Autor: Pemán Pemartín, José María. 
   El milagro español     
 
 ABC.    10/05/1962.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL MILAGRO ESPAÑOL

POR mucho tiempo yo fui injusto con la Economía. Creía que los economistas eran, como los arabistas, veinticinco señores que se habían puesto de acuerdo para usar una misma terminología de guiños convenidos: "plus valía", "valuta", "cobertura oro" y sobre todo, el "debe", que es lo que no se debe, y el "haber", que es lo que no hay. Esto si eran puramente teóricos, que si eran prácticos y administrativos, añadían a su vocabulario dos o tres enunciados envidiables "pasó a ejercicio cerrado", "no hay consignación presupuestaria"—que uno sufre mucho de no poder utilizar los sábados ante el recibo del panadero, de la farmacia o de la Telefónica. Pero, en el fondo, yo estaba persuadido de que ni la Economía ni el árabe existían más allá de los guiños masónicos y la nomenclatura hirsuta de los veinticinco iniciados.

A esta desfondada convicción mía contribuyó mucho la manía actual de apellidar "milagro" a ,todo gran éxito económico: el milagro alemán, el milagro italiano. No debía ser mucha ciencia esta que está persuadida de que siempre acierta de milagro. E! milagro "de los panes y los peces me parece que está en su sitio en el Evangelio: en la Economía, que pretende ser ciencia, adquiere categoría de trampa.

Pero, de pronto, cuando más desorientado estaba yo en esta especie de taumatúrgica vida de San Antonio que viene siendo la economía europea, algo comenzó a aclarárseme en la mente ante el espectáculo de los últimos años de la economía española. Esa operación rítmica, en dos tiempos, "estabilización" y "despegue" tenía ,1a claridad plástica de la iniciación de un viaje de avión: calentar motores y levantar vuelo. Empezó a hablarse por alguno de "milagro español". Pero, de pronto, uno de los taumaturgos, esa especie de sano viento del Moncayo, que es el señor Navarro Rubio, explicó en un diamantino discurso el milagro por dentro. Nada de convertir el agua en vino ni multiplicar los panes y los peces: sino forzar la producción de las bodegas, las tahonas y las barcas de pesca. El milagro español en boca del señor Navarro resultaba que consistía en no permitir que nada ocurra por milagro. Los españoles, tenidos por intuitivos y emocionales, siempre damos estas sorpresas racionalistas. Somos héroes, místicos y aventureros, pero a última hora siempre tenemos, desde don Fernando el Católico, un aragonés para racionalizar las cosas. Nuestros "milagros" resultan a veces más dialécticos que casuales. Detrás del hallazgo del Nuevo Mundo habían los mejores libros de náutica de la

época. Detrás de Lepanto, la estrategia naval más meditada del siglo.

Y detrás del "milagro" español, había una doctrina económica y humanística capaz de ser entendida por un poeta. El señor Navarro ha hablado del crédito o la Banca con una humedad de vida nada corriente. Creíamos que el crédito era una cifra, resultante- de una operación matemática, que los Bancos daban o no daban. Pero resulta que es como la fe, como la confianza, un vapor moral. "Acreditarse" o "desacreditarse" son verbos reflexivos que nos revelan mejor todo el sentido ético de la palabra "crédito" que alojan en sus entrañas semánticas. El "crédito" es una entidad difusa que excede a todo número. El campero andaluz, por ejemplo, lo sabe y utiliza como instrumentos de crédito la camisa limpia, la cadena del reloj, el andar reposado, el jubileo y la fidelidad conyugal. Yo pude una vez leer una ficha de esas en las que un Banco analiza el crédito de una persona y enumeraba: "posee diez fanegas de tierra, una trilladora, un tío canónigo e intachable conducta".

Era una preciosa gradación económico-teológica en que se jerarquizaban finamente las trilladoras y los canónigos. Por eso el señor Navarro ha podido entonar un canto a la función espiritualista de la Banca. Los Bancos ha dicho con belleza— "son tribunales de la solvencia humana". Han de ser profetas de conductas y diagnosticadores de formalidades. Tenían más sentido de !o que creemos aquellos "créditos faciales" que se daban en la guerra. Lograr las cosas "con la cara", o "por su bonita cara", es una operación casi artística que requiere, en los que las dan, instintos de médicos o de directores de cine. Juzgar las caras es una operación poética, muy superior a cachear los bolsillos. Todo esto requiere en el Banco una posición casi sacerdotal. La gran revolución bancada no se hará hasta el día en que el "Séneca" vea venir por la calle del pueblo a un señor modoso, austero, vestido de oscuro, y en vez de pensar que es un seminarista o el juez ce instrucción, diga: "ése debe ser un banquero".

Y es este calentamiento humano de lo material, lo que da lugar a esa conjugación de lo social y lo económico, que fue el nervio de la peroración del señor Navarro. Donde se ha hablado de "milagro económico" resulta que ha ocurrido siempre un "milagro social": la gente toda vive mejor y la clientela comunista disminuye en elocuentes porcentajes: Esto puede llevar a la idea demasiado simplista de que todo se arregla con rendir y producir más y más. Esto también es un "milagro" a medias. La producción es una operación que, tanto por la punta del consumo, como por la del rendimiento, tiene limitación humana. El milagro de los panes y los peces, se hubiera echado a perder si en vez de recoger las doce canastas que sobraron, se siguen repartiendo peces y panes: con lo que se hubiera producido el contra milagro de la indigestión. Escribí una vez el cuento de un economista que se había propuesto impulsar la producción de botellas. Cuando ya hubo más botellas que vino, licores, medicinas, perfumes o aguas minerales había en todo el país, como había que seguir produciendo botellas, dio una ley para que todos los ciudadanos se analizaran semanalmente la diabetes o el úrico, con lo que se siguieron haciéndose botellines para vergonzantes envíos a los laboratorios. La producción, como la arquitectura, tiene también peligros de gigantismo, cuando se inspira en el énfasis faraónico y no en el realismo social y humano. No debemos hablar en España dé milagro económico sino de equilibrio racional de hombres, cosas y dinero. Precisamente "milagros económicos" ya quisimos hacer bastantes. Es lo que intentaron los "arbitristas" que proponían canalizar el Manzanares o ponerle contribución a los bigotes. Es lo que hicieron Mendizábaí o Cabarrús creando burgueses repentinos, que se hacían liberales y volterianos para poder poseer con tranquilidad la huerta desamortizada a los padres dominicos. Siempre fueron puros milagros económicos que producían conservadores de su propia riqueza. La auténtica revolución social es aquella qué produce "conservadores" de la sociedad, a fuerza de instalar mejor a todos los ciudadanos. Como el único auténtico "milagro español" es aquel que consiste en lograr una operación histórica, racional y meditada, tan económica corno social y humana, por la que dejemos de vivir de milagro.

José María PEMAN

 

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