Autor: Pemán Pemartín, José María. 
   Clima artificial     
 
 ABC.    03/10/1959.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

CLIMA ARTIFICIAL

COMO los casinos andaluces son muchas veces riquísimos porque todos los trajinantes y labradores del pueblo han de ser socios de él, dado que lo utilizan como oficina y centro de contratación, resulta que en el "Casino Mercantil y Agrícola" del pueblo del "Séneca" se permitieron el lujo de poner la refrigeración. Desde aquel día en el casino se discutió, se opinó y se gesticuló de otro modo. Hasta las bolas de billar parecía que se tropezaban de un modo más suave y diplomático. Disminuyó el consumo de gaseosas y aumentó el de cafés calientes. Los socios, antes de salir a la calle, decían a sus mujeres: "Sácame la ropa de abrigo que voy al casino."

Porque hasta que esa técnica, llegó al pueblo del "Séneca" y se puso en contacto con su vieja sabiduría meditativa, no nos dimos cuenta de la importancia sociológica que puede tener la nueva creación mecánica de climas artificiales. Parece admitido que la influencia climatológica es bastante decisiva para la psicología colectiva de los pueblos. Siempre se han establecido relaciones traslaticias entre los ardores del trópico y ciertas vehemencias políticas y eróticas; entre las nieblas escandinavas y ciertas correcciones constitucionales. Pero ahora resulta que, de pronto, se enclavan en cualquier zona tórrida pequeños Gibraltares climatológicos; zonas irredentes de la canícula. Así en el " Casino Mercantil ,y Agrícola" descendiéron las voces al nivel de la temperatura y se tuvieron "juntas generales" con votaciones honestas.

Hasta que un día me encontré que el "Séneca" y su tertulia cotidiana habían sacado sus mecedoras a la acera rabiosamente cálida y soleada. Allí estaba bebiendo cerveza, opinando a gritos; divagando en plena dialéctica absolutista con redoncedes carlistas, anarquistas y totalitarias, y emitiendo sobre las mujeres que pasaban opiniones no menos absolutistas y redondas.

—¿Qué hacéis ahí fuera, "Séneca", con este sol?

-—Nos estamos recobrando a nosotros mismos, don José. Ahí dentro nos estábamos volviendo holandeses.

Y fue aquel día cuando el "Séneca" se aseguró que dentro del casino, que era una especie de Escocia, parecía la cosa más natural del mundo que el gordo presidente de Rusia se pasease por América entre pensamientos antípodas pancartas insultantes, periodistas impávidamente curiosos y políticos profesionalmente sonrientes. Pero en cuanto se ponía el pie en la acera vehemente de sol, se comprendía mucho mejor que Fidel Castro no deje que le ´cante Carmelita Sevilla porque le ha cantado antes al general Trujillo. "Figúrese usted, don José, si lo comprenderemos nosotros, que no hemos permitido que el Deán de Córdoba nos predique los cultos de la Virgen de las Angustias porque le ha predicado antes al notario Sánchez la novena de la Virgen de las Lágrimas.

Yo intenté elevar un poco la apreciación, con más abstracta pedantería. Le expliqué, al "Séneca" que lo que pasaba es que las carabelas hispánicas habían echado sobre América un puñado de andaluces, vascos y extremeños que se habían subido, a medio trayecto, en el tren de unos pueblo; indígenas y en marcha. Venían de climas ardientes y llegaban a climas sensuales. El "mestizo"´ es un vagón que ha admitido en una estación de tránsito nuevos viajeros al lado de los que ya venían del punto de origen. Pero el tren sigue. Por eso Cuba o Paraguay o Santo Domingo son los pueblos que ya eran y que siguen su curva de desarrollo. . Pasan ahora, un poco, su vital y espléndida Edad Media.

El "Séneca", más listo que el hambre, cogió al vuelo la idea:

—¿No le parece a usted, don José, que don Fidel Castro y don Leónidas Trujillo lo que son es "marqueses"? Porque hoy. creemos que un "marqués" es un ser elegante, correcto y educado. Pero yo he leído que "marqués" era el que defendía una "marca": un límite, o una avanzada. Todavía en el lenguaje de ios deportes se usa la palabra "marca" para señalar la raya máxima a la´ que llega un salto o una jabalina. La "marca" es algo que se sostiene con un empuje animal. Así Trujillo sostiene la raya de Haití contra los negros. O Castro su isla entre un coro de discrepantes. Don Fidel, con sus barbas, debe parecerse mucho más a un "marqués" del siglo catorce que no el marqués de la Valdavia, que es todo cortesía, simpatía y educación. Aquí, en la acera llena de sol, se entiende perfectamente que lo que Castro y Trujillo hacen es reintegrar las cosas a su elementalidad lógica y humana: arroyan al enemigo, se preparan invasiones, se encastillan en sus almenas y frente a la gran tonadillera de Sevilla se comportan —"¡o tú o yo!"—como se comportaban en un duelo medieval dos rivales frente a una sola dama. Es preciso, don José, meterse dentro del clima suave del casino para entender ese impávido terceto de "vodevil" que se trae esa otra tonadillera que es la Política, con sus dos galanes, ruso y americano.

No era, ni mucho menos> que el "Séneca" aprobase el vehemente y primario absolutismo tropical—verdadero desnudismo de la lógica—de ese comportamiento antillano. Lo que hacía era explicarlo y disculparlo en función del clima. Dentro del casino, efectivamente, arrullados todos por el zumbido adormecedor de la máquina productora de frescura y, primavera, florecían las más templadas ideas de convivencia. Los planes idílicos, de absoluto "desarme", presentados por el ruso, se consideraban dignos de estudio. Las ideas todas estaban refrigeradas. Las políticas más divergentes debían de dialogar y regatear. Parecía prometedor ver a los Estados Unidos enseñando, al gordo ruso las vicetiples de Hollywood y el maíz híbrido de sus campos. Uno acaba comprendiendo que si en las Antillas se lograra colocar una gigantesca máquina refrigeradora como la que ha comprado el "Casino Mercantil y Agrícola", a los pocos meses Castro se afeitaría e iría a hacer una "visita de buena vecindad" a Santo Domingo. Porque allí, en aquel clima constitucional, de dieciocho grados, parecía barbarie y despotismo entorpecer el PESO de isla a isla de Carmelita Sevilla. Había que ir al desarme de la canción. Una agitación- e indignación civilizada agitaba las tertulias.

Pero de las tertulias el "Séneca salió a la calle. El clima dio un brinco de veinte grados, y la acera le abofeteó con -un soplo, entre africano y tropical. Todo el cuerpo del "Séneca" se estremeció da resonancias ancestrales y .morunas:. Se paró a beber en un tabanco una caña de manzanilla. Plenamente reintegrado a su absorbente absolutismo tórrido, pasó los ojos por una revista que se había traído del casino. Tropezó con el retrato de Carmelita Sevilla, sonriente, luminosa, guapísima. Empezó a pensar en el pleito político de los dos "marqueses" antilla nos. Resumió:

—A mí, la verdad, lo Que me molesta es que le cante a cualquiera de los dos...

Luego se quedó pensativo. Y acabó:

—O a cualquier otro... que no sea yo mismo.

José María PEMAN

de la Real Academia Española.

 

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