuyas facciones vigorosas adolecen de un retoque postrero de cincel. No sonríe a medias, pero cuando sonríe enseña sus encías carniceras. Es una personalidad anímica, que, como ciertos tónicos fuertes, estimula y vigoriza más que agrada. Tiene su trato más sencillez que jovialidad, más afabilidad que simpatía, menos soberbia que altivez. No suele responder que sí, pero antes de negar escucha atento y hasta absorto a quien expone. No cree en la oratoria y mucho menos en el Parlamento, quien, gran polemista y locutor cuyo vértigo de dicción desconcierta a los taquígrafos, ha entrado en él desafiando y venciendo al Poder, al filo de su mayoría de edad, como diputado por Carballino. Para él, una interpelación o un debate no es un fin, sino un medio. Preferiría

quedarse afónico, con tal que la plutocracia tributara más, a que su elocuencia oscureciera el recuerdo tribunicio de Castelar.

Ríe con ganas del chiste que le cuentan, pero no cae en la tentación de narrar, a su vez, otro. No se le ocurre ni pretende que se le ocurra ninguno. Ignora lo que es un chascarrillo, y su esparcimiento es la música: óperas, conciertos, incluso operetas o zarzuelas. Desconfía de la improvisación, aunque posea una aptitud extraordinaria para repentizar, y le indigna que en la España de sus tiempos toda la ciencia de gobernar consista en el arte de ganar las elecciones. Calvo es, con mucho, en realidad, con todo, la primera cabeza política de su generación, por no decir la única. Es porosamente, incluso ávidamente permeable a las realidades psicológicas y materiales de su pueblo y estudioso, de consuno, hasta lo maniático. ¿Quién como él conoce tan a fondo el mecanismo de un Ayuntamiento, la idiosincrasia del aldeano y la biblioteca del Instituto de Reformas Sociales? Número uno en grados de enseñanza y en ejercicios de oposiciones, es un superdotado en quien el comercio con las ciencias jurídicas y económicas enriquece en vez de embotar su innata percepción de lo vivaz. Cuando sospechando Primo de Rivera que será un gran ministro de Hacienda, le encomienda la responsabilidad del Tesoro, me dice Calvo a solas, en su casa, experimentando uno de esos accesos de perplejidad a que al principio me referí: "No me he preparado para ministro de Hacienda, pero, en cambio, tengo vocación de ministro de Justicia, ¡Que lástima! ¡Habría revolucionado de abajo arriba, los servicios de la calle San Bernardo !"

En Calvo Sotelo empieza a madurar el reformador, el cirujano de hierro, reclamado & principios de siglo por el tullido y solitario Joaquín Costa. Crimen no sólo de lesa humanidad, sino de irreparable patricidio ha sido asesinarle. Y asesinarle con todas las agravantes: premeditación, nocturnidad, alevosía, abuso de superioridad, todas las que el Código señala, más otras que el legislador no había previsto. Veintiséis años hace que en la tierra madre y nodriza se resuelven sus huesos nobles, abono nutricio de una nación en crecimiento. ¡ Malditos sean quienes, vivos y baladroneando todavía, armaron las pistolas que le dispararon a la nuca, pues si resucitara, otra vez le matarían!

MARIANO DARANAS

 

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