Autor: Moncada, Francisco de. 
   Sahara, el fracaso de una política (2)     
 
 El País.    19/11/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 18. 

INTERNACIONAL

EL PAÍS, sábado 19 de noviembre de 1977

TRIBUNA LIBRE

Sahara, el fracaso de una política/y 2

FRANCISCO DE MONCADA

En la sorda pugna que enfrentó a Exteriores con Presidencia en los diez años que duró la historia nadie

con más autoridad vino a dirimir el conflicto. La explicación es muy sencilla. Tanto una como otra actitud

favorecían el decidido propósito de Franco de no hacer nada.

Estamos ya en condiciones de hacer un primer balance de los errores del entonces jefe del Estado.

Equivocación número uno. Creer que el Sahara podía seguir siendo español eternamente. Dos. No

comprender que con sus escasos recursos materiales y humanos y su nula autonomía internacional, lo

único a lo que podía aspirar era a un entendimiento con su homólogo Hassan II. Y tercero y principal.

Utilizar la fuga hacia adelante de Exteriores, para ejercer la única política que conocía: ganar tiempo.

A pesar de que Franco no sabía demasiado de política exterior debería haber comprendido que la mezcla

de asamblea general, trilateralización de la controversia y promesas de descolonización en el continente

africano era demasiado explosiva como para que pudiera servir de vehículo a una táctica dilatoria. La

arena internacional no tenía nada que ver con la patria desolada en la que imponían su diktat Alonso Vega

o Muñoz Grandes. Y la verdad es que esa combinación de tercermundismo oral y franquismo fáctico

estuvo a punto de terminar en hecatombe.

Dejar pasar el tiempo permitió a Marruecos buscarse apoyos internacionales, galvanizar a su población y

preparar la marcha verde y/o la guerra. Apoyar la Djemá como asamblea representativa saharaui y

gobernar el territorio a base de exportar franquismo político produjo el hundimiento de la farsa

nacionalista teleguiada desde Presidencia y el nacimiento de un movimiento de liberación, saharaui

proargelino. Esos dos factores originados por nuestra torpeza, presión de Rabal bien preparada y

nacionalismo saharaui socialista, hicieron imposible la independencia.

Para empezar quien se había ganado el derecho a ser interlocutor real de la descolonización, el Polisario,

rebasaba con mucho el techo ideológico admisible en Madrid, París y Washington. Después, mantener esa

independencia hubiera supuesto ya una aventura bélica permanente frente a Marruecos a un coste

económico y político incalculable. Y además, un soberano despropósito. Era inimaginable ver a un

régimen como el franquista defendiendo mana miliatari la existencia de un Estado socialista. Con otros

dos escollos por añadidura. No podíamos contar con el apoyo de Argelia en caso de conflicto —lo dijo

cuantas veces se le preguntó y fueron varias— ni desde luego en el de EEUU. Lo que ellos querían era

una reorganización territorial del Maghreb en favor de Marruecos y no un mini Estado proargelino.

Menos aún si lo garantizaba un país sin más institución política que un jefe de Estado provecto.

El lector está ya en situación de comprender que el desenlace no podía ser otro que la entrega a

Marruecos del Sahara. Puestas así las cosas, lo que mejor pudo suceder es que el abandono se hiciera

como se hizo, con su aura de 98 y de desastre. Por primera vez la satisfacción de los intereses de la clase

dominante se hizo a costa de un perder la cara tan espectacular, de un sonrojo colectivo tan apabullante

que hasta los más miopes pudieron comprender cuál era la catadura moral de quienes nos gobernaban.

El aspecto negativo de aquella ignorancia de aprendiz de brujo son las consecuencias que se nos han

venido encima.

Como era de esperar, Marruecos está utilizando su recién ampliado territorio para ganar capacidad de

maniobra. Dado el espacio geoestratégico en el que se produce esta penetración, su avance sólo es posible

a costa de nuestro repliegue. Este ha empezado ya con el acuerdo de pesca.

A largo plazo, tampoco es difícil averiguar las intenciones de Hassan II. Ha abierto un consulado en

Palma; está invirtiendo en las Islas; envía emigrantes cualificados y ofrece trabajo en el continente. Y lo

que es peor. Bajo su punto de vista Marruecos no debe su nueva patria a España, sino a su astucia. Pero

nosotros a él le seguimos debiendo Ceuta y Melilla, aunque por ahora no lo manifieste.

Respecto a Argelia nadie puede extrañarse de que su respuesta haya sido violenta ni de que utilice a

Cubillo como medio de presión. Durante diez años fuimos nosotros los que exigimos la presencia de

Argelia en toda mesa de negociación en la que trataba el Sahara. Y su apoyo al MPAIAC ya lo

conocíamos desde el principio. Lo que a Argelia le hemos concedido —parece increíble— es la

oportunidad de compaginar su opción ideológica con sus intereses nacionales. De ahí las emisiones de

Cubillo y el esfuerzo argelino en pro del reconocimiento del MPAIAC ante la OUA(l).

Este deterioro de las relaciones hispano-argelinas puede tener graves consecuencias para nuestra política

y nuestro comercio exterior. Pero como no podemos denunciar el acuerdo de Madrid —por ahora— ni

tampoco podemos romper con Argelia —por ahora— no nos queda más remedio que aguantar la

provocación anticanaria.

Y por fin la inestabilidad. La frustración del pueblo saharaui y la voluntad política de Argelia amenazan

el statu quo de la zona; Mauritania está en peligro de desmembración; Marruecos y Argelia se amenazan

con un conflicto armado directo. Y al calor de la lucha se está forjando un nacionalismo saharaui de signo

supranacional que se extiende por Mali, Mauritania y el sur de Argelia.

Volvamos ahora al gran trapecio irregular del que hablamos al principio del artículo. Esa figura

geométrica imaginaria es nuestro espacio geoestratégico, el área más vital para nuestra seguridad.

Mantenerlo intacto es el primer deber de todo gobernante español. Pues bien: tanto su equilibrio como su

cohesión se han visto alterados precisamente en su extremo más vulnerable. Eso es lo que tenemos que

agradecer a nuestra derecha, creadora de un régimen sin más preocupación que la de garantizar sus

intereses y sobrevivir a corto plazo.

Aparte de la obvia conclusión política que antecede debo añadir dos más de carácter técnico.

Primera: con independencia del Gobierno que esté en el Poder se impone desmantelar el franquismo

administrativo en materia de política exterior. Hay que establecer de una vez en este campo el reparto de

competencias, la coordinación de decisiones y la atribución de recursos. Sin ello no será posible una

defensa racional de nuestros intereses.

Segunda: defender la españolidad de las Canarias se ha convertido en un elemento permanente más de

nuestra política exterior. A ello tiene que contribuir un pueblo canario satisfecho en sus reivindicaciones

políticas y económicas y una acción exterior coordinada en el que las grandes opciones (OTAN, por

ejemplo) se consideran siempre teniendo en cuenta su incidencia sobre el Archipiélago.

Quisiera completar estas conclusiones con una observación que es casi una advertencia. Los descalabros

en materia de defensa nacional o política exterior son pocos, pero cuando se producen suelen ser fatales y

casi siempre irreversibles. Para evitarlos hay que contar con un adecuado dispositivo humano e

institucional y prolongar el esfuerzo del trabajo durante generaciones. Naturalmente que nada de eso es

posible sin un marco político adecuado. Se necesita transparencia informativa, libertad de expresión y

opinión pública instruida.

Es de esperar que desatinos como el del Sahara contribuyan a consolidar estas variables. Y con ellas, los

partidos, cuyo único norte sea la defensa de los intereses de todos.

(I) Provocación que continuará en lo sucesivo debido a las esperanzas que despierta en Argel la postura

de la oposición.

 

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