Autor: Papell, Antonio. 
   Ceuta y Melilla, en la encrucijada     
 
 Diario 16.    01/03/1983.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

ANÁLISIS

Antonio Papell

Ceuta y Melilla, en la encrucijada

Los síntomas de reconciliación entre Argelia y Marruecos, culminados en la confirmada entrevista entre

Hassan II y Chadli Benjedid, abren claramente la puerta a una solución del problema del Sahara,

patrocinada por los Estados Unidos, y deja manos libres a Marruecos para poner todo su esfuerzo

diplomático, y quién sabe si de cualquier otra índole, en la reivindicación de Ceuta, Melilla y los peñones

de soberanía española. Reivindicación en la que, por el momento, cuenta con el respaldo de la gran

potencia americana, recelosa de la inhibición de España en los grandes temas de la defensa occidental.

La situación de España, en la balanza de los intereses respectivos, no es en absoluto favorable, por lo que

puede asegurarse que el monarca marroquí —vestido, por cierto, de las monarquías medievales o poco

menos— tiene todas las cartas en su mano: es bien sabido que el cierre de las aguas marroquíes a nuestra

flota pesquera pondría al sector en una crisis de gravísimas proporciones en tanto que nuestro país sólo

tiene que ofrecer a Hassan una modesta vía de penetración a Europa de sus agrios, perfectamente

reemplazable por otro lado.

Anacronismo

Así las cosas, es de temer que la orientación nacionalista del régimen marroquí convierta la cuestión de

las plazas de soberanía en problema permanente, que llegará con medida puntualidad a los distintos foros

internacionales. Y es evidente que de poco le valdrán a España sus títulos históricos para justificar su

presencia soberana en unas plazas situadas geográficamente en el corazón de otro país. No son, desde

luego, comparables los casos de ambas ciudades con el de Gibraltar, excepto en una cosa: en el

anacronismo de ambas presencias.

Parece llegado el momento de decir que lo único importante de Ceuta y Melilla son sus poblaciones

españolas allí asentadas, y, por ende, los intereses de estas poblaciones. Es obvio que todo interés

estratégico que hubiesen podido tener antaño ha decaído completamente y que España no acrecienta ni un

ápice su prestigio permaneciendo en África del norte.

Por consiguiente, una política inteligente y realista debería tender hacia unos objetivos bien concretos: de

un lado, preservar esos intereses españoles, evitando, por supuesto, un éxodo masivo de las poblaciones y

tratando de eludir las molestias que se derivarían de un cierre de frontera o de la hostilidad procedente del

exterior; de otro lado, impedir una solución bélica del contencioso, puesto que es bien claro que el saldo

costo-beneficio no justificaría de ningún modo una iniciativa de esta naturaleza, a menos que respondiese

a una agresión.

Hay que negociar

Finalmente, si los marroquíes se muestran razonablemente predispuestos a emprender un diálogo

constructivo, tratar de mantener buenas relaciones de vecindad con ellos, preservando nuestras

pesquerías tradicionales.

La persecución de estos objetivos probablemente no sea posible a medio plazo si España se empecina en

la declaración de su absoluta e innegociable soberanía sobre las plazas. Por consiguiente, la cuestión está

en decidir si cabe o no una negociación en este sentido, con el fin de llegar a una solución intermedia, del

tipo de las de soberanía compartida, arrendamiento a largo plazo, etcétera.

El asunto es grave y no es bueno que el país permanezca con los ojos vendados, esperando

acontecimientos y con una predisposición poco consecuente con la realidad de las cosas. Por ello sería

conveniente que se iniciase un debate nacional, franco y abierto, con el fin de decantar un estado de

opinión fundamentado sobre los datos prácticos y no sobre los tópicos habituales.

Después de todo, el problema nos concierne a todos y nadie tiene derecho a utilizarlo con fines

partidistas.

 

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