Autor: Pemán Pemartín, José María. 
   Ser y no ser de Ortega     
 
 ABC.    19/04/1961.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

DIARIO ILUSTRADO DE INFORMACIÓN GENERAL

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SER Y NO SER DE ORTEGA

ESCRIBIR un libro enjuto y corto sobre un tema ancho, desparramado c incitante, acusa una gran madurez mental. Así el libro de Gonzalo Fernández de la Mora: "Ortega y el 98", no llega a trescientas páginas. Ver tanto paisaje desde tan poco sitio no puede hacerse sino subiendo a torre o cima.

Si en España hay sosiego intelectual a mí me parece que estas trescientas páginas deberán contribuir a la clarificación, pacificación y buen entendimiento en un tema que ha venido siendo tan polémico y vidrioso. El autor empieza por clarificar absolutamente lo que fue la atmósfera pública y emocional del 98. La estampa, tan manoseada, de un pueblo frivolo e insensible yéndose a los toros la misma tarde del desastre de la Escuadra, es una tontería. Fue a la salida de los toros cuando el pueblo se enteró, y al día siguiente la plaza estaba vacía. Lejos de quedarse insensible, se hundió en una desesperación absolutamente desproporcionada con la quiebra material y económica que significaba la pérdida territorial ocurrida. Westfalia o Ayacucho habían significado quiebras infinitamente mayores, y ni por asomo tuvieron tan hipocondríaca repercusión.

Unamuno lo dijo radicalmente: "Padecemos más bien que todas esas enfermedades nacionales que se denuncian, la enfermedad de imaginarlas. Diríamos que nos complacemos en exagerar los males y en hacernos, como ciertos enfermos, los interesantes."

Visto así el clima colectivo del 98, la generación de escritores que se ha etiquetado con esa cifra resulta una aguda, ágil y a veces casi genial explotación literaria de ese clima: una incitación extremosa de revisión.y de renovación, hecha con una contagiosa vehemencia estética mucho más que con una precisión ideológica. Acusarles de falta de patriotismo es injusto. Ellos redescubrieron mucha Patria. No encajan, en absoluto, dentro de la simple clasificación de "revolucionarios" que, en España, venía significando extranjerizantes.

Eran hombres de la periferia universalista Unamuno, de Bilbao; Azorín, de Levante; Machado, de Sevilla—que se iban a buscar más España en el interior. Redescubrían a Ber-ceo, el romancero, el pueblecito, la meseta, la sierra. Como tenían poca fe metafísica, la suplían con mucho paisaje. Se agarraban a la tierra pelada porque no alcanzaban el sentido puro de lo ascético. Iban a Guadarrama los domingos como un modo supletorio de ir a misa. Amaban a España: si bien en su cuerpo más que en su alma, como un matrimonio mixto o de "cultus disparitas".

Ortega y Gasset fue absolutamente el filósofo de esa hora. No he visto venganza más tonta de sus adversarios que esa de negarle la condición de filósofo, por-

que era tan buen literato. Como si casi todos los grandes filósofos no fueran hombres que, por encima de todo, hubieran encontrado siempre el estilo de su momento. La filosofía es casi toda ella, la historia de los grandes errores oportunos. Que Ortega desarrollara la suya en ensayos y artículos fue tan oportuno e histórico como que Parménides filosofara en verso; Nietzsche en versículos pro-féticos; Kousseau en novelas pedagógicas. Lo más peligroso que pueden hacer los que temen a Ortega es proponerlo como puro escritor y estilista, para que, al socaire de sus magias verbales, "atraque" con su auténtica filosofía a sus indefensos lectores.

Ortega entregó a la mentalidad contemporánea lo que suelen entregar tantos filósofos : no una verdad construida, sino un diapasón, un modo y estilo de pensar y decir. Cuando Descartes dijo, tan oportunamente, "pienso, luego existo", no lanzó ningún flamante razonamiento, puesto que aL decir "pienso" ya estaba postulando la existencia que quería demostrar. Porque, ¿quién pensaba si antes no existía? Sin embargo, con tan vacuo entimema estaba entregando a su hora un estilo de pensar y existir hacia adentro; un gesto rodiniano de "pensador"; un gusto por la idea sobre los objetos; una gramática nueva que nunca más, en Francia, descompondría el desfile casi militar de la construcción directa: sujeto, verbo, atributo... Ortega entregó lo mismo a su hora: una tentación estilística, v mental.

Sentada esa seguridad, el elogio de Ortega, como de cualquier filósofo, queda plenamente hecho. Y en seguida, de ahí para abajo, cabe plantearse, con plena libertad mental, el problema del contenido de esa tentación orteguiana, a la que tantos se entregaron. ¿Puede hacerse reproche a Fernández de la Mora porque lo haga con plena libertad? ¿Pero qué otra cosa se hace en filosofía sino exaltar sucesivamente a Platón, Aristóteles, Santo Tomás, Descartes, Leibnitz, que dicen todos lo contrario unos de otros ? La filosofía es la única disciplina donde caben muchos "grandes" contrarios. No deja d« ser la filosofía una "conferencia en la cumbre", porque los conferenciantes, como suele ocurrir en tales conferencias, no se pongan de acuerdo.

En cifra, la tentación de Ortega fue tan contagiosa porque acertó a expresar el impulso regenerador de la hora. Ya he dicho alguna vez que Jos impulsos colectivos básicos de un* momento tienen la fuerza del apetito erótico. El que dice "me caso con Paquita, aunque sé que es una barbaridad", es evidente que se casa con Paquita, pues lo más que puede advertírsele es que es una barbaridad, y eso él empieza por admitirlo y descontarlo. El espíritu colectivo, joven, desde el S8, quería casarse, aunque fuese una barbaridad, con un mejor estilo de cultura y política, mas limpio y europeo, menos ramplón y castizo. Claro está que otras mentes menos estilísticas trataron de Conjugar, como se venía intentando desde la Ilustración católica del XVIII, esas renovaciones con lo permanente. D´Ors, Maeztu, Arintero o el .último Morente hablaban ese lenguaje de síntesis. Pero lo sintético es siempre menos brillante que lo simple y absoluto. Y absoluto y simple fue, ya que no Ortega, el "orte-guismo", que retenía de toda su filosofía lo más agudo, vivaz y periodístico: su concretísimo "delenda". Era inevitable. Pero también lo es que pensemos muchos con Fernández de la Mora, que si se hubiera escuchado a los sintéticos, nos hubiéramos evitado el "delenda" y ahorrado el "no es eso".

Porque Ortega sintió sobre su misma carne la misma peripecia del murído: la necesidad aristocrática y definitiva de un "conservatismo" que diera una morfología incluso a la revolución. Adehauer, De Gaulle o Macmillan corrigiendo democracias puras; el partido conservador británico convertido, según el profesor Beer, casi en partido único; América con su cesarismo electivo, son, en terreno fácti-co, realizaciones del "no es eso" corrigiendo los frivolos "delenda" de ayer. Ortega vivió esa misma realidad dramática.

Es mucho decir a favor de un filósofo el afirmar que de ese modo dio voz a su hora. Eso decimos de Ortega... Del "orteguismo" callejero de patio de colegio o tertulia de café no tenemos que decir nada personal, Fue Ortega—que no era nada orteguista—el que lo dijo: "no es eso".

Nadie se enfade con Fernández de la Mora porque haya escrito, sobre el gran escritor y filósofo, el libro diáfano, desapasionado y sintético de lo que es y lo que no es.

Tose María PEMAN

de la Real Academia Española

 

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