Autor: Paso Gil, Alfonso. 
   ¿Conoces Granada?     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 6. 

¿Conoces GRANADA?

A mí Granada me apasiona. Puede creerse que por ser yo medió granadino y por haber escuchado mis mayores durante muchos siglos la campana de la Vela y el rumor de los dos ríos. Aún tiene mi familia una casa noble con portalón y escudo en la calle de Afán de Ribera, detrás de San Antón. Claro que Granada me gusta por eso. Pero no por eso sólo. Yo opino que hay ciudades a la vista y ciudades escondidas. París, por ejemplo, en general, es una ciudad a la vista y lo mejor de ella, sin duda, es lo que se ve, lo que está delante y se contempla y se comprende. Granada, en cambio, en una ciudad escondida.

Está la Alhambra, el Albaicín, el Sacromonte, Bibrambla... todo eso lo tenemos ante los ojos y nos parece un sueño, una maravilla. Pero lo que de Granada más me atrae, lo que a mi Juicio le confiere una personalidad singular es precisamente lo oculto, lo qué descubrimos poco á poco en contacto con sus gentes, lo que no comprendemos del todo. Granada es un trabajo, un quehacer. Granada atesora el caudel, humano más impresionante que tropecé en mi vida, los hombres más grandiosamente Inexplicables. Descubrir Granada no es tarea de unos días. Por eso me Indignó tanto—como yo suelo indignarme: a la andaluza; callándome—el extraño comportamiento de un joven intelectual granadino—.veintiocho años y dos carreras a cuestas—a quien fui presentado esté Corpus. Mostróse el hombre muy amable y benévolo conmigo. Me interrogó largamente sobre mis proyectos y tuvo la deferencia de enumerarme una a una, así, por orden cronológico, todas mis obras, lo cual no es trabajo fácil si tenemos en cuenta lo que he molestado ya al público desde los escenarlos. Mi joven amigo luego habló de Kierkegáard, de Sartre y Jaspers. Esbozó una opinión bastante sensata sobre el pretendido existencialismo de Gabriel Marcel.

Después se dio un paseíto por la, literatura dramática inglesa v era «le oír cuanto afirmó de, Shaw, de Rattigan, de Huxley y de Osborne. El conocimiento de mi interlocutor me abrumaba. Tocóle el turno a los viajes y quedé asombrado de su experiencia. Conocía Francia al dedillo, y Alemania. También Italia.

Inglaterra de Norte a Sur y Este a Oeste. Cuando Intenté hablarle de la Costa Azul, que es lo que más he caminado de la vecina nación, tuve que callarme, pues rio sólo estaba al tanto de las costumbres y folklore provenzales, sino que desde Mentón a St. Raphael no Ignoraba un pueblecito, una playa o un rincón pintoresco. Me explicó largamente la construcción de la carretera de la costa y sus tres "cor-

nisas", los problemas del casino de Montecarlo, las causas del desmoronamiento de la presa.de Frejus, las tendencias de la cerámica de Vallauris.Sostenía correspondencia con Cocteau, con Picasso y sabia en qué lugares exactos había escrito la Sagan su "Aimez - vous Brahms". Iba ya a rendirme a su superioridad y su inteligencia, • cuando, entre paño y. bala, se me ocurrió preguntarle por qué se llamaba "de los Mártires" el precioso Carmen enclavado en la Alhambra. Se encogió de hombros. No lo sabía. Mi sorpresa" creció cuando al interesarme por el número do habitantes que Granada tenía manifestó ignorarlo. Poco a poco mi joven amigo fue respondiendo con negativas a mis preguntas. ¿La tradición teatral granadina? Conocía a Lorca, como si sólo en el gran Federico, se resumiera todo el teatro de Granada. Eso si: me aclaró que, en francés "perdía bastante". ¿Los escritores costumbristas? Nada sabía de ellos. ¿Y dónde estaba la calle de los Oficios? ¿Y qué fue la Puerta Elvira? ¿De qué había sido mercado Bibrambla? ¿Podía concretarme algo de la enorme, gigantesca, impronta judía en Granada?

¿Qué quiere decir Alcaicería? ¿El nombre "gitano" puede derivar de "egiptiano"? El joven intelectual negaba y negaba. Pero no parecía afligido por su ignorancia. Antes bien, se me antojaba que presumía de ella. La situación cambió por completo y, desde aquel instante, cuando el joven intelectual echaba una parrafadita spbre Bruselas, Berlín, Roma o sobre Betti, Pasternak y Bertol Brecht me acometía una risa tremenda, fruto indudable de mi interior y callada indignación. A punto estuvo la cosa de terminar muy .mal y seguro que senté, ante mi informadísimo amigo, plaza de ignorante o vulgar.

He pensado que son muchos los jóvenes Intelectuales que tal actitud adaptan. Y que incontables son los que mejor conocen a Ivan Bunin que a Pérez Caldos. Y no hablemos de mis compañeros jóvenes que recitan sin falta u omisión el repertorio de Giraudoux e ignoran el de Señávente. Nadie piensa, es claro, que por profundizar en el estudio de nuestros nombres y nuestras cosas han de olvidarse necesariamente el conocimiento de las extrañas. Bien y muy bien hemos de aprender el teatro en Anouilh, novela en Fraulkner o filosofía en Rusell. Pero resulta grotesca esa indiferencia suicida por las propias raíces. "Mal de juventud", me dicen. Yo niego tal cosa. "Mal de alguna juventud", afirmo. Alguna juventud deformada por nuestros eternos complejos de inferioridad, desdeñosa a fuerza de ser débil, sabihonda de lo ajeno en la medida que es ignorante de lo suyo. Lo malo del caso es que tal actitud suele engendrar a 1a, larga el terrible problema de la ^incomunicación, De cuantos males acechan a mi juventud a la más representativa, el que más duele y más temo es, sin duda, esa fuera de capacidad para llegar a todos sin dejar de ser uno mismo, para ser inte" para impresionar la mente y el de nuestros contemporáneos. En resumen, esa falta de capacidad para comunicarse, entender el momento y que el momento nos comprenda, otorgándonos así la posibilidad de conformarlo y hacerlo a nuestro" gusto y medida. Se puede impresionar a un ingenuo con lo ajeno, con la extraña influencia y con e¿ ser "como los de afuera".

Pero al pueblo—estoy por asegurarlo—soló se le llega con lo nuestro y con lo nuestro se la impresiona y a base de nuestras cosas podemos .comunicarnos con él. ¿Que no debemos cerrarnos? ¿Que no es lícito ´condenar nuestra literatura o nuestro arte al desconocimiento de las últimas corrientes estéticas universales? ¡Quién lo duda o puede negarlo! Una cosa es incorporar lo español, al mundo y del mundo lo qué más nos cuadra a lo español, y otra sufrir—con estúpida pedantería—un oscuro colonialismo de´ ideas, tendencias, formas y gustos. En fin, que no puede uno saberse de memoria Paris y desconocer absolutamente Granada. Cuando un´ joven—de esa "alguna juventud"— trata de impresionarnos con su retahila sobre el ´teatro francés, debembs preguntarle:

—¿Conoces a Benavente? Del mismo modo cuando nos* cuenta cómo es París, yo opine—humilde, muy humildemente—que-nay que preguntarle: —¿Conoces Granada? Porque sin conocer Granada, a ío peor París nos sirve de poco.

 

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