Autor: Pemán Pemartín, José María. 
   La feria de las bodas     
 
 ABC.    21/05/1960.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

LA FERIA DE LAS BODAS

YA está muy admitido que la historia de las batallas, los reyes, los capitanes y los políticos, es una historia insuficiente.

Habrá que hacer cada vez más la historia de las enfermedades, de las manías, de las supersticiones, de los deportes, de los chistes... Habrá que hacer, sobre todo, la historia del matrimonio.

Entiéndase bien que digo "matrimonio", no del amor. Del Amor, más o menos, se ha escrito algún estudio histórico se han analizado formas varias del amor trovadoresco, el platónico, el cortesano, el galante. Pero todo esto es accidental: la verdadera historia, profunda e influyente, es la historia del "matrimonio" Solemos despachar esta palabra y noción como la cosa más evidente del mundo, sin pararnos a valorar toda la cantidad de maravillas, dificultades y contingencias que han de coincidir para que se produzca esa entidad tan exigente que es "uno con una". -Y conste que estoy hablando al margen de toda tabla de valores. No me refiero a la dificultad de la fórmula "uno que se lleve bien con una". Sino, sencillamente, a la empírica fórmula demográfica "uno con una", que es, como en cualquier otro mercado, un producto dificilísimo en el que rigen leyes de oferta, demanda, superproducción, huelgas, escasez y cotizaciones. Esta es la historia que científicamente habrá que abordar algún día. Y entonces nos daremos cuenta de que toda esa historia externa de los modos de Amor está regida, en el fondo, por esa otra historia, casi mercantil y económica, del matrimonio, cuyo protagonismo es cerradamente femenino. En ese diálogo que llamamos Amor, el hombre quiere a la mujer y la mujer quiere casarse. La historia externa que antes decía trovadores, platonismo, "jochs floráls", saraos, bailes, etc.— es la historia de los terrenos adonde las mujeres llevaron a los hombres para casarse.

Sólo los poetas han sabido valorar bien toda la trascendencia del tema. En la linea riente, los Quintero en "El amor que pasa"; en la línea patética, Lorca en su "Casa de Bernarda Alba", midieron todo el dramático desequilibrio de esa balanza de pagos. ¡Mujeres sin hombres!... ¿Qué no escribirían las habas, si las habas tuviesen literatura, en los años en que ellas abundan más que los clientes, y van bajando, bajando de precio y pasan a ser pienso de bichos, y se ponen amarillas, y mueren en la soltería de unos sacos de arpillera?

Pero toda la técnica que la humanidad no ha articulado todavía para atender y estudiar el problema la han improvisado empíricamente las mujeres. Así las grandes y alegres ferias andaluzas. Se las suele llamar "feria de ganado": pero igual deberían llamarse ´´ferias del amor o del casorio". Lo que es que las transacciones pecuarias son más .vistosas y más publicas las cotizaciones. Los "tratos" se hacen a voces, y los noviazgos en voz baja. Pero, por lo demás, las mujeres, que son las únicas que conocen esa tácita contabilidad, saben todas las dificultades del trascendental mercado demográfico. El público ve subir al altar, en la prioral del pueblo, la airosa pareja: ella de blanco, él de negro. Se le ve a la novia la larga cola de tul: nadie le ve esa otra larga cola de estrategias y de evoluciones precedentes. Sólo "ellas" dentro de su callada .masonería erótica y conspiratoria tasan y cotizan, al pasar el cortejo : "Dos ferias le ha costado."

Todo esto lo pensaba yo oyendo a Pepin Sotelo contarme su caso. Lleva ya quince años de casado. Y hace unos días, revolviendo los cajones de su mujer en busca de esas gafas que se pierden y se buscan en los sitios más inverosímiles encontró una libretita de apuntes. Bajo el título "Feria de 1943", escribía una contabilidad enigmática: "Ya han llegado quince." Luego: "hoy tres mas". Luego: "de ellos, hasta ahora, cuatro". Al principio creyó Pepin que Lolita, su mujer, le habría llevado, de soltera, las cuentas a su padre, que era un poco ganadero. Pero pronto se dio cuenta del verdadero sentido de aquella "partida doble". Eran las invitadas de Madrid, Córdoba o Sevilla que venían, para la feria, a las principales casas del pueblo. La competencia. Y luego: los clientes. Una desproporción aterradora, Ellos no pueden moverse ahora. LOS estudios, las oficinas, las carreras no admiten vacaciones. El centralismo madrileño ha desnivelado el mercado provinciano. Las muchachas de Medina no pueden .casarse con el registrador o el juez, porque como ellos tardan cinco o seis años en ganar sus, oposiciones, cuando vienen a Medina, de juez o registrador, ya vienen casados o con novias de Madrid. Las muchachas de Madrid han organizado para ellas las leyes universitarias y de enseñanza profesional.

Y después de esto, ¡todavía vienen a las ferias andaluzas a desnivelar el mercado! Porque la .libreta añadía: "nos otras veintitrés". Era el grupo cotidiano del pueblo: la sociedad de "socorros mutuos" perfectamente cerrada y a la defensiva. Pero ahora venían a sumarse las "socias honorarias" de las grandes capitales. Y los saldos resultaban aterradores: uno para diez.

Luego venían otros apuntes. Unas iniciales las de cada muchacho de importación y una notación al lado: "carrera acabada"; "título a muerte de un tío" "el verano que viene ingeniero". Medio descifró las iniciales: sus amigos de aquella feria. Luego las suyas, con su notación: "P. S. — descapotable"... Cayó en .seguida: llevó a aquella feria un coche descapotable que le dio mucho prestigio y agilidad de movimientos.

Pero ahora se daba cuenta de que toda aquella agilidad había sido ´´teledirigida" como la de un cohete o un torpedo. Venían en seguida unas apuntaciones cabalísticas. Eran el proyecto de invitaciones para la cena fría que Lolita había dado aquel año en su casa. Era un esquema rigurosamente dual: cada uno con su pareja hipotética: para ayudarla a ella y para que ella no estorbara a las otras. Al fin anotaba: "Yo —P. S." ¡Y ahora recordaba que al ir a aquella fiestecita apenas si conocía a Lolita! Empezó a comprender todas las apuntaciones siguientes: "Hablar con F."; era la inicial de aquel primo de ella al que, por lo visto, encargó que toda la noche se ocupara de llevarse a R.: una Rosarito en la que él había empezado a fijarse. Empezaba a recordar que se quedó solo con Lolita. .Luego ella le dijo que en la feria había una buñolería excelente. "¿Dónde la habrían, puesto este año?" F., el primo estratega, se encargó de equivocarlos el camino. Fueron a parar a una glorieta solitaria del parque, donde había una fuente con tres. Cupidos, para mayor disimulo. Allí le dio a Lolita el primer besó.

No dijo nada a su mujer, del hallazgo de la libreta. Pero aquel mayo la llevó, otra vez, a la feria de los dulces recuerdos. Fueron invitados a casa del primo F, que, de resultas de todas aquellas evoluciones tácticas en favor de Lolita, se casó también con Rosario. Una noche, por empeño de Pepín, fueron los cuatro a la romántica glorieta. Allí, ante la fuente de los Cupidos, se cuadró militarmente Pepín y gritó:

—Gloriosos caídos... ¡Presentes!

Nadie tuvo que pedir más explicaciones. Los cuatro se miraron y se rieron gozosamente. Al cabo las dos bodas habían salido bien. Porque el problema de encontrar su cliente será problema dé las habas. Pero luego el cliente se come muy a gusto su sabroso potaje.

José María PEMAN

 

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