Autor: Pemán Pemartín, José María. 
   Conversación con mi amigo el banquero     
 
 ABC.    10/10/1959.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

DIARIO ILUSTRATIVO DE INFORMACIÓN GENERAL

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FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

CONVERSACION CON MI AMIGO EL BANQUERO

M E gustaba hablar con

mi amigo el banquero por lo mismo de que no entendía casi nada de lo que me decía. El decía que así debía de ser. Hay materias de las que es peligroso que el vulgo entienda. Así; la Medicina. Es preciso que el médico entienda mucho de enfermos; pero no conviene que los enfermos" entiendan, mucho de medicina. Este sabe que siempre es medio saber—se resuelve en una gigantesca aprensión casi supersticiosa. El enfermo le dicta al médico sus recetas; pide medicinas como pide en el estanco el tabaco que Te gusta; casi siempre, cuando el médico llega, se ha puesto ya él, por su propia iniciativa, la penicilina. Los específicos van acompañados de unos papelitos semicientíficos tan incitantes que han difundido una vaga ilustración médica. La gente toma sedantes como se hace socialista o va al circo o se apunta en una peregrinación: a fuerza de octavillas.

De aquí el renacido prestigio de los curanderos. Son los únicos que conservan algo de sorpresa y milagro. El enfermo se sabe ya de memoria los antibióticos y las aspirinas. Y agradece que aquel tipo le recete un poco de tierra mezclada con sangre de ratón.

Algo de eso está pasando—según mi amigo banquero con las finanzas. Se medio entiende demasiado de ellas. Hay palabras corno la inflación, la estabilización o la liberalización que tienen el curso fácil e indocumentado de la aseptisemia o el Sarcoma. Hay aprensiones generales y colectivas, como en las epidemias. Cada uno se receta sus penicilinas. Se pasa por momentos en que hasta parece de mal tono no estar asustado. Más que el dinero falta la confianza. El dinero tiene la sospecha, no. del todo infundada, de que, en definitiva, todos van por él. y cuando 1e dicen acariciantes: ´´ven aquí, que ti doy un plazo de perdón, de exención de impuestos" lo que esta, lo primero que se le ocurre es: "no voy, por si acaso". Todos saben ya demasiado, y el dinero ha adquirido psicología de mujer guapa que, úsese el tono que se use, sospecha lo que quiere todo el que se le acerca. Para mi amigo el banquero, falta esa entrega confiada que es la base del mundo económico. El tono perfecto de relación entre el cliente y el financiero es el del patrón y la secretaría. La secretaria ha de ser una entrega silenciosa y fiduciaria medio enamorada del patrón. El crédito en su palabra ha de ser ilimitado. Cuando el patrón se pasea dictando, la secretaria ha de estar en éxtasis dispuesta a no entender nada de las palabras que en el éxtasis oye. Cuando oye "transparencia" en vez de

"transferencia", lo útil es que lo escriba así con la fe de un novicio inocente: "¡Cuando el patrón lo dice!" Mi amigo, cuando toma secretaria nueva, suele, como prueba, dictar, en su primera carta, que giren tantas pesetas a la "cuenta corriente de don Pedro el Cruel". Cuando la secretaria escribe esto, sin pestañear, la da por útil.

Pero ya va habiendo poca gente que conserve su fe de carbonero en la cuenta corriente de don Pedro el Cruel. El mundo va perdiendo su entrega estática de secretaria rubia. Retira su crédito como se lo retiran a él. Y esto, según mi amigo, proviene de que falla en el mundo de las finanzas la pieza maestra la ética que sostenía todo su equilibrio. No suele tenerse idea bien clara dé que el capitalismo, tan vituperado de ordinario, fué originariamente una forma d: moral. Fuá hijo directo del puritanismo sajón. La tabla de consejos que redactó Franklin para el hombre de negocios es casi una reedición, ligeramente más circunstanciada, del cetecismo de Ripalda. Las ventanillas de los primeros Bancos de tipo , capitalista, purificadores de picardías florentinas, tenían sustancia casi de confesonario.

En ellos se consumaban actos morales. Y el´"pagare" y la fuma no eran si no realizaciones formalistas y puritanas de las viejas actitudes caballerescas de la promesa, la palabra y el juramento.

Pero toda esta especie cíe sistema planetario donde el "honor" realizaba funciones de gravitación está empezando a resquebrajarse y a entrar en un, mundo de relatividad. Era un mundo peligroso e inestable, por laico y falto de trascendencia, y estaba a merced de la cuantía de la tentación. Era casto corno lo es un hombre frente a una mujer fea: y está revisando sus actitudes porque, de pronto, la química del tocador está haciendo bellas y jóvenes todas las mujeres.

Mi amigo banquero, que vive en : la almendra y centro del mundo económico,

sabe de la caída en picado de muchos gestos enfáticos de ayes. La novela picaresca empieza a hacerse con protagonistas de los libros de caballería. Guzmán de Alfárache le eseña trucos a Amadís. Y Pedro Crespo regaletsa con el capitán violador una moderada indemnización... ¿Por qué? Porque ese mundillo capitalista y financiero era una construcción de exterioridades y papeles. Imitaba al mundo caballeresco, pero no tenía su sustancia. Le "protestan" muchas letras ,porque de pronto el papel ha adquirido conciencia de su fragilidad. Ha perdido su solemnidad temerosa. El cliente; ha sospechado que una letra protestada es como "un toro protestado". Cinco, minutos de escándalo, y sigue la corrida.

Mi amigó banquero, que, como buen financiero a la americana, cumplía su obligación de "haberse hecho a sí mismo", me contaba cómo en sus principios vió plásticamente la valoración económica que tiene el honor puritano del negocio. Iba él todas las mañanas a misa. A la salida había ,un hombre que vendía periódicos. Generalmente, cuando él salía, se había retirado a un bar cercano a tomar café. Dejaba sus, diarios solos, en grandes montones, y los fieles que salían del templo arrojaban una monedados reales ayer una peseta luego; una cincuenta más tarde sobre el montón de diarios y se llevaban el que preferían.

Hasta que una mañana vio que había un montón nuevo Había salido una revista flamante, de costosa presentación: papal "cuché", colores, señoritas rubias, paisajes nórdicos. Costaba doce pesetas. Mi amigo vivía entonces, una vida estrecha y miserable. No pudo aquella mañana oír misa con tranquilidad. ¿Y si él se llevara al salir la preciosa revista? No disponía de las doce pesetas. El vendedór, cuando él saliera, se habría ido a tomar café empezaba a fabricarse pequeñas teorías socialistas para justificar su planeado ladrocinio. Pero cuando salió, vió que el vendedor estaba aquella mañana, apoyado sobre el solecito de la pared, en medio de su mercancía, bebiendo su taza de café con churros que se había hecho traer del bar de la esquina. Mi amigo compró su diario. Y divagó con el comprador, ;Por qué desayunaba hoy al aire libre? ¿No se le enfriaba el cafe?... Pero el vendedor guiñó cautamente hacia la provocativa revista nueva, tentadora como una muchacha con sus colorines y su suavidad satinada, y sentenció:

¿Sabe usted?...La moral está a doce pesetas.

José María PEMAN

 

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