Autor: Llovet Sánchez, Enrique. 
   La organización de la utopía: El Consejo de Europa     
 
 ABC.    06/11/1959.  Página: 39-40. Páginas: 2. Párrafos: 9. 

LA ORGANIZACIÓN DE LA UTOPIA: EL «CONSEJO DE EUROPA»

El nombre es rimbombante. El organismo es bello, ambicioso y, por el momento, muy poco eficaz. El "Consejo de Europa" es la expresión contemporánea, de las filosóficas y temblorosas ilusiones de Sully y de Kant, dramatizadas por las dos últimas guerras. Entre ambas, el conde Richard CoudenhoveKallergi fundó el primer movimiento pro "Unión paneuropea" y Briand envió a los miembros de la "Sociedad de las Naciones" un famoso memorándum proponiendo la "Unión federal de Europa". En plena guerra, Winston Churchill escribió un día en una nota al "Gabinete de guerra" estas líneas, henchidas de coraje político: Por duro que parezca decir esto ahora, creo que la familia europea debe actuar unida bajo un "Consejo de Europa". No era una idea sin madurar. Churchill insistió en ella y un, grupo de hombres representativos le siguió con entusiasmo. Nacieron el "Consejo francés pro unidad de ,Europa" de Raoul Dautry, la "Unión europea de federalistas" de Brugmans, la "Liga económica de cooperación europea" de Van Zeeland, los "Nuevos equipos internacionales" de Bichet y Schryver, el "Movimiento socialista por los Estados Unidos de Europa" de André Philip y, en fin, como un organismo integrador de todos ellos, el "Movimiento europeo", que logró reunir en La Haya, en 1948, un Congreso, presidido por Charchíll, al que asistieron 713 delegados de 16 países. Un año después, el 5 de mayo de 1949, se firmaba en Londres el Estatuto del "Consejo de Europa". Entraban a formar parte los miembros del "Tratado de Bruselas—Francia, Inglaterra, Bélgica, Holanda y Luxemburgo—, más Noruega, Suecia, Dinamarca, Irlanda e Italia. Diez países, ampliados hoy a 14 con la presencia de Grecia, Islandia,. Alemania y Turquía. Intelectualmente, los Estados miembros del "Consejo de Europa"— o, al menos, gran número de sus hombres más representativos—estaban convencidos de que las responsabilidades clásicas de un Gobierno —la seguridad militar, económica y social de sus pueblos—no dependía ya, casi exclusivamente, de una acción política interna, sino que .estaban determinadas, terriblemente determinadas, por acontecimientos que, por producirse fuera de las fronteras, escapaban a la dirección nacional. Ningún país está seguro si está militarmente solo; ninguna economía es sana si hay crisis en cualquier parte del mundo; ningún proyecto de protección social puede soportar, en un clima de autarquía, los gastos de la investigación científica de nuestro tiempo. La interdependencia de los pueblos es tan evidente que ya no basta con no reñir; es necesario cooperar. Por supuesto que la cooperación internacional se presta a innumerables grados y matices. Un grupo regional tiene siempre un repertorio de problemas característicos y diferenciales. Las organizaciones mundiales necesitan, hoy por hoy, ir acompañadas por otras más precisas en su campo operatorio: Europa, África o América. Esta tarea de poner las fuerzas en comunidad no se realiza sin vencer tremendas resistencias pasionales, rencores históricos, ambiciones de "campanario". El mejor "hallazgo" político de los constructores del "Consejo de Europa" es la "Asamblea". Todas las organizaciones internacionales están formadas por representantes de los Gobiernos. El "Consejo de Europa" añade a eso un elemento parlamentario que actúa en nombre de la opinión pública, sin comprometer más que la posición individual de los oradores.

El texto del estatuto del "Consejo de Europa" consta de cuarenta y dos artículos, varias veces retocados.

"El fin del "Consejo de Europa" es realizar la mayor unidad entre sus miembros para salvaguardar y promover los ideales y principios que son su herencia común, y facilitar el progreso económico y social."

En la práctica, la "Declaración" de los primeros firmantes definía el "estatuto" como una "Carta" de establecimiento de un "Comité de ministros" y una "Asamblea consultiva" que, juntos, formarían el "Consejo de Europa". De estos dos cuerpos el "Comité de ministres" debe encargarse de estudiar lo cooperación .entre los Gobiernos, y la "Asamblea consultiva" debe ser un resonador de las aspiraciones de los pueblos de Europa, un canal de comunicacion entre los gobernantes y la opinión pública continental.

Se comprende que la pieza más delicada del "Consejo de Europa" sea la "Asamblea consultiva". El "Comité de ministro es de funcionamiento clásico: lo forman los ministros de Asuntos Exteriores de los paises miembros o sus delegados, se reúnen obligatoriamente una vez al aña -y adopta sus decisiones por unanimidad. La "Asamblea consultiva" se compone de ciento treinta y dos "diputados" designadas por los Parlamentos nacionales, según unos porcentajes que conceden dieciocho representantes a Francia, Alemania, Inglaterra e Italia; diez, a Turquía; siete, a Belgica, Grecia y Holanda; cinco, a Dinamarca y Noruega; cuatro, a Irlanda; tres, a Islandía, el Sarre y Luxemburgo. En la sede del "Consejo de Europa", Estrasburgo, funciona un "secretariado" que se ocupa de las tareas burocráticas de la organización

Antes de juzgar la obra del "Consejo de Europa" conviene-reducir a la esfera de "lo posible" aquella euforia idealista de loa hombres que lo impulsaron. Si la misión del "Consejo de Europa" era confederar o federar una estructura europea bajo "una autoridad política coa funciones limitadas y poderes reales", el "Consejo" ha fracasado. Si la misión se considera como exploradora, el juicio debe ser mas suave. El. "Consejo de Europa" intenta muchas cosas y consigue muy pocas. La "Asamblea consultiva" arbitra proyecto tras proyecto con una falta de sentido político práctico que es escalofriante. Pero el "Consejo de ministros" también exagera en su empeño de encontrar solo el lado impracticable de las resoluciones.

¿Qué puede ponerse en el "haber" del "Consejo de Europa"? Una convención sobre los "Derechos del hombre" que garantiza la libertad de doscientos sesenta millones de europeos; dos acuerdos sobre seguridad social; una convención sobre asistencia médica; ,dos convenios culturales; dos acuerdos sobre patentes y marcas; una convención sobre el libre establecimiento de las personas.

Todo eso pudo hacerse sin necesidad de crear un nuevo organismo. Lo que no hubiese podido hacerse es dar respaldo político al trabajo de los técnicos, vencer las inercias de la Administración, persuadir, criticar, insistir, crear un clima de atención. Esa es la obra de la "Asamblea consultiva". No basta con decir que la complejidad del mundo moderno ha sustituido el acuerdo "bilateral" por el acuerdo´ "multilateral". Hay algo más. El proceso democrático del mundo aumenta cada día el interés de las gentes por los asuntos internacionales. Aquellos ministros de Asuntos Exteriores, enigmáticos y comilones, tienen poco que hacer hoy frente a las cámaras de la televisión. Si a los seres humanos se les dice, a todas horas; que pueden ser destruidos en bloque y sin remisión, es natural que quieran saber por qué. La reserva al poder ejecutivo de las relaciones1 internacionales ha disminuido, tradicionalmente, el control del poder legislativo. Probablemente la "Asamblea consultiva" del "Consejo de Europa" constituye la primera reacción jurídica del mundo ´moderno contra un exclusivismo peligroso. Un germen de poder legislativo internacional se alza frente a un germen de poder ejecutivo internacional. De acuerdo con los términos dél "Estatuto", la "Asamblea consultiva" estaba subordinada al "Consejo de Ministros". La relación de fuerzas ha cambiado en estos años, La "Asamblea" recibe informes, los ministros "se explican", y piden ayuda y, en fin, el ejemplo se ha transmitido ya a las organizaciones europeas posteriores. La Asamblea consultiva" es un hallazgo jurídico y político de primer orden. Si su obra no tiene aún fuerza ejecutiva, bastante es ya con que esos parlamentarios impregnen de europeismo a los congresos y diputaciones de que proceden. Así, la primitiva idea de la Federación, tan ambiciosa como prematura, ha ido sustituyéndose, poco a poco, por la idea de la "armonización". El "Consejo de Europa" no ha suprimido las fronteras, pero sí los visados. Es un método este que no hiere las pudibundeces nacionalistas, pero prepara una actitud mental—el famoso "espíritu europeo"— que ha conseguido que sean aceptadas con naturalidad ¡medidas de "cooperación" que hubiesen escandalizado hace cincuenta años a la inmensa mayoría: de la opinión pública.

Una institución internacional no tiene hoy bastante fuerza como para arrancar a los Estados la soberanía que tan celosamente defienden, y alzarse sobre ellos en nombre de la inexistente supranacionalidad. Los participantes en una reunión, consejo, comité o conferencia son, por el momento, simples "delegados" de sus Gobiernos. El "Consejo de Europa" no es una excepción. Si ha defraudado—especialmente a las juventudes—ha sido, más que nada, por la enorme hinchazón del proyecto inicial. Aquellos temblores de la posguerra, cargados de resonancias catastróficas, han ido serenándose y desapareciendo. El miedo se ha alejado. Serla muy grave decir que sólo una catástrofe puede decidir la unión de los supervivientes. Pero sería desconocer una elemental ley política ignorar que las agrupaciones humanas sólo se aprietan en razón a la presión ejercida sobre sus fronteras. Europa está presionada económicamente y económicamente se está uniendo, El "Consejo de Europa", en cambio, no avanza más en su camino porque la vanidad europea quiere creer y cree en el uso y disfrute de una libertad política definida aparentemente por sus brillantes y rutinarios signos externos. — Marco POLO.

 

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