Autor: Pemán Pemartín, José María. 
   Panorama de todas las cosas y otras muchas más     
 
 ABC.    20/06/1973.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

PANORAMA DE TODAS LAS COSAS Y OTRAS MUCHAS MAS

HE dado cuenta en algún otro artículo reciente de las conclusiones inesperadas a que están llegando unos cuantos sociólogos actuales. Por primera vez en el panorama cultural del momento está interviniendo una operación humana que no se había intentado todavía en la investigación de las ciencias sociales, a nivel de colectividad, sino únicamente en la psicología o la antropología a nivel de individuo. En gran parte esos resultados científicos enlazan con las conclusiones que tarde o .temprano tenían que presentarse como interpretación del fenómeno «hippies»: el aburrimiento, la dimisión, de la implacable monotonía laboral, la vuelta a la Naturaleza, el abandono por hastio de la perfección tecnológica. Tiene algo todo esto de la exclamación unamumiana: «¡Qué inventen ellos!» Quería decir don Miguel ¡que inventen los nórdicos, los sajones y escandinavos! Nosotros los latinos quedémonos con la belleza, el ocio, el arte, y también con el aspirador eléctrico, la computadora y todo lo que vendrá si siguen los infelices nórdicos inventando para nosotros.

Porque la novedad grande y cargada de sugestiones consiste en que los nórdicos se han aburrido casi sincrónicamente de sus éxitos mecánicos y sus monótonas reiteraciones. Nos devuelven la pelota. Ahora, piensan, que «inventen «ellos», pero que «ellos» sean los sevillanos o los napolitanos, o los atenienses: ¡un nuevo turno y una nueva oportunidad para los latinos !

La perfección se ha aburrido de ser perfecta. Empiezan a preguntarse muchos si la perfección evangélica: «Sed perfectos como vuestro Padre», no estaba siendo sustituida por la perfección mecánica: «Sed perfectos como las maletas de Londres, los relojes suizos o los "rodamientos a bolas" de Suecia.»

Parece que en gran parte este desfondamiento nórdico se debe a que ha amanecido la época de las disyuntivas insuperables. La mayor parte de esas reuniones y entrevistas políticas en la cumbre o en el valle tienen por «agenda» de trabajo la cuadratura del círculo. Los israelitas y los palestinos conjugan el mismo verbo para los mismos sustantivos: el sustantivo, Palestina; y el verbo, «no irse». El mismo sí y no florece en Belfas! y en Dublín Gibraltar, por su parte, provoca un coloquio de sordomudos. La misma cuenta de las aguas jurisdiccionales de los moros —ya dije que han estirado tanto sus kilómetros que si tiran sus redes en el Estrecho llegan hasta el interior de la costa de enfrente y el día menos pensado van a pescar al comandante de marina de Algeciras o al propio cardenal arzobispo de Sevilla—. Todo esto es una baza más á favor de ese resurgimiento de los figurines latinos e individualistas: Pericles, Solón, Licurgo, sedes, individuales y pensantes de la más armoniosa sabiduría.

También en ese campo de la negociación diplomática se regresa a ia dialéctica de Sócrates y Platón. Afinando el oído casi se siente el hervidero de las agresiones de la Naturaleza, de la sub-historia, tratando de derribar a los sabios. De momento vence lo caótico indomeñable. Breznev y Pompidou amenizan los en treatros de sus «cumbres» contándose fruslerías de apariencia intrascendente, pero que resultan importantes a nivel del temperamento personalista. Una bronquitis de don Juan de Austria pudo variar del todo la batalla de Lepanto. El ruso y el francés sufrieron la primera agresión a costa del humo. Uno y otro, regidos sin duda por el mismo demonio que operaba bajo las mitológicas alfombras del Elíseo, confesaron que solían fumar cincuenta cigarrillos al día. Para estar en forma en sus entrevistas se quitaron radicalmente del tabaco. Pompidou pudo, por lo menos, ofrecerle su sacrificio a la Virgen de Lourdes.

Ventaja del creyente. Breznev no podía ofrecérselo a la momia de Lenin. Parece ser que se lo ofreció a su señora; que era, en definitiva, la que le había escondido los cigarrillos. Pero el humo se tomó su desquite. A Breznev se le desencadenó de modo feroz el «cantarada apetito», como él le llama. Engordó ocho kilos. Pompidou engordó también indiscriminadamente. La reunión de los «grandes» se convierte en reunión de los «gordds». Pompidou, además, empezó a ser atacada reiteradamente por los virus de la gripe y sus recaídas. Los fotógrafos empiezan a difundir un Pompidou fofo y linfático. Ha tenido que suspender por un mes sus audiencias de trabajo. Los médicos le han recetado que no se tome disgustos. Y Breznev y Chu En-lai habrán anotado en sus agendas:´ «ahora es la ocasión».

Nuestro país no ha querido quedarse fuera de la nueva política de los negociadores y gobernantes personales. Aunque esté bien claro que la Naturaleza conspira contra ellos sus fuerzas caoticas. Willy Brandt acaba de descender, involuntaria y violentamente, de su helicóptero sobre Israel de un salto circense o, si nos parece mejor, tratándose de Israel, como un ángel bíblico. Es natural estando todos los días en vuelo que algún día ocurra algo. «Tanto va el cántaro a la fuente...» (Dow Gregorio: ¡se libró usted por horas; porque usted ya debía tener casi agotado su cupo y talonario de vuelos sin accidentes! Pero el Generalísimo está paternalmente en todo.)

Pero España ha querido exagerar la nueva receta personalista de Gobierno. En términos escolásticos diremos que ha hecho una crisis >ad intra», no «ad extra». Franco no nombra, se duplica.

Y el almirante Carrero, torre de la lealtad, viene a ser lo que en TV es Guadalcanal con respecto a Prado del Rey.Escribíamos hace pocos días sobre la sociología de las melenas y la barba. Ahora se ha descubierto el más sutil valor gubernativo de las cejas. Vea el lector, con detenimiento, las cejas de Pompidou con apariencia de marquesina o las de Brezney con figura de dosel... Pero nuestro almirante les puede. Porque recordemos lo que decía Hornero del dios de los dioses: «Frunce Júpiter su entrecejo y se conmueve todo el Olympo. Franco ha delegado su fruncimiento de cejas.

José María PEMAN

De la Real Academia Española.

 

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