Autor: Pemán Pemartín, José María. 
   Actuar o juzgar     
 
 ABC.    15/03/1960.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

TODO POR JUZGAR

TODO el mundillo francés no sólo el teatral, sino el que

se preocupa de generalizaciones sociales y políticas se ha conmovido-ante el incidente del actor Jean Marais que, en uno de los principales teatros de, París, le sacó la lengua a una espectadora que visiblemente permanecía con los brazos cruzados mientras los otros espectadores aplaudían.

El incidente parisino .viene a coincidir con otro que ha levantado igual revuelo, en el mundo italiano. Aquí el protagonista fue, naturalmente, un tenor. Los tenores son muchas veces un paquete de nervios desatados que llegan no sólo con. la voz, al´"re" sobreagudo. El tenor Corelli fue más extremista que el actor francés. Saltó del escenario y abofeteó a un espectador. Y este espectador no es que silbaba ni siquiera sé cruzaba de brazos. Aplaudía. Sino que aplaudía y, á juicio del tenor, con demasiado exclusivismo a la tiple, señora Barbierí.

Naturalmente, ante el doble incidente, la opinión se ha dividido en bandos, y naturalmente ha desbordado el mero comentario teatral, puesto que la naturaleza de ambos episodios tanto se presta para, replantear el eterno problema viejo como el Occidente de la libertad y los derechos de crítica y expresión de la masa pública frente a los que actúan. Un escenario y una sala de teatro son una buena maqueta o miniatura para dilucidar en borrador o esquema, problemas sociológicos. Todo en la sociedad está partido también por una enérgica raya, de candilejas; a un lado, actores: gobernantes jefes, alcaldes; a otro lado, público: masa, opinión. La inquietud latina lo que está examinando, en realidad, en este pleito, es si el francés medio tiene derecho a cruzarse de brazos cuando se aplaude a. De Gaulle; y si, por el contrarió, De Gaulle tiene derecho a sacarle la lengua al francés medio.

Algunos se han puesto del lado dé los actores. Uno, acaso porque está cerca de ellos, siente cierto impulso a colocarse de ese lado. Realmente el que actúa ya hace, más que el que está sentado, y parece que debe acumular a su favor un cierto volumen de cortesía respeto y benevolencia. Esto es aguda verdad, en pequeño, en el oficio teatral. Uno, que ha tomado la mano de algunas actrices al saludar al público durante un estreno, sabe que nada debe parecerse más al sudor frío de alguien que va conducido a la cámara de gas. Uno se apiada, un poco, del menudo repertorio de expresiones de repudio que la humanidad se preocupó de prevenir secularmente frente a los representantes. Primero fue el silbido. Pero luego se dieron cuenta de que de diez personas apenas saben silbar tres o cuatro. Entonces idearon las legumbres arrojadizas. Esto se terminó por una cuestión de precios: Llegó un instante en que arrojar pimientos y lechugas hubiera resultado homenaje; y hoy mismo, un mal estreno sería, de seguir esa costumbre, casi un "supermercado" compensador. Finalmente, todo quedó en la más refinada de las fórmulas: el "pateo", que agitando, en inmóvil galope sobre el suelo, las extremidades inferiores especie de subconciencia a la psicología permite el doble juego de liberar, malas pasiones al tiempo que las manos visibles, simulan cortesía... Pero esto mismo puede uno trasladarlo a todo el que actúa. En realidad, "hacer´ es una necesidad tan primaria de la sociedad que el qué la cumple merece cierto margen de oportunidad. Los complicados Estados modernos se hundirían si no existiera ese inmenso cuerpo de señores dedicados a hacer mal las cosas Coiné son tantas y tan difíciles,, no es posible hacerlas bien todas Pero lo peor de todo es no hacerlas ni bien ni mal.

Sin embargo, ya se comprenderá que la mayor parte de los comentaristas se han puesto de parte del espectador: es decir del público y de sus derechos de crítica y libre expresión. En toda discusión . donde se confrontan derechos de actores y de espectadores, lo normal es, por una simple razón mayóritaria que se exalte y ventee los derechos de estos últimos: porque por muchos actores que tenga una compañía, lo lógico es que tenga más butacas el teatro. Como, por muy popular que sea un gobernante, lo ordinario es que lo más popular de todo. sea el pueblo mismo, los escritores que han comentado los incidentes han ironizado, preguntando si el público va a ser condenado a "¡bravos! forzados". Maurice Tillier ha llegado" a proponer que, como antaño sé exigía la etiqueta, en !as invitaciones a" estrenos se diga, en un letrerito "Se exige el aplauso."

También uno, que está en la calle tanto como en el teatro, o tanto en la butaca como en el escenario, ve la parte de razón del público y sus extensiones y generalizaciones sociales. Parece lógico que si hemos convenido que así criticadas; zarandeadas y expuestas a la intemperie pública, las comedias salen mejor, también saldrían mejor las leyes por este procedimiento. Uno piensa si las leyes deberían de ´"estrenarse"; y redactarse pensando, por lo tanto, que de cualquier ley de subsidios y seguros pudiera decir el crítico al día siguiente que "a partir del tercer artículo decae bastante el interés" y todo va a parar a "un desenlace rosa que ya hemos visto otras veces".

Pero yo me temo que la doble experiencia del actor irrespetuoso y «1. tenor irascible resultan un poco el tiro por la culata de esas ideas liberales. En definitiva siempre se Ha pensado en esa cierta libertad de silbido y pateo político para moderar así el poder y centrar y limitar a los gobernantes Pero luego resulta que los actores sometidos a esa experiencia lo que hacen es todo lo contrario de moderarse: lo que hacen es abofetear al espectador o sacarle la lengua. ¿Será que los latinos, en cuánto nos subimos dos palmos sobre el espectador escenario tribuna, nos dedicamos a hacer estas cosas feas si nos provocan? Porque, en ese caso, tenemos poco remedio.

Probablemente, lo que ocurre es que nuestro lote y herencia de latinidad es el pensamiento inquieto, libre y aun irascible, pero no la disciplina mansa y gobernable. Yo creo que desde Aristófanes, que se burlaba tan saladamente del tirano Pericles, hasta Italia, inventora de municipios, libertades e instituciones, todo lo idearon los latinos, pero todo lo aprovecharon los sajones; Venecia construyó, en maqueta, un imperio comercial —metrópoli, barcos, mercados líjanos— que luego realizó, en grande, Inglaterra: Atenas inventó la democracia para que la viviera América. El Mediterráneo, está orillado de inventores arruinados y de patentes explotadas por oíros.

Cuando Eísenhower aguanta sonriente, impávido, las "pancartas" objetantes a su paso, está realizando una función típicamente latina: está respetando la libertad:.. Sino que en los países latinos, qué fueron los que idearon el invento, los actores" saltan del escenario y le zurran no ya al que protesta, sino que simplemente no aplaude.

 

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