Autor: Pemán Pemartín, José María. 
   La pelea sin motivos     
 
 ABC.    05/11/1960.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

LA PELEA SIN MOTIVOS

HACE un siglo, en la hora de la Restauración canovista, había traje de etiqueta para las naciones. Así como al pie del cartón que contenía ciertas invitaciones sociales, corría un letrerito que decía. "Se exige la etiqueta", al pie de la invitación a la modernidad y decencia política -había su pequeña advertencia: "Se exige el parlamentarismo". Todavía, hace quince años, al acabar la contienda universal con la victoria de las democracias, parecía existir un "figurín" establecido: "Se exige la democracia". Ahora, la guerra fría, el poder atómico, las liberaciones y revoluciones continuas, han trastocado totalmente la psicología de los países.

El profesor Letón Waston escribía hace poco que la ciencia política dé 1960 había de tener su receptividad abierta, sin escrúpulo, para toda fórmula o arbitrio que de algún modo salve la libertad en el seno de la autoridad y el orden. Ya no se exige de etiqueta ni figurín determinado. "Sea eficaz... aunque lo haga en pijama."Casi en pijama doctrinal, las naciones se dedican ahora a ser eficaces. La democracia francesa, tan literaria e ideológica ayer, se corrige a sí misma con el autoritarismo de De Gaúlle. La alemana se miente con la interposición de Adenauer. Creíamos que "democracia" era cosa de ahora, pueblo y multitud: y ahora, de pronto, resulta que es cosa de gigantones absolutistas. Por su parte, Inglaterra ha encontrado hace tiempo la fórmula más admirable y adulta. Allí el Estado se concede todas las mayores latitudes democráticas, y la sociedad se ocupa de que no sean verdad. Son poseedores de tanta libertad que ni por asomo se les ocurre usarla. No existe límite para la Prensa: pero se ocupa de ponérselo muchas veces la censura social. Constitucionalmente pueden existir cuantos partidos se quieran; lo cual no es peligroso mientras los ingleses se ocupen concienzudamente de que no sean más que dos. Las prerrogativas de la Corona son casi ilimitadas, a costa de que la Corona no las use.

El Rey puede ponerle el "veto" a cualquier ley, cosa tradicional y bonita con tal de que no se le ponga nunca. En los Estados Unidos la cosa es todavía más habilidosa. Este, como toda, América, es un país "hecho" violentamente: "ganado", a la Naturaleza. El americano sabe que su país, no fue una cosa fácil ni gratuita. Las películas de la abundancia con millonarios, señoras mundanas, pieles y besos, representan mucho menos a América que, las llamadas "del Oeste" con tiros, caballos y temeridades. Gary Cooper es un señor que lleva dos pistolas para luego poderse poner un frac. Sirviendo a esta trastienda histórica, a esta formación épica,, los Estados Unidos han ideado el modo de ser una democracia con injertos Monarquicos.

Les precisaba ser mandados por Julio César o Napoleón, y entonces buscaron el modo de fabricarse, cada cuatro años, su autócrata a la vista del público. Durante tres meses suspenden todos los verbos—hacer, pelear, prosperar, guerrear—para construirles su sujeto gramatical.

Sino que también el modo de construir lo es de una sustancia democrática bastante problemática. Cuando llega el momento cumbre, sonoro y trepidante, caballeresco, publicitario, marrullero y gitano de "elegir" teóricamente un presidente entre los millones de ciudadanos americanos, en realidad no quedan más que dos. Estos dos "finalistas"—una especie de "Madrid" y "Barcelona" de la Copa U. S. A.—representan inevitablemente los dos equipos nacionales: "demócratas" y "republicanos", por cuyos controles y convenciones han pasado. La democracia americana es buena como el café: a -fuerza de filtros y concentraciones. Café muy negro, pero taza muy chica. La democracia, que empezó con nueve mil ciudadanos en Atenas y que en la Bastilla se creyó que era el "pueblo todo", a fuerza de depuración se ha quedado reducida a dos señores. Como traducción del "demos", no deja de ser una traducción bastante libre. En su momento decisivo y electoral, la "democracia" más grande del planeta cabe en un "biskuter".

Pero el problema estaba en disimular esto y dar pasión y agitación al instante" electoral, para justificar así los cuatro años venideros de autocracia. El juego de los dos partidos daba, en realidad, poco juego pasional. Todos votan por su color disciplinadamente. Bastaría, en definitiva, contar, los socios de cada club y podía uno ahorrarse carteles, discursos, televisión y bandas dé música... Pero, en esto, ha surgido un creciente elemento de desarreglo ; una arenilla en los cojinetes de la artificiosa maquinaria. La democracia se empeña en ser un poco de verdad en el poquito terreno que le han dejado libre. Cada vez más, la elección presidencial depende de los neutrales, de la llamada "masa sin partido". Es como si en la final "Madrid-Barcelona" el público se echara a la cancha y fuera él el que metiera el gol. Con esto no contábamos.

Y ahora sé plantea un problema angustioso. Llegado a ese punto, la democracia se empeña en recuperar algo perdido en todo ese camino de artificiosas esterilizaciones: un poco de verdad. Hay que actuar "de verdad" sobre el ciudadano. Hay que convencerle. Pero ¿con qué se le convence? Los dos equipos no son más que dos colores. ¿Cómo excitar con sus nombres de demócratas y republicanos a un país donde todos son republicanos y demócratas? Ideas trascendentes apenas existen en los Estados Unidos sino la de cierta vaga "misión" universalista de hacer libre a toda la humanidad idea, tan gigantesca y teórica que la profesan por igual Kennedy, Nixon y sus lecheros y peluqueros. En esta contienda apuntó algo posiblemente tembloroso y pasional: el catolicismo de Kennedy. Pero en seguida se pactó que eso seria irrelevante. Kennedy mismo se ocupó de recortarlo y anestesiarlo como una convicción inoperante y teórica. Los teólogos del Norte se apresuran a advertir que un obispo no es un valor electoral y que, aunque se juegue en la contienda el "control de natalidad", tiene que estarse calladito. Decididamente, esto de la pasión ideológica es cosa, europea y latina. Sí por estas tierras hubiera que elegir entre un Kennedy y un Nixon, ya estarían desempolvándose Lepanto, la Inquisición; y ya habría quien estaría aprendiéndose de memoria aquello de que "grande es Dios en el Sinaí. Cancelado así o amortiguado todo lo especulativo, los candidatos han de refugiarse en una dialéctica rabiosamente somática y psicológica de sastrería y domesticidad. Su señora, su perro, su sonrisa, su traje, su casa, todo esto es lo que tiene que intervenir en el desesperado esfuerzo de diferenciarse.

Cuando dicen en la pantalla "éstos son mis poderes" señalan sus dientes blancos, a sus niños chicos. Una de las palabras más sonoras de la historia "democracia"—ha venido a acabar en dos señores que discuten sobre cuál es el más simpaticón y. sonriente. Cuando Nixon y Kennedy, al acabar el jaleo, se den la mano, harán el acto más razonable de estos tres meses. Porque, realmente, al verles ahora agitarse y gritar., dan ganas de meterse por medio como en ciertas discusiones:" Pero no se pongan así... esto lo arreglo yo en cinco minutos."

 

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