Autor: Sánchez de Palacios, Mariano. 
   Nacionalismo y universalismo     
 
 ABC.    08/09/1963.  Páginas: 1. Párrafos: 2. 

NACIONALISMO Y UNIVERSALISMO

HABRÁ que distinguir entre lo naciónal y lo universal, establecer la debida diferencia entre uno y otro concepto; señalar, en suma, lo que es privativo de un. pueblo o de todos los pueblos, lo que es patrimonio de una nación, propio de ella, o cuanto supone un valor representativo en el ámbito externo. Cada raza, cada pueblo, conserva a través del tiempo su idiosincrasia y sicología, su manera de ser y su peculiar manera de reaccionar ante idénticas circunstancias o motivos. Aun dentro de una misma nación no viven ni se desarrollan igual los individuos del Norte que los del Sur. Sin salimos de España, los de puntos equidistantes de la península: Galicia y Cataluña, Vizcaya y Andalucía... Sólo las grandes manifestaciones del intelecto, de la sensibilidad o del espíritu pueden romper las fronteras. Aquel pueblo que no produzca su impacto en otros, es un pueblo pequeño, de limites estrechos. Porque cada pueblo o nación es de características sicológicas diferentes, pensar que la política o forma de gobernar de un pueblo puede aclimatarse a otro de distinta formación histórica y espiritualista, es un error de principio. Cada pueblo, como cada enfermo, tiene distinto tratamiento político. Excesiva ambición es aquella que pretende imponer declarada o subrepticiamente, un sistema político que venga a alterar por conveniencias de expansión ideológica, cuando no de hegemonía, el rumbo y el destino de otros pueblos. ¿Por qué el comunismo trata de imponerse en Europa? Sólo las grandes explosiones sociales o políticas, pueden torcer más o menos "a forcion", el caminar histórico de ciertas civilizaciones occidentales, lo que es verdaderamente arte y literatura. Existen modas, pero son pasajeras. Sólo perduran los estilos, lo que cumple una misión universal al unificar y hermanar el pensamiento en hombres de distintas latitudes y razas. De ahí, la profunda huella marcada por el Cristianismo, por la Iglesia católica. Sucede muchas veces en política que un mismo credo, una misma idea, un mismo partido sirven para gobernar a distintos pueblos. Pero ocurre luego que no todos responden lo mismo. Haría falta también una cultura análoga, para que se experimentasen Idénticas consecuencias. Hoy se habla con exceso de las democracias.

como si fueran ellas las únicas que pueden salvar al mundo. ¿Dónde está la verdadera democracia? ¿En Rusia? ¿En los Estados Unidos? Muchas veces, naciones aparentemente democráticas son gobernadas con la misma férrea autoridad y disciplina inculpada, a ciertos países totalitarios. La política no es ninguna ciencia sino un arte, y el arte de la política en las democracias—ha dicho Louis Latzarus—consiste en hacer creer al pueblo que es él quien gobierna. Por eso la política no es problema de principios, sino de tacto: Tiene más de habilidad que de conocimiento. La oposición es necesaria, mas no se olvide que la oposición cuida siempre de pedir lo que está segura de no obtener, por que si lo obtuviese—según Alfonso Karr — dejaría de ser oposición. La verdadera política consiste en formar o aclimatar al pueblo a una idea o sistema. El mismo Danton decía con frecuencia, que "son necesarias muchas generaciones humanas para poder pasar de una forma de gobierno a otra. Antes de construir una ciudad, hay que formar ciudadanos".

Hay quien ama la revolución, porque cree encontrar en ella el punto de partida para cambiar de postura, sin comprender que hasta para ellas se precisa el orden y la compostura si no se quiere caer en el envilecimiento de la injusticia callejera. Cuando Costa, el 13 de noviembre de 1898, hacia público su célebre manifestación a las Cámaras Agrícolas y Comerciales, Sindicatos, gremios, etc., reclamando la urgente revolución desde el Poder para salvar a España, no incitaba al tumulto y a la expansión política e individualista. Las revoluciones—decía— hechas desde el Poder no sólo son un homenaje y una satisfacción debida y tributada a la justicia; son, además, el pararrayos, para conjurar las revoluciones de las calles y de los campos. La razón se Impone por al misma, sin necesidad de violencias. No importa que sea política de derechas o de Izquierdas. Lo que vale es gobernar para el pueblo, y el pueblo no es la masa amorfa y anodina, sino el conjunto de todas las clases sociales regidas con un mismo espíritu de justicia.

Debió ser el año 1899, cuando don Antonio Maura, en el Congreso, exteriorizó el concepto de la revolución desde arriba. ."Hay que hacer la revolución desde el Gobierno, porque si no, se hará desde abajo y será asoladora." La Revolución Francesa no puede ya servir de ejemplo. Los buenos gobiernos no se forjan con la violencia. Hay que merecerlos. Nacen con la paz y bajo la influencia de un espíritu político en mayoría. Uno piensa con Ganivet, que España tiene acaso caminos abiertos para emprender rumbos, diferentes de los que le señala su historia; pero un rompimiento con el pasado seria una violación de las leyes naturales, un cobarde abandono de nuestros deberes, un sacrificio de lo real por lo imaginario.

Ninguna nueva acción exterior—y sin experiencia histórica, añadimos—puede conducirnos a restaurar la grandeza material de España, a reconquistarle el alto rango que tuvo. El pasado es la falsilla sobre la que hay que escribir el futuro. Los pueblos—algunos pueblos— luchan hoy por alcanzar, por su fuerza o por su dinero, la hegemonía del mundo. Hay una guerra fría por el poder del comercio internacional, y esta ficha ambiciosa ha conducido otras veces a la guerra. No es Marte, sino Mercurio el responsable de tanto y tanto cataclismo. Lo liberal y democrático sirven de pretexto para una política de pretendida acción social. Realmente uno ya no sabe qué pensar. El mundo está ya viejo y chochea, como dijo Benavente.

Siga Rusia, con Siberia; Estados Unidos, con su grave y lamentable problema racial; Cuba, con sus cárceles llenas de presos políticos, y la mayor parte de los países en Hispanoamérica, con sus golpes de Estado y sus pronunciamientos. Mientras todo continúe asi, entenderemos que no hay más democracia que la que predicó Cristo, la auténtica y verdadera democracia cristiana de solidaridad y mutua comprensión. Uno, a pesar de todo, tiene fe en el porvenir espiritual dé España. No pretendemos universalizarnos. Nos contentamos, ahora y siempre, con mantener, precisamente, nuestro espíritu nacional. Parece poco, pero es bastante.

Mariano SÁNCHEZ DE PALACIOS

 

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