Autor: Pemán Pemartín, José María. 
   La proclamación y la esperanza     
 
 ABC.    28/04/1974.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

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LA PROCLAMACIÓN Y LA ESPERANZA

ME ha encantado la fotografía que se publicó en estas mismas páginas hace unos días. Pío Cabanillas, a quien admiro desde sus años juveniles, era el protagonista. Le conozco desde los tiempos de su apabullante «carrera de opositor». La puerta estrecha de una «oposición», como acceso a las selecciones humanas de técnica o docencia, ha sido fácil de denostar, pero no de sustituir, segundo tiempo urgente de toda tramitación nueva que sólo anula lo antiguo cuando lo sustituye. Los grandes opositores que tuvieron triunfos luminosos son los que mejor se dan cuenta de los peligros del duro sistema. Es tal el esfuerzo mental y fisiológico que exige una oposición que siempre habrá opositores que se dediquen después a interpretar su trabajo de cada día como una larga y merecida vida centrada «en un derecho adquirido de dejadez.

El opositor tiene derecho a emplear todo su tiempo «en descansar de haber hecho la oposición. Pío anunciaba con vehemencia arcangélica la jubilación del «dirigismo estatal». Tranquiliza mucho ver esas consignas en boca de estudiosos conscientes que saben que el rótulo sólo se cumplirá con un paso firme que vaya asimilando y aprovechando todo lo bueno del pasado. Pío acompañaba su proclama reformista tremolando en el aire su «barretina» de payés, que interceptaba por si misma el riesgo de toda improvisación pedagógica anunciada por una agitación aérea y latiguillera de un gorro frigio. Y la exaltación de Pío encajaba en un acto de ofrenda al maravilloso éxito tradicional y permanente de los «Coros Clavé» : imposible de separar del «dirigismo» de una egregia batuta creadora. La «dirección única» en el tráfico mental o urbano, sólo es eficaz si es sustituida por un orden riguroso de semáforos rojos y verdes. Sólo el rigor dirigista puede evitar la exaltación revolucionaria por parte del mismo coro, que tendería a convertirse en anárquica interpretación callejera y voluntariosa de «el segador» o «la Internacional».

He conocido a opositores que justificaban «1 resto lento y grisáceo de su vida, por la necesidad de curarse el hígado o la coronaria, heridos desde la juventud por la agresión patológica del memorismo o el «pathos» del opositor. Los selectos no se seleccionan a sí mismos. Y de un modo o de otro, en este problema de discriminar de algún modo las élites, de que hablaba hace unos días en magistral articulo Fernando Lázaro Carreter, frente al acceso de la Universidad, rebusca los modos de coordinar lo selecto y lo masivo: pero con la seguridad previa de que a las espaldas de una selección o un seleccionado estará siempre el respaldo responsable y exigente de un Ladislao Kubala.

Hasta creo que es legítimo centrar las operaciones selectivas en una previa exaltación del ejercicio inteligente, sobre el ímpetu emocional o intuitivo!. De aquí que los «intelectuales» desde principio de siglo tomaran ese nombre para designar su propio autodirigismo. Como se,llamó luego «Servicio de Inteligencia» a todo espionaje y penetración del pensamiento segura de sí mismo sobre las inseguridades existenciales. Por eso los intelectuales tuvieron que buscar el modo de llamar la atención y certificar su primacía jerárquica. Tuvieron que encarnarse en sus improvisadas «sillas gestatorias» para pontificar de algún modo; tuvieron que aparentar «ser como niños» para llegar a ser, por lo menos, personas importantes. Azorín llevaba un famoso paraguas rojo, Unamuno se abrochaba el chaleco en la glotis. Valle Inclán lucía barbas fluviales, Maeztu, por una apuesta, atravesaba de rodillas a la hora más concurrida la Plaza de la Cibeles. Era un modo de decir que estaban allí y que ofrecían sus servicios a esa ama de casa tan inquieta que era la «democracia». El intelectual había per-dido aquella instalación previa que respaldaba a tos Fray Luis de León o los Quevedo o Velázquez: la Universidad, la Corte, la Iglesia se veían, pues, obligados a tocar ellos mismos la campanilla anunciadora de su propio espectáculo: «entren, entren... Lázaro cree, con razón, que de un modo o de otro hay que buscar la básica seguridad selectiva del equipo a la puerta de la Universidad. Una Universidad no puede Crearse como una urgencia programática: poniendo bancos de madera en un «garaje» y confiando en que los chicos mismos corresponderán a este planteamiento ascético con ese esfuerzo personal o adivinatorio de la ciencia infusa que les hará comprender lo que es un triángulo isósceles.

Todavía en los censos universitarios de Oxford se conserva al lado de los nombres de muchos alumnos la anotación «sine nobititas»: sin nobleza; abreviado en «snob», donde ya se toca con la frontera del quiero y no puedo de la cursilería. Pero el punto de discriminación se ha apartado ya rotundamente de la mitológica sangre azul del nacimiento, superado ya por la tinta china del plano, el acta o el proyecto de los poseedores de una auténtica sabiduría filosófica o técnica. Me decía hace poco un obrero que el nombre de «cuestión social» cada vez más debía concentrarse en lo que se llama «problema de la vivienda»; en seguida en lo que se llama «problema de la igualdad de oportunidades». Hace falta primero «vivir», tener vivienda y en seguida acceder a la cultura y a la educación de lo selecto. como hay una jerarquía escalonada de viviendas: casas baratas, viviendas protegidas, bloques, apartamentos, hace falta que una jerarquía de vocaciones y posibilidades mentales sea base de una cultura sin énfasis ni brillantez, sino como rigurosa tranquilidad creadora. No se trata de crear una especie de chabolismo universitario ni un rentable latiguillo demagógico. Se trata de un hacer austero que, desde el principio, para el que lo hace y para el que lo recibe, tendrá que ser selecto, Pio Cabanillas ha llegado muy a tiempo de anular el gorro frigio con la «barretina» y la vociferación anárquica con el coro.

Ha escogido una de las tribunas más equilibradas de España para la fusión de lo selecto y lo masivo. Plásticamente la gesticulación y la voz de Pío alcanzaban cierta semejanza con la estatua de la Libertad iluminando al mundo: parecía la estatua de la Verdad, sin apocamiento ni énfasis, iluminando por lo menos, como anticipo y ensayo, a ía segura, limpia y sensata Barcelona, que estamos seguros que mantendrá su nativa ecuanimidad: porque «si la misma sal se vuelve insípida...»

José María PEMAN

De la Real Academia Española

 

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