Autor: Escudero Martín, Francisco. 
 Los agricultores, sobre el precio del pan. 
 También tienen que hablar     
 
 Arriba.    10/09/1977.  Página: 34. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Los agricultores, sobre el precio del pan

TAMBIÉN TIENEN QUE HABLAR

• Ciento treinta y dos kilos de trigo dan cien de harina • Actualmente el precio de la harina es casi doble

que el del trigo • Una panadería que amase cien kilos de harina produce el mismo beneficio que treinta y

cinco hectáreas sembradas de cereal • En 1963 diez kilos de trigo equivalían al salario mínimo y hoy para

igualarlo hacen falta cuarenta • Los agricultores aspiran a un precio base del trigo de 14,5O pesetas el kilo

Parece ser que ya ha sido fijado el precio del pan. Después de tantas reuniones, consultas, pruebas,

etcétera, es de suponer que éste sea el justo y equitativo. Por mi parte me esforzaré en creerlo asÍ, pues no

entra en mis intenciones discutir este punto, aunque, a fuerza de ser sincero, debo manifestar que, bajo mi

punto de vista, y como agricultor, estoy mas cerca de la postura del señor Garda Pablos que del resto.

Únicamente deseo hacer algunas comparaciones y demostrar con ello el abandono e incomprensión, más

bien desprecio, en que nos vemos sumidos los agricultores. Abandonos que si han sido seculares se han

acentuado en los últimos años, y que ahora, cuando soñábamos se nos atendería un poquito más, vemos

que sucede todo lo contrario.

Se está hablando muchísimo estos días de la necesidad de reestructurar el sector de la panadería, y parece

que ha llegado al convencimiento de todos esta necesidad. Yo, por mí parte, no acabo de comprender qué

fin persiguen con ello. ¿Es verdad que quieren crear empresas grandes con elevadísimas producciones y a

poco costo, con el fin de vender más barato al consumidor, o sencillamente lo que se proponen es

eliminar la competencia y, sabiéndose fuertes, hacer después lo que les venga en gana? Yo no he visto

que después de haber desaparecido un gran número de fábricas de harina ésta haya bajado de precio, ni

que la energía eléctrica nos llegue más harta al quedar en manos de «cuatro grandes», ni el tabaco,

teléfono, carburante... Pienso, más bien, que cuanto más se monopolice una actividad, mayor presión

hemos de aguantar el resto de los ciudadanos.

La rentabilidad de la panadería

Para la comparación que yo quiero hacer dejaremos a un lado las grandes empresas, y tomaremos como

modelo una pequeñita, una de esas que nos dicen son deficitarias. Veamos, pues, una panadería de tipo

familiar en la que únicamente se amase al día una saca de harina (100 kilos). No es que una explotación

familiar no pueda elaborar al día más kilos de pan —que sí puede—, pero es que con este tipo, que ha de

ser de lo más pequeño que exista, tenemos suficiente. Empecemos: En esta panadería se emplean 100

kilos de harina, que, a 18 pesetas con 50 céntimos —ese es el precio que, según he leído en la Prensa, se

le ha señalado a la harina para el presente año—, importan 1.850 pesetas. Los 120 kilos de pan que de

ellos se obtienen, a 40 pesetas el kilo —pongamos números redondos—, dan una cantidad de 5.000

pesetas. Queda, por tanto, una diferencia de 3.150 pesetas, que, si a su vez los dividimos entre los 132

kilos de trigo que se necesitan para obtener esa harina, vemos que nos da un precio de 23 pesetas con 86

céntimos. Casi, casi el doble de lo que nos pagan a nosotros, los agricultores. Si multiplicamos estos 132

kilos de trigo por los 365 días que tiene el año, nos enteramos de que este «pobre panadero», con una

industria deficitaria, ha obtenido, en cierto modo, una cosecha de 48.180 kilos en trigo, que, además,

cobrará prácticamente a doble precio que el agricultor, lo que le proporciona unos ingresos —a deducir

gastos, por supuesto— muy superiores al millón de pesetas.

—¿Cuántos agricultores quedamos en España que no llegamos a esa producción?. Su número sería

incalculable. Y para llegar a ella, ¿cuánta superficie de tierra se necesitaría? Nunca menos de 35

hectáreas, que, solamente a 100.000 pesetas la hectárea, ya nos dan tres millones y medio de pesetas.

Agreguen a éstos lo necesario en aperos o maquinaria, graneros, etcétera, y verán cómo es muy superior

el capital invertido en la labranza que en la panadería, pues todos sabemos que no son necesarios tantos

millones para montar una de estas características. Y los impuestos y gastos de explotación, semilla,

abonos, herbicidas..., y tantos como lleva aparejados la agricultura, ¿no serán superiores también en ésta a

los de aquélla? Además, debemos tener en cuenta que el panadero puede, constantemente, repetir su

dinero, pues vende y cobra todos los días. No así el agricultor, que, forzosamente, ha de esperar un año

para recuperar el dinero adelantado. Y si pensamos en los factores adversos que normalmente inciden en

el proceso de producción, ¿cuál de ambas actividades estará sujeta a mayores calamidades? ¡Para qué

enumerar aquí las que padecemos los agricultores, principalmente de orden climatológico, para los que no

tenemos ni defensa ni cobertura de ninguna clase! Pues ya ven el resultado: a nosotros se nos paga a

mitad de precio que a los panaderos. ¡¡Igualdad de oportunidades!! Así se dice, ¿verdad?

El desfase económico de los agricultores

Decía hace unos días en televisión el señor Villamor —así creo que se llamaba el representante de los

panaderos— que ellos lo único que querían era que se les hiciera justicia. No más que alabanzas merece

esta postura, que es, en un todo, la más noble y digna que se puede adoptar. Creo que se la han hecho con

generosa largueza. Nosotros, los agricultores, en cambio, ni siquiera pedimos que se nos haga justicia. No

es que renunciemos a ella, y pienso que quizá llegue algún día en que nos veamos precisados de exigirla,

empleando para ello todos los medios a nuestro alcance. Pero, hoy por hoy, no la pedimos, pues si tal

pidiéramos, yo, como agricultor que soy, tendría que reclamar que si toda la vida —a excepción de estos

últimos tiempos— un kilo de pan me ha costado poco más de un kilo de trigo, siempre menos de uno y

medio, no me cueste ahora más de tres. Que sí la "puerta" que pongo a la reja de mi arado la compraba

antes con medio kilo, y aún me sobraban unas perras, no necesite ahora dos kilos para adquirirla. Que si

en 1963 —5,94 el precio del trigo— diez kilos equivalían prácticamente al salario mínimo

interprofesional, que entonces era de 60 pesetas, no tenga ahora que desprenderme de 40 kilos para

igualar al de hoy, 480 pesetas. Podríamos seguir hasta el Infinito, pues no hay un solo artículo que no nos

cueste tres o cuatro veces más que antes. ¿O es que alguien cree que para nosotros existe un mercado

especial con precios inferiores al del resto de los españoles?

No pedimos se nos haga justicia, ni siquiera pedimos que se nos conceda «un puesto al sol», y que es a lo

menos que podemos aspirar como seres humanos que somos, aunque yo creo que ya hay sectores de la

sociedad con la conciencia tan traumatizada que no se dan ni cuenta de que lo somos, y que también

tenemos inalienables derechos. Lo único que pedimos al elevar nuestras voces para solicitar que el precio

base del trigo pase de 12 pesetas a 14,50 el kilo, es que no nos bajen a la fosa donde en los últimos lustros

nos han arrojado, una bolsa de oxigeno, un poco de aire para poder respirar y, aunque con dificultades,

evitar la asfixia que por todas partes nos cerca. Nos damos cuenta de la difícil situación económica de

España y nos conformamos con un mínimo vital.

¿Es así como se da cumplimiento a aquella consigna de nuestro Rey cuando decía "que no quería

privilegios para nadie y si justicia para todos"? De verdad que no lo entiendo. Como tampoco puedo

entender, por más que lo intento, qué quiere decir ese artículo que ARRIBA reproduce en su número del

martes, 23, de agosto pasado, en su sección «Voces y Ecos, del "Heraldo de Aragón», y firmado por

Manuel Funes, titulado "Tres presupuestos". Dice este señor —y copio literalmente—, entre otras cosas:

«... y el del FORPA, que canaliza y distribuye en beneficio del agricultor —no agricultura— casi 300.000

millones de pesetas.» Y agrega más adelante: "Con esos cientos de miles de millones que se compren

cosechas enteras al precio que el productor quiere..." Pero, ¡señor! ¿Puede alguien creer que vendamos

nuestras cosechas al precio que queremos...?,

Los agricultores, menos que trabajadores

Dije en una ocasión en este mismo periódico: "Los agricultores somos trabajadores que solamente nos

diferenciamos de los demás en que no cobramos nuestros salarios semanal o mensualmente; lo hacemos

después de haber trabajado todo un año, y previa entrega de nuestros productos, que hemos de llevar a

donde nos ordenan y dejar al precio que nos marquen". Lo que entonces escribí sigue siendo una realidad.

Una dolorosa realidad, pues cada vez que vamos a cobrar nuestro salario —léase vender trigo— no

podemos menos de ir poseídos de cierto temor, pues nunca sabemos exactamente a cuánto va a ascender

nuestro salario, que hemos ganado con nuestro trabajo, pues aunque en verdad no se de con mucha

frecuencia, no es tampoco nada raro que una partida de trigo que hoy bonifican por su buena calidad y

limpieza, en otra ocasión —y siendo el mismo trigo producido en la misma finca— lo desprecien porque,

según nos dicen, no reúne las debidas condiciones. O que un trigo que un jefe de silo no recibe por

considerarlo no apto en otro silo lo recojan sin decir una palabra. Además, y debido a las normas de

recepción que el SENPA tiene establecidas —normas que, sin lugar a dudas, son muy cómodas y

prácticas para el servicio, pero carentes en absoluto de sentido social—, sabemos de antemano que el más

pobre y necesitado, que se ve obligado a cobrar de inmediato su salario, pues con él tiene que atender a

inaplazables necesidades de su hogar, está sentenciado a cobrar el mínimo, pues las bonificaciones que el

SENPA concede parecen reservadas para el más fuerte económicamente.

Tenemos que aguantar también el que nos hagan responsables directos, víctimas propiciatorias, de las

inclemencias del tiempo. Así, el año pasado, en que debido a las lluvias a finales de primavera y

principios de verano se llenaron de malas hierbas los sembrados. Ya no era posible, a esas alturas, echar

herbicidas ni eliminarlas. Tampoco, y por más que nos lo propongamos, podemos, en muchos casos,

separarlas del trigo una vez cosechado éste, ya que no disponemos de los debidos elementos de selección

—además de que nos resultarían inasequibles—. Pues bien, se nos amenaza del SENPA que todo aquel

trigo que sobrepase el 3,5 por 100 de impurezas será dedicado a piensos, y se pagará a 9,50 pesetas el

kilo. ¿Es justo esto? ¡Que por lo que el SENPA nos paga una peseta nos descuente un duro...! Es decir,

que si en 100 kilos llevamos cuatro kilos de semillas —que una vez superadas le valen al fabricante más

que el trigo—, en vez de darnos 1.200 pesetas, valor de los 100 kilos, nos darán solamente 950. ¡Y dice el

señor Funes que vendemos a los precios que queremos...! Si acaso fuera cierto que esto existe —o ha

existido— en España, sería muy interesante y hasta necesario conocer quiénes son los afortunados que

han gozado de tales privilegios. Mucho más tratándose de dineros de un presupuesto, lo que parece

indicar que es dinero de todos los españoles. Si ha habido "trapos sucios", el que los conozca tiene, en

cierto modo, la obligación moral de sacarlos a la luz del día para conocimiento de todos. Pero, por favor,

no nos incluya a los hombres del campo, que en muchos casos no alcanzaremos ni el mínimo vital.

Francisco ESCUDERO MARTÍN

Agricultor de Villarrín de Campos.

(Zamora.)

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