Autor: Pemán Pemartín, José María. 
   El Séneca acompaña al Dios Chico     
 
 ABC.    28/05/1960.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 20. 

DIARIO ILUS-TRADO DE INFORMACIÓN GENERAL

ABC

DIARIO ILUSTRADO DE INF O R M A C I O N G E N E R A L

FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

EL «SÉNECA» ACOMPAÑA AL «DIOS CHICO»

QUIERE ustéd llevar un farol. D. José?

Se trataba de uno de los cuatro faroles que, en las cuatro esquinas del palio, debían acompañar al párroco que iba a llevar en procesión el Santísimo a los impedidos. Tomé mi farol, Y miré a mi lado: mi pareja era el "Séneca". Iba vestido de negro; con ese traje para bautizo, boda, entierro y procesión, que no logra, con "sus colgantes pliegues excesivos, borrar la línea airosa y popular de los campesinos. Claro que como el campesino está bien del todo es cuando conserva al aire su triple y armónica distribución: camisa, faja y pantalón. Con chaqueta larga está como las columnas de la Parroquia cuando les ponen encima sus colgaduras de terciopelo. Más lujo, pero menos garbo.

Sin embargo, él "Séneca" no llegaba a la cursilería, porque no se había puesto corbata. La corbata es el peligro de todo gusto no formado. El "Séneca" no se, la pone nunca, porque dice: "Yo conozco los vallados de mi ranchito." En todo caso, se la ha puesto alguna vez, el día de Corpus. Pero el "Dios Chico", la procesión, de los impedidos, es más familiar: es Dios callejeando, entrando y saliendo por las casas. Dios a la mano. Tanto que ir con un farol, acompañándole, es una operación llena de filosofía social. Se mete uno por los entresijos de la ciudad: de interior en interior. Estos pueblos andaluces son pueblos venidos a más por fuera máquinas, instituciones, silos, emparedados, jardines y "venidos a menos" por dentro. Para recibir al Señor, cada casa saca nostalgias pretéritas. Nadie sospechaba que Frasquito, "el Lobo" tenía aquella colcha; ni doña Asunción, la viuda, aquella cómoda imperio. Como el rubor a la cara, les salen a" las escaleras y las ventanas restos casi cortesanos. Don Paco, que apenas malvive, se está muriendo en una cama custodiada por dos temerosos dragones de caoba. Debajo de la ciudad dicen que hay otra romana. Pero "dentro", mezclada con ella y metida por sus venas, hay toda una ciudad isabelina; con otro criterio estético y señoril de la vida. Huele a aceite y ajo en la salita con cornucopias y butacas de peluche.

El cura parece. que va siendo ganado por la familiaridad de aquel visiteo. Delante del palio vari los niños de Martínez, que hizo una fortunita vendiendo sobre las tasas, regando el suelo con pétalos de rosas que llevan en unas bandejas de plata. El cura mezcla el "Pange lingua". con menudas advertencias domésticas:

—Niño..., no vayas a olvidarte de devolver la bandeja a la sacristía. Entramos en el cuarto de "Manolito, el mambís", que está hemipléjico. Le llaman así porque fue insurrecto en Cuba. Hacía - veinte años que no confesaba, porque lo había, ido dejando de un día para otro. Tenía su difusa teología. Guando el cura le preguntó dónde estaba Dios, le contestó muy bien: "Como estar, está en todas partes, Ahora, como

parar mayormente, para en las iglesias"... Este Manolito no había encontrado, a última hora, flores para ponerlas en su mesa de tresillo, improvisada en altar. Entonces, había colocado, abierto, su tarrito de agua de Colonia "Lavanda". Había hecho, con su tartajeo hemipléjico, su exégesis espiritualista: "Porque al Señor lo que le importa es el buen olor. Sin fijarse de donde viene;"

Ya en la calle, el "Séneca" se extrañó:

—¿Pero entramos en casa de la Marquesa?

En el pueblo hay una sola marquesa, como hay una sola librería: lujos. Uno no iba preparado para, que la humilde procesión del "Dios Chico" entrara en casa tan principal. A la marquesa, cuando tiene el lumbago, le llevan la comunión temprano, en una bolsita de raso y oro. Pero la enferma era."la Tata": la criada antigua de noventa y seis años. El "Dios Chico" debe agradecer esas iniciativas e ingeniosidades con que cada persona, para recibirle, inventa sus protocolos. A "la Tata", que es casi un pedazo de carne incongruente, la habían bajado; en una silla, a la sala principal Allí tuvo el Señor capilla isabelina a todo lujo. Sirvió de altar una consola de retorcidas y áureas líneas; y sobre ella el mantel de los doce cubiertos. En ,1a pared había un cuadro vuelto del revés. El "Séneca", que había entrado alguna vez en la sala, en tiempo del difunto marqués, para venderle panizo, me explicó que esto era porque el cuadro tenía "ninfas". A "la Tata" la habían colocado en la mejor butaca de la sala. La marquesa, muy social—demócrata—, estaba al lado en un reclinatorio con bolitas, atendiéndola. Tenía preparado un vaso de agua por si se atoraba la hemipléjica. La cual al ir a recibir, emitió confusamente "esta frase disciplinada y enternecedora

—Con su permiso, señora marquesa.

Y aquel día me enteré de que estaba grave "El Chirují". Era un revoltijo ,de aceitunas y azabaches—cara y rizos—en la cama blanquísima. Estaba en el agujero , más pobre que habíamos visitado,

pero tampoco era "tremendista". ´ Como la familiaridad iba ganando el ambiente procesional, el "Séneca" me explicaba, bajito, de farol a farol:

"El Chirují" no ha trabajado nunca. De muchachos íbamos, una vez, por el campo en un día de helada. Nos encontramos una azada, y yo le dije: "¿Y si caváramos un poco, para calentarnos?" Pareció resignarse, y ya se había escupido en las palmas de las manos para agarrar la azada, cuando se le ocurrió: "Oye, "Séneca", ¿y si quemáramos el mango e, hiciéramos una candela?" Hace poco todavía se quiso colocar de peón en la Base de Rota, porque le habían dicho que allí lo hacían todo las máquinas. Pero el trabajo único que había era unas zanjas que tenían que abrir, y le dieron también una azada como en cualquier huerta antañona. Empezó a mirarla por todos lados. "¿Qué´miras, "Chiruji?" —"Le estoy buscando el enchufe." Los tambores procesionales empezaron a sonar de otro modo, porque salíamos de las calles al campo. El "Séneca" me suministraba las últimas noticias del gitano :

—Era bueno y el "Dios Chico" tenía que echarle una mano. Todos los Viernes Santos iba a besarle los pies al Cristo de la Misericordia que ponen, tendido en el suelo, en los Capuchinos. Yo lo veía llegar con los ojos húmedos. Se hincaba, lo abrazaba estrechamente y le decía: "Padre mío, Jesús... ¡"pa" "to" el año!"

Habíamos salido a la barriada de viviendas protegidas, un poco en las afueras. Ahora el sol brillaba de otro modo sobre el oro de los ornamentos. Todo parecía haberse vuelto más actualista, como la casa donde entrábamos: limpia, impersonal, funcional. El enfermo era un empleado del Seguro.Aquí no había colcha antigua que colgar, ni consola de caoba para el altarcito. No había pasado. El "Dios Chico "se colocó sobre una mesita de cristal y tubos de cromo. Pero se le veía contentó también en aquella desnuda limpieza, vuelta hacia el futuro. Sino que... ¿cómo recibirle dignamente? Pero la ternura se las ingeniaba con lo único que tenían. Ni colcha, ni flores, ni restos isabelinos. Los ojos del enfermo se desvivían por las desnudas paredes urgentes y administrativas. Al fin encontró. —Pili, niña: pon la radio.

giraron un botoncito. En seguida Juanita Reina empezó a cantar un romance i en el que intervenían varios caballos y dos o tres mocitas.

Algunos miraron la inquietud del cura. Pero esté interrumpió, un momento, su latín, y dijo: —No importa, no importa...

Y entonces el "Séneca" me dijo al oído una de esas cosas, entre teológicas y poéticas, que a veces se le ocurren:

—Tiene razón... Porque lo único que importa es que nada se quede fuera de este asunto de Dios.

José María PEMAN

de la Real Academia Española

 

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