Autor: García, P. Félix. 
   Y de los exámenes, ¿qué?     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 8. 

DIARIO ILUSTRADO DE INFORMACIÓN GENERAL

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FUNDADO EN 1905 POR DON "TORCUATO LUCA DÉ TENA

Y DE LOS EXAMENES, ¿QUE?

PUES que siguen constituyendo un seno problema, sometido a juicios contradictorios, ya que no es fácil que puedan complacer ni a examinadores ni a examinandos por las deficiencias indudables que el sistema presupone, pues en la forma en que se realizan los exámenes no pueden servir para comprobar adecuadamente ni lo que ignora ni lo que sabe el alumno, que, hecho una lástima, nervioso ´o desaprensivo—que de todo hay—, se acerca al tribunal con aire de reo o de pájaro atolondrado para dar cuenta de su saber recogido a marchas forzadas a lo largo de un curso más o menos logrado. El muchacho llega a formarse conciencia de que estudia, no para saber o para cultivarse, sino para examinarse y responder, como pueda, a unos señores muy serios que le van a preguntar unas cosas raras y a averiguar, no lo que ha aprendido, sino lo que no sabe. Es lógico, pues, que el examen resulta en principio, ingrato y escasamente eficaz.

A cada vuelta del penoso junio se, replantea con el calor propio de la estación y con renovados argumentos encontrados el tema, arduo sin duda, de los exámenes, que implican una serie de cuestiones adyacentes, riada fáciles de resolver con procedimientos simplistas , y aleatorios. El sistema de exámenes, como se, practica de ordinario, es deficienta y expuesto a no pocos errores. Y, desde luego, inadecuado para poder comprobar en el plazo de unas horas, nada propicias a la serenidad y al discurso, la preparación y la capacidad ce los examinandos, que, por el apuro de las circunstancias, más que ideas llevan un caos o un amontonamiento de cosas encontradas en su cabeza grávida de confusiones.

Los exámenes al.uso—y digamos también que las oposiciones—tienen más de agotadores y depresivos que de estimulantes, mas de lucha circense que de agora y academia. Para los examinadores, que sufren también las consecuencias del sistema, constituye, una prueba tan ingrata como para los alumnos. No son censurables, por lo general, los examinadores, injustamente satirizados, en cierta literatura cazurra y de sal gorda, come si se complacieran en demostrar a los muchachos la amplitud de su ignorancia. No; lo recusable es el sistema.

Pero claro es que mientras no se invente otro procedimiento más eficaz y expeditivo para calibrar el saber almacenado por estudiantes y opositores en horas pertinaces en las que alternan el desánimo / la esperanza, y sin duda tambien el cansancio y la pereza, habrá que atenerse al ya adoptado, sin visos de modificaciones inmediatas, y seguir la senda de sustos y de sacrificios que han seguido tantos sabios y tantos derrotados que en el mundo han sido.

Todos sabemos por una experiencia más o menos dura que sufrir la prueba del examen constituye una pesadilla, y que, pasada la prueba, se contemplan con cierto espanto y aversión el rimero considerable de textos, maltratados, que se arrinconan .como despojos inservibles de una batalla incruenta. Un alumno, a no ser un fresco—que de todo hay, y en abundancia—; va- al examen descompensado y con no pocos puntos en contra. Y es difícil que pueda reflejar en unas horas atropelladas el fruto recogido durante varios meses de laboreo. Si los examinadores humanizan la prueba y estimulan al alumno, el sistemá, cualquiera que sea, resultará eficaz y aceptable, sea positivo o negativo el resultado. Si los examinadores, en cambio, más .que probar a! alumno, lo que tratan es de sorprenderles preguntándoles, por .ejemplo, cuántos artejos hay en las patas de un grillo o de qué ojo era tuerta la princesa de Eboli, entonces cualquier sistema resultará positivamente malo.

Claro es que en este asunto de los exámenes hay que tener en cuenta -un factor fundamental, qué es la clave de los mismos, y es el profesor. El alumno será lo que sea el profesor, en general. Un profesor con vocación, con abnegada constancia, sabrá sacar de las piedras hijos de Abraham. En cambio, el profesor desganado, sin pericia ni disposición, convertirá su clase en semillero de suspensos y hará del suspenso un arma supletoria de su inutilidad. No hay que olvidar, por otra parte, que al, profesor que ha de explicar un texto con el pie forzado de los exámenes, se le resta iniciativa y eficacia en su labor, pedagógica. Pero no cabe duda que, en definitiva, lo que cebe prevalecer, en el examen es el juicio objetivo, independiente, ponderado, del profesor, que es el que más de cerca—supuesta siempre, su capacidad—puede apreciar la labor y el grado de capacitación del alumno.

ios exámenes, además—y ésta es la tragedia, vulgar si se quiere, peró tragedia—; la padecen las familias más que el zángano o el avispado que ha de pasar la prueba. Como padecen también el curso, que, con el aspirante al bachillerato, siguen puntualmente la mamá y la hermana mayor y el novio de la otra hermana y el tío, que es ingeniero; y que entre todos no bastan para hacer los ejercicios y repasar las lecciones del alumno aprovechado. ¡Y cuántos sacrificios.´ y. disgustos y veraneos frustrados a cuenta de los suspensos—merecidos sin duda—del "pollo" que "suspendió" en latín,´ ese caballo de batalla del latín, que dicen que "da cultura", y lo que da es quebraderos de cabeza! Yo opino—aunque mi opinión no tenga importancia alguna—que el latín y el griego, en el bachillerato, debieran ser potestativos. Para la inmensa mayoría • de los alumnos es perfectamente inútil y no les queda de esas ilustres humanidades del latín y el griego—admirables instrumentos de cultura—más que aversión y empacho. ´Se comprende e! valor humanístico del latín y el griego--fuera del área de lo eclesiástico—en esa dilatada y acendrada cultura de Pérez de Ayala, por ejemplo, o en ese logrado y minucioso ensayo "La curación por la palabra", de! Pedro Laín Entralgo. Pero ¿cuántos son los que después de aprobar malamente el latín y el griego vuelven a saludarlo en la vida ni los echan de menos en su cultivada ignorancia?

¡Ah! Pero tenemos el tópico ese del´ acceso a la cultura y lo de "hacerse una carrerita" y lo de "prepararse para la vida", .que fuerza cada día a engrosar esa masa considerable de "estudiosos", con detrimento indudable de la artesanía, de la labranza, del pastoreo. Y es que muchos padres de familia se desviven por que el niño y la niña consigan, "aunque no sea más", el grado de bachiller, "que para algo valdrá". Pero luego, tardíamente, pueden comprobar que, solo, no les sirve para nada; a lo sumo para recordar más tarde sus tiempos de bachiller y contar alguna anécdotas del profesor, de Física, que tenía una verruga en la variante derecha de la nariz, o de la madre Maravillas, "que no dejaba vivir a las dé sexto curso con sus monsergas".

El sistema de exámenes y ´oposiciones no cabe duda que debiera reformarse. Pero mientras eso—que piden todos—no se lleve a cabo habrá que resignarse y seguir tirando.

P. Félix GARCÍA

 

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