Autor: Pemán Pemartín, José María. 
   Pelos y señales     
 
 ABC.    13/09/1974.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

PELOS Y SEÑALES

SUPONGO que, en una interpretación extensiva, el levantamiento de la reserva para ciertos temas considerados «secretos de Estado» llega también a la licencia para decirlo con claridad y sin tapujos.

Los franceses tienen una palabra, no del todo traducible por no ser del todo univoca, para designar estos días en que el otoño humedece y prestigia la emoción agridulce de muchos verbos que se cuelgan el prefijo «re»; «1 «regreso», el «reencuentro»; la «recuperación» de la oficina, del taller, del horario...

La «rentrée», que es la palabra que usan los franceses, trata de romantizar lo menos posible y logra que la discreción del otoño no se cargue de melancolía y vaguedad, sino que se mantenga en la precisión cartesiana del calendario: la «rentrée» es una fecha impávida; es, incluso, una operación de tráfico.

Toda esta impavidez cronológica se duplica cuando un país vive en un sistema de autoridad personalísima. Así en este año, en que después del susto patológico del general Franco su «rentrée» tiene un valor institucional y constituyente, nuestro sistema tiene contenido de diagnóstico médico. En él suenan como elementos de análisis y chequeo: «La Zapa-teira»; la pelota de golf; Max Borrell; kilos perdidos o ganados; salmones del Narcea.

Muchas veces he meditado sobre la ligereza y aun frivolidad con que se dejó perder la claridad y justeza de la nomenclatura clásica y humanística: la democracia, la aristocracia, la tiranía, la dictadura. «Yo me coloco siempre del lado del tirano», solía decir Eugenio .d´Ors con escándalo de sus oyentes que creían que era cinismo lo que, en definitiva, no era más que una «boutade» y una instalación jurídica. La «tiranía», con sus supuestos matices de crueldad o desprecio de la persona, mantenía su contenido de eficacia expeditiva que nada tiene que ver con ningún horror sanguinario. Por eso Mussolini o Primo de Rivera se negaban a admitir la condición de «dictadores», rótulo deshumanizado puesto en circulación por los escribas de Julio César, que se quedaban deslumbrados al ver cómo el jefe podra dictar en su carroza de viaje dos textos diferentes a dos secretarios que se acurrucaban con tabletas y punzones a los píes de] César. En toda operación de escritorio hay siempre uno que dicta y otro que copia. Los dictadores modernos se zafan de esa designación política refugiándose en la cirugía de la operación llamada «cesárea», que saca los niños vivos del vientre de la madre. De este modo quirúrgico nació César y el pueblo reservó esta denominación la «desafea» para la intervención u operación que hace nacer nuevos ciudadanos para el Imperio como quien le saca «1 hueso a un melocotón.

Pero de toda esa intrepidez ginecológica el impaciente. Caudillo español es el que ha ido más lejos. No podrá entenderse nunca cómo el mayestático país federal y archipoderoso —Norteamérica— ha armado tan grande vocerío puritano por esas leves incorrecciones electorales por causa del cual secretarios, consejeros y mecanógrafas caen cada día como brevas maduras en las penitenciarías del Estado. A nosotros —¡herederos de la Inquisición!— no nos es fácil entender esa convicción cuáquera de que robar votos en una elección presidencial sea más grave que robar gallinas en el corral del vecino. Guardamos una cierta sonrisa picaresca, para esas valoraciones casi místicas de la pureza electoral, cuando estamos tan bien avenidos con nuestros «watergatitos» de salón, con sus plomeros asaltantes para instalar chivatos radiofónicos: cuando hace siglos que nuestras mujeres habían ya inventado eso de mirar por el ojo de la cerradura o escuchar por las rendijas de la puerta logrando así completas informaciones de nuestros «water-gates» conyugales.

Pero ahora, en esta reanudación de la vida otoñal, nos sentimos asaltados de dubitaciones. El general Franco ha puesto en rodaje casi toda la maquinaria técnica del trance sucesorio. La acumulación de hechos esperados e inesperados le han permitido montar eso que en teatro se llama un ensayo general con todo: designación del sucesor; nombramiento

de un «premier»; luego, asesinado éste, tramitación de la «terna». En seguida, enfermedad de Franco y la suplencia a cargo del sucesor; todo tan geométricamente que más se parecía a la tersura de un encerado escolar que no a las abruptas rugosidades de la vida real y política. La máxima originalidad intuitiva que Franco había consentido insuflar en su fórmula sucesoria consiste en la incorporación a ella de la eficacia real de todo el peso histórico de la Institución. Esta ha traspasado a la Ley esa previa agilidad a cargo del patriotismo nato, de la lealtad asegurada, del real y cierto propósito de ser «para todos». Parecía la fórmula más eficaz de sucesión, pero además era «su» fórmula. Otra vez reaparecía el Jefe fundiendo en la misma emoción patriotismo y personalidad.

Si se aplica con finura el oído oiremos la marea creciente de un 20 por 100 de adultos empujada por un 80 por 100 de jóvenes. Afilando todavía más el oído hasta se podría adelantar como un principio de encuesta o de recuento: ¿Dispuestos a la continuidad inmovilizada del sistema?: «ni uno». ¿Socialistas?: "«casi todos». (En cualquier caso entendiendo por socialismo una preocupación prioritaria de la justicia social.) Nuestras palabras van a ser remoldeadas por nuestros, hijos. Estas que digo y otras muchas: así Europa ; así democracia; así libertad.

Fue el mayor de los dislates aquel que dejó «por el mundo, menos por España», como decían hace unos años los pasaportes rusos, a Don Juan de Borbón; agobiado, además, por la caricatura, casi por la calumnia bastantes veces. Fue temeridad dejar al desgaire por el planeta una leyenda demagógica y una leyenda personal que cualquier día podían encontrarse por los caminos universales y peligrosos de la oposición. Esto no ha ocurrido gracias a ese patriotismo visceral de los Reyes a que antes aludíamos, y florecido en el alma y los labios de Don Juan en maravillas de silencio, de olvido y de amor. También de prudencia: «No levantaré nunca bandera contra mi hijo.» «Desearía que los que me escuchan ayuden a hacer evolucionar la Monarquía hacia una amplitud que conecte con el sentido social.»

Yo, como casi todos los españoles, he rezado estos días por la salud del Generalísimo, pero sin involucrar mi oración con ninguna otra palabra temporal o política.

José María PEMAN

De la real Academia Española

 

< Volver