Autor: Martínez Ruiz, Florencio. 
   Amistad hispano-árabe: Nace una asociación cultural     
 
 ABC.    13/12/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Siete días

Amistad hispano-árabe: Mace una asociación cultural

Hace unos días Antonio Gala declaraba en este diario que la Reconquista —como fenómeno de la

Historia de España— en realidad fue una invasión también. Y no sólo, como pudo leerse en un primer

momento, una invasión. La aclaración era necesaria al echar a andar la recién nacida Asociación de

Amistad Hispano-Arabe con un programa de actividades denso y amplio —conferencias, festivales,

semanas de cine y excursiones, premios y becas—, porque conviene que su andadura sea expedita y libre

de tropiezos.

Pienso que la creación de una asociación como ésta u otra alternativa se presentía en un ambiente cultural

donde no sólo aparecen «moros en la costa» —literalmente hablando, los jeques del petróleo que

adquieren suntuosas mansiones en la Costa del Sol—, sino un neo-arabismo literario, poético más

concretamente, que ha dado lugar a una lírica de «mester andalusi». Antonio Gala, presidente de la nueva

Asociación, escribe en «Charlas con Troylo» que Andalucía «es el más distinto de todos los países

españoles —dejémosle su propio lenguaje— porque estuvo más tiempo plena y diferenciada». Y no

convendría olvidar la frase.

La creación de la Asociación de Amistad Hispano-Arabe no escapará a pautas polémicas si ya desde el

principio no dejamos en claro las cosas. Y damos a cada uno lo que es suyo. Recuerda Gala en otra de sus

brillantes frases que en Andalucía «no es moro todo lo que reluce», ya que tos árabes que entraron no

tenían demasiado que ver con los que salieron. Con lo que estamos de acuerdo. Y ello desautoriza

cualquier sensibilización de uno y otro sentido, y reduce a sus justos límites la filosofía de cualquier

«encuentro» arábigo-andaluz, de cualquier relación hispano-árabe.

Una asociación cultural tiene la imprescriptible obligación de superar la Historia para trascenderla. La

cultura es la espuma de la civilización, la esencia que queda en el vaso, una vez quemados en el autoclave

del tiempo las demasías bélicas o los hechos históricos. Una cosa es opinar y aceptar que lo español, sin el

Islam, resulta inexplicable —y sigo citando ideas y palabras del brillante dramaturgo cordobés— y otra

aceptar con los ojos en blanco la cantilena del viejo personaje de «Las cítaras colgadas de los árboles»:

«Nunca debió conquistarse Granada.»

Ya la propia Asociación, al adjetivarse de «amistad hispano-árabe», resuelve sin más cualquier intentó de

seguir utilizando como arma arrojadiza la singularidad de dos pueblos, de dos culturas que anduvieron

fusionadas durante varios siglos. Y que repite otra vez una constante en la historia de vencedores y

vencidos, (Grecia-Roma, Roma-España, godos y árabes), donde aquéllos imponen la fuerza y éstos

imponen su cultura. Bien asta, por eso, que la Asociación de Amistad Hispano-Arabe surja con el

convencimiento de que, al ser posible, constituye la mejor prueba de que España —la España que llegó a

nuestras manos— es posible también.

Todo lo que sea salvar una vieja deuda ayudará a buen seguro a recomponer viejas fallas del

rompecabezas hispano. Las rupturas siempre son traumáticas y, con el tiempo, se observa que nunca lo

son totalmente. En la configuración del «homo hispanus», objeto de una de las sonadas polémicas del

siglo —el «ser de España», que ha enfrentado a Américo Castro y a Sánchez Albornoz—, el Islam fue el

yunque del platero donde España forjó algunas de sus singularidades, un espíritu de lucha que le

permitiría adquirir su personalidad en Europa. No obstante, tampoco hay que olvidar que en la España

árabe rebrotan y sacan su cabeza un legado racial, temperamental y cultural, típicamente premuslim o

antiislámico, asimilado por la realidad musulmana.

Oponer un «tiempo de oro» arábigo al Siglo de Oro cristiano no conduce a nada, salvo a levantar ciertas

ronchas residuales. Es mucho mejor sumar y no restar en esta operación cultural de largo alcance que el

«elan» impalpable de la sensibilidad mediterránea empieza a imponer, gracias a un culturalismo

ciertamente sofisticado, pero vivo y palpitante. Si hoy está fuera de toda duda que datos importantes de la

lírica y la epopeya romance, así como elementos arquitectónicos y ornamentales del arte hispano-godo,

subsisten en la cultura árabe, no podría —ni es pensable— recibirse con un mohín de suficiencia el

«reencuentro» de dos culturas tan afines. Pues si en tiempos mucho más bárbaros y azarosos supieron

convivir y acuñar un proceso cultural de la máxima excelencia hay que esperar que, en condiciones

mucho más favorables, lo hispano-andaluz despierte en todos los órdenes aquellas posibilidades que

yacen en las ramas de la sangre, en lo profundo de nuestro pueblo.

De lo que hay que huir es de las simplificaciones tópicas y de las reivindicaciones inventadas. La

convivencia —incluso en el terreno de la creación cultural, de la liberalidad literaria, de la sugestión

estética— sólo puede ofrecer garantías, depurando de factores extraños, de nostalgias demasiado

esterilizadoras, de baratas demagogias, una herencia que nos debe unir y no separar. Para ello nace, sin

duda, la Asociación de Amistad Hispano-Arabe. Y no tanto para resucitar sin término y hasta el

emblematismo el llanto de Boabdil, que ya ni siquiera necesitaría conquistar Granada. La tendría ahí para

admirarla.—Florencio MARTÍNEZ RUIZ.

 

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