Autor: Pemán Pemartín, José María. 
   El "Séneca" y mr. Bene     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 21. 

DIARIO IUUS-TRADO DE IN-FORMACION GENERAD

DIARIO ILUSTRADO DE INFORMACIÓN GENERAL

FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

EL «SÉNECA» Y MR. BENE

SE acuerda usted José, que le

pasó a Pepe, el Despistado?

—¿El que se caso con. Rosita, la Sosa?,

Sonrió el "Séneca" con malicia y puntualizó :

—Ahí está el cuento, don José: que no "se casó", se "encontró casado" con Rosita; Hacía un ano que Rosita decía que Pepe era su novio. El lo negaba. Pero Rosita puntualizaba: "El río lo sabe; pero somos novios." Y, efectivamente, al año fue a ,1a iglesia y dijo que sí, como se dice cuando le ofrecen a uno una cerveza y uno no quiere desairar.

—¿A qué cuento traes todo esto?

—Para decirle, don José, que, hace unos días, nos ha pasado como a Pepe. Hemos estado en huelga. No lo sabíamos: pero estábamos en huelga. Casi todo el mundo se ha enterado por las "radios" extranjeras. O por los periódicos. Don Luis, el médico, me ha leído en una revista francesa todas las cosas que me pasaron a mí el día aquél. Fue tremendo. Yo no me enteré: pero también Braulio, mi compadre, tuvo un cáncer en el esófago y él no lo sabía.

—Yo no noté nada "Séneca .

—Es que en Andalucía una huelga es uña cosa bastante difícil de notar. Según la Prensa extranjera, la huelga no fue violenta: sino de "brazos caídos", Una mera actuación pasiva para hacer un recuento de fuerzas. Enfrente de mi casa están construyendo un "Banco y yo no noté que los albañiles tuvieran los brazos, más caídos que los demás días, porque casi es imposible. Uno de ellos estuvo con un ladrillo en la mano contándolé a otro el argumento de "El puente sobre e- río Kway". Hasta que no murió el coronel no colocó el ladrillo. Pero esto había ocurrido lo mismo la víspera, sino que le contaba el partido de la Liga con sus dos tiempos y la prórroga.,: Yo creo que si estos albañiles querían hacerse notar para un recuento; equivocaron la táctica. Una "huelga" no era un modo de hacerse notar. Debieron trabajar a ritmo acelerado, levantar aquel día excepcional todo un muro y entonces los dirigentes hubieran comprendido: "Con ésos se cuenta para la revolución."

—Entonces si no es por lo que te han dicho desde fuera...

—No, don José. A mí me pasó una cosa excepcional. Yo "vi" la huelga, porque tuve quien me la explicara. Aquel día. venía de la capital Mr. Bene,, o algo así: el que viene de Londres a comprarme los mostos cara una casa vina-

tera. El tren llegó con tres cuartos de hora de retraso. Mr. Bene bajó con la inquietud pintada en los ojos. Me dijo:

—Es la huelga, ¿no?

—El retraso...—le contesté yo.

Pero Mr. Bene me informó entonces de que estábamos en huelga. Era el día fatídico. El lo sabía por la Prensa de Londres, pero no había podido ya variar el billete. Además lo venía comprobando personalmente. La huelga era pacífica. Había pedido una conferencia telefónica para anunciarme su llegada. Pero le habían dicho que tardaría una hora ¡La huelga! Al cabo de hora y pico la había reclamado repetidas veces. Pero cada vez salía una señorita nueva y distinta que le preguntaba qué quería y que resultaba no tener la más mínima idea de sus peticiones anteriores. La huelga. Al fin, cuando ya estaba tomando el coche para la estaciónale avisaron que su conferencia estaba al habla. Corrió a la cabina. Y le habían puesto en comunicación con una funeraria. Comprendió que la huelga era una organización refinada e implacable.

Mientras me contaba todo esto, un maletero le tomó las maletas. Se las llevó a la vera de un "taxi" y allí las dejó en el suelo. Mr. Bene me miró con estrañeza. Yo comprendí que no era posible defraudarlo. España debe cuidar sus leyendas. Yo nunca le digo a un extranjero que los toros se lidian con estoques de palo. Le expliqué que el maletero había podido traer las maletas porque eso se hace con los "brazos caídos". Lo que no le estaba ya permitido era levantarlos para colocarlas .en la baca del coche. Ya de camino, Mr. Bene me preguntó cómo era que trabajaban los "taxis". Yo bajé la voz y le hice al oído mi revelación:

—Son coches particulares. Sus dueños trabajan hoy como "esquiroles"... Este

que nos lleva es un marqués.

Mr. Bene miró la cara mal afeitada de aquel marqués extraño y me miró a mí. Yo me evadí con esa palabra vaga que todo lo explica: —La crisis...,.¿comprende? Ya en mi escritorio empezamos nuestro "trato". El inglés me preguntó con inquietud si no me ocurriría algo por trabajar en tal dial Yo le expliqué que el trabajo en un pueblo campesino andaluz es una esencia gaseosa e impalpable, dificilísima de definir. Cualquier esquina es oficina y cualquier hora es jornada. Trazar una raya entre la labor y la huelga es casi imposible. Nunca se sabe en un pueblo andaluz de campo cuándo se trabaja. Usted ve dos señores que van en un entierro, muy de luto. Y a lo mejor uno le va vendiendo unos berracos al otro. Esta mañana en la" parroquia, en la misa, al volverse el cura para decir "Dominus vobiscum", yo oi que paco el Afanoso, que estaba en el primer banco, le decía bajito: "Padre,cuando quiera puede mandar por su faneguita de garbanzos." Nadie puede saber cuándo se trabaja en Andalucía.

Terminado el "trato", salimos a la calle. Se cruzó con nosotros Perico Flores, ya medio achispado. Me dijo que iba corriendo a su puesto: a poner precintos de aceite en el molino de Sánchez y Compañía. No sabía bien si iba al trabajo o a la huelga. El es ácrata. No porque sepa bien lo que es eso, sino porque le gustan los esdrújulos. Se dispuso a acatar la orden clandestina de paro. Pero su mujer quiso aprovechar su estancia en la casa para que le limpiara el tubo de la cocina, le engrasara la máquina de coser y le tuviera el niño mientras ella iba a la peluquería. Resultaba mucho peor, volvía al molino. Y terminó sentando filosóficamente: —Poner precintos de aceites, haciéndolo con gracia y ritmo, es como coleccionar sellos.

Explicaba yo todavía en el Casino, a Mr. Bene que los directivos habían equivocado el camino. Si los trenes y los teléfonos hubieran sido puntuales, y todos hubieran trabajado con velocidad, se hubiera podido medir la extensión de una conciencia revolucionaria.

—¿Cómo dice usted en alto esas cosas?—me preguntó Mr. Bene—. ¿No viven ustedes en un régimen de opresión? —Si, Mr. Bene. Pero nuestros opresores están también inscritos en el Sindicato del ramo. Como se ha dado le orden de huelga... hoy no trabajan.

José María PEMAN

de la Real Academia, Española

 

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