Autor: Fellah, Salah. 
   El Magreb de los pueblos (1)     
 
 El País.    10/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

TRIBUNA LIBRE

El Magreb de los pueblos/1

Las tentativas de anexión de la República Democrática del Sahara Occidental y el atentado genocida

contra un pueblo que ha rechazado con valor y determinación los falsos destinos que le habían preparado,

han llevado a los dirigentes argelinos a avanzar el concepto del Magreb de los pueblos, que viene a

sustituir al final de una década al anterior concepto del Magreb de los Estados. Y esta sustitución no es un

accidente del recorrido ni un azar fortuito. Procede de la simple constatación de un fracaso, del intento,

útil en muchos aspectos, que sanciona lógicamente diez años de prórrogas y de ocasiones perdidas, para

crear una disponibilidad a la unidad entre los pueblos aislados unos de otros por la noche colonial, pero a

los que unifica su pertenencia a una misma área de referencia histórica y a un mismo tronco cultural, su

situación sobre un mismo zócalo geográfico y, por tanto, condenados a forjar juntos su porvenir común.

Más allá de sus aspectos trágicos, la descolonización del Sahara Occidental habrá servido realmente de

saludable detonador que saca a la superficie tensiones subterráneas que agitaban en profundidad el

Magreb, y pone en evidencia la imposibilidad de conseguir ni tan siquiera un esbozo del camino hacia la

unidad, a la que, sin embargo, aspiran legítimamente los pueblos magrebinos, entre los que son bien

reales y sinceros la solidaridad en la lucha y la esperanza.

No se trata aquí de pronunciar oraciones fúnebres sobre la muerte de una cierta idea del Magreb, ni

tampoco de gritar por la hegemonía de Argelia, pero la honestidad intelectual obliga a detenerse y a

examinar con serenidad la evolución de la problemática del Magreb en el curso de la última década.

Después del levantamiento revolucionario del 19 de junio de 1965, Argelia ha sabido trascender las

pruebas dolorosas de su pasado reciente, principalmente la agresión marroquí del otoño de 1963 contra un

país desangrado por una guerra de resistencia larga, mortífera y devastadora. Olvidándolo responde a la

ineludible solicitación de la historia y a los imperativos de la geopolítica, el realismo de sus dirigentes la

llevan a multiplicar las iniciativas y las gestiones para construir con

SALAH FELLAH

Redactor del órgano central del Frente

Nacional de Liberación argelino,

«Revolución Africana»

sus vecinos un Magreb de los Estados, aun viendo claramente los límites de dicho concepto. Emplazada a

curar sus heridas para emprender su desarrollo económico y social, su primer éxito fue establecer con los

países vecinos lazos de buena convivencia y de cooperación económica y cultural, para contribuir de una

manera eficaz a la aproximación y la comprensión entre pueblos que han sufrido tan profundamente la

opresión colonial, que han vivido y combatido juntos. Reafirma así su adhesión a los principios de la

unidad árabe y africana y reitera su rechazo de exportar su revolución, o de nutrir las revoluciones de

cualquier otra parte. La no injerencia en los asuntos internos de los Estados vecinos ha sido una constante

irrefutable de su política, incluso en los momentos más sensibles y más difíciles que han conocido estos

países, fundamentalmente en los dos intentos sucesivos de derrocar la monarquía alahuita. Esta política

constructiva de neutralidad es una contribución esencial a la construcción del Magreb de los Estados,

basado en el respeto a las diferencias de sistemas sociales y políticos de los Estados que lo componen y en

el advenimiento de una era de paz y de estabilidad en la región magrebina sobre la fachada meridional de

la cuenca mediterránea, transformada por los intereses, las codicias y las injerencias extranjeras en un

foco de tensiones.

Lejos de traicionar la causa de los pueblos, Argelia cree participar sinceramente en la unidad magrebina

por pasos sucesivos, en particular por la puesta en marcha de una coordinación económica cada vez más

pujante, una voluntad de armonización del esfuerzo de desarrollo, una corriente de intercambios

culturales densos y regulares para cultivar una sensibilidad magrebina, pero, sobre todo, por la

institucionalización de unos encuentros periódicos entre los más altos responsables para arreglar

pacíficamente, por la negociación y el diálogo, las diferencias heredadas del pasado colonial,

construir el presente y organizar el porvenir. En este espíritu, Argelia lamentó en su día la retirada de

Libia del conjunto regional y facilita y anima la inserción de Mauritania que ha descubierto, después de

su reconciliación con Marruecos, por intermedio de Argelia, su vocación norteafricana. En resumen,

Argelia no ha rechazado jamás su sensibilidad magrebina, que conserva como una necesidad vital.

Gozando de una estabilidad política que todos los observadores imparciales acuerdan calificar de notable,

después de recuperada la integridad de sus recursos naturales y haber liquidado los intereses extranjeros,

emprendió una gigantesca batalla contra el subdesarrollo, poniendo en marcha, progresivamente, una po-

tencia industrial en la medida de sus posibilidades y a la altura de las ambiciones del pueblo argelino y de

la voluntad de sus dirigentes de ser fieles al plazo de 1985. Realizando, al mismo tiempo, profundas

reformas en las estructuras agrarias y pastorales que revolucionan las relaciones de producción, según las

leyes de la democracia socialista, sin renunciar por ello a su personalidad cultural. Ofrece, por tanto, un

modelo de desarrollo y una experiencia revolucionaria que, evidentemente, no todos admiran, tanto más

cuanto su política exterior activa e independiente, pone su fuerza y su coherencia en la proyección

internacional de su pasado de lucha, que inspira su sostén a las causas justas, en la finalidad de justicia y

progreso, en su esfuerzo de desarrollo, que justifica su papel militante contra el sistema económico

mundial, cuyas reglas injustas y opresivas han sido elaboradas en ausencia de la aplastante mayoría de las

naciones del mundo, y frecuentemente contra ellas, y contra una división internacional del trabajo no

equitativa que encierra a los países del hemisferio Sur en las tareas marginales de proveedores de materias

primas, y consumidores de una tecnología ruinosa e inadaptada a sus necesidades. Esta política encuentra

resonancias significativas en las naciones proletarias, a las que ha dado las razones para unirse, además de

por su pasado, en el vasto conjunto de los desheredados del mundo, para arrancar por la fuerza

resoluciones y preservar en su derecho a la vida.

 

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