Autor: Pemán Pemartín, José María. 
   La veleta inclinada     
 
 ABC.    20/08/1959.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

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LA VELETA INCLINADA

LA capacidad de adaptación a las circunstancias todas alcanza en el ser humano coeficientes insospechados. Es una de las bases que hacen posible la vida; y una de las dejadeces que la hacen peligrosa. Gracias a esa gigantesca y anestésica capacidad, la población humana ocupa todo el planeta. Se vive al pie de una catarata, sin oírla.

Se tolera la estepa, la nieve perpetua. Se aparran los supervivientes a la ciudad arrasada. Se convive con la "guerra fría". Se acostumbra uno a todos los discursos, a todos los peligros, a todos los precios. El secreto está en esa sabia receta, entre genial y perezosa, que hace poco, con ocasión de su aniversario de bodas, daba el presidente de los Estados Unidos a los que le preguntaban qué fórmula aconsejaba para lograr un matrimonio feliz. "Seguir casado" contestó. No hay que divorciarse ni del torrente, ni de la estepa, ni del trópico, ni del peligro. Hay que seguir casado con todas las incomodidades para vencerlas con la anestesia de la domesticidad.

Desde la ventana de mi despacho yo he tenido este invierno ocasión de ver, cuajada en hechos, esta dulce sabiduría. Una noche hubo un fuerte ciclón. La luz de la mañana siguiente alumbró no pocos desastres: árboles caídos, postes derribados, cables por el suelo. Pero todos éstos eran desastres consumados, sin mayor emoción ni espectacularidad. Lo que conmovió a la ciudad toda fue la veleta de la parroquia de enfrente ?. mi ventana: una robusta cruz de hierros enfáticos que amaneció, en la punta de la torre, inclinada en más de veinticinco grados sobre el vacío. Parecía un campeón de salto próximo a lanzarse a la piscina. Parecía un suicida que estuviera maldiciendo de la vida antes de abandonarla. Nadie dijo geométricamente que la veleta hubiera amanecido inclinada. Todos dijeron vitalmente que "se estaba cayendo". Desde que amaneció, un gerundio amenazador y excitante voló de boca en boca, sobre la ciudad.

En las capitales de provincias hay algo que no existe en Madrid: hay "días". En Madrid puede haber corridas de toros, pero no "días de toros". En Madrid hay ministros, pero no "el día de la visita del ministro". Las capitales de provincias logran en torno a ciertos sucesos estridentes una coagulación total de la vida. Determinadas fechas desalojan a sus santos y se convierten en días de un almanaque extraoficial v periodístico: el día del ciclón, el día en que se desbocó e1 caballo, el día de la boda de Paquita Ruiz Porque hay bodas que logran ser también "día", como si toda la ciudad se casara un poco. Aquel día que digo, a las diez de la mañana, era ya el día en que se dobló la veleta de la parroquia".

Todos los ciudadanos se trasmitieron la noticia que ya todos sabían. Los frailes dijeron más deprisa la misa y los catedráticos le quitaron diez minutos a la clase. Todos iban a ver la veleta. El señor obispo, al ir al jubileo, hizo dar un rodeo a su coche para pasar por delante del campanario: aunque no se apeó por razones de dignidad. Yo, desde mi balcón, presenciaba la afluencia de curiosos. Se colocaban en seis o siete filas, describiendo un ancho semicírculo que dejaba en el centro un prudente espacio libre para cuando la veleta cumpliera el compromiso que parecía haber contraído y se cayera de una vez.

Pero ahí estaba el problema. No hay nada más azorante que la contemplación de un gerundio: de algo que está siendo pero que no es. Venían los ciudadanos. Discutían un poco la distancia prudente. Los más osados dejaban apenas quince metros. Los pusilánimes, con sus nietecitos en brazos, guardaban cuarenta y cincuenta metros, como con cierta inconfesada sospecha de que las veletas vuelan como los buitres. Había esos técnicos que hacían cálculos geométricos; esos sabedores de todo que habían visto ya caer tres o cuatro veletas en su vida. Y así, de similitud en similitud, sacando cada uno sus menudas erudiciones, se llegaba a aquel oficinista jubilado que explicaba al caso, sin que nadie supiera por qué, el tiempo que tardó en emerger a la superficie el submarino Peral.

Por su parte, el Ayuntamiento no permaneció impasible. Hay servicios municipales que cuestan mucho y no pueden lucirse fácilmente. Así los bomberos. Pasan años sin que surja un incendio decente. Entonces los bomberos riegan la plaza de toros. Abren, entrando por la ventana, la puerta de su casa al solterón que la cerró inadvertidamente porque estaba un poco borracho. Recuperan el loro de la viuda que, de balcón al balcón, se fue a decir sus deshonestidades en la ventana de la Delegación de Hacienda. Aquel día, a cierta hora, irrumpió el carro mitológico de los bomberos, brillante de metales y charoles. Colocaron una cuerda amorosa en forma de círculo para que nadie pasara por el espacio donde se calculaba que caería la veleta. En ambos extremos se colocaron, vigilantes, dos bomberos.

Conservaban sus hachas como dispuestos a decapitar al que contraviniera aquellas paternales medidas.

Todos habían cumplido su obligación: los bomberos, el alcalde, los ciudadanos. Todos, monos la veleta. La veleta seguía inmóvil en su amenazante postura. Empezaba a producirse cierto malestar, parecido al de esa situación azorante: cuando se le ha dicho a la familia amiga: "hasta la vuelta; que no corráis mucho": y el automóvil, tras unas explosiones fallidas, no corre ni mucho ni poco, porque no se mueve.

No se podía mantener la situación. Los curiosos disminuían. Estaban apena dos o tres minutos y se marchaban. Porque una veleta que se está cayendo, si no se cae, no pasa de ser una simple veleta. A los dos días el Ayuntamiento retiró uno de los bomberos. Parecía excesivo. Poco después retiró al otro. Porque aqué lio se prolongaba y los bomberos le servían también al Ayuntamiento para repartir cartas y citaciones. Al día siguiente, de madrugada, con sigilo, fue retirada, la cuerda. Es difícil saber si se había llegado a la persuación de que la veleta no se caería o a la resignación de que, si se caía, ¡qué se le iba a hacer! Como los cuadros que se retiran de una pared dejan en ésta durante algún tiempo su cuadrilátero señalado, así los transeúntes, dando un rodeo instintivo, dibujaban todavía sobre la plaza el" perfil teórico del espacio que acotó la cuerda. Luego, poco a poco, ni eso. Pasaban los vecinos sin mirar siquiera al campanario. Se paraban a charlar bajo la "veleta de Damocles", que decía alguno. Nadie había tocado ni reforzado la veleta. ¿Qué había pasado? No había pasado más que el tiempo. Es inevitable. No se puedo uno estar cayendo perpetuamente. Convivimos con el peligro atómico, con las entrevistas infructuosas de los "grandes", con los precios altos: con todas las veletas inclinadas.

Ya es casi estabilidad aquella situación inestable. Cuando el cochero va paseando a unos turistas, céñala la veleta con ¡a punta del látigo, con una olímpica serenidad. El turista, que suele tener informaciones elementales de las cosas, comenta :

—Como la torre inclinada de Pisa... Pero el cochero, celoso de la gloria local, rectifica:

—¡Oh, no!... Nuestra veleta está mucho más inclinada.

Y así vamos viviendo. El último capítulo de esta historia está por escribir. Pero será el de todos los equilibrios inestables: o no se hablará más de la veleta... o la veleta se caerá un día y aplastará a un transeúnte.

José María PEMAN

de la Real Academia Española

 

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