Autor: Moncada, Francisco de. 
   Sahara, el fracaso de una política (1)     
 
 El País.    18/11/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

INTERNACIONAL

EL PAÍS, viernes 18 de noviembre de 1977

Sahara: el fracaso de una política/1

FRANCISCO DE MONCADA

Una de las características más notables del espacio geoestratégico español es su discontinuidad. A la

Península le falta su mirador natural sobre el Estrecho, Gibraltar, y para compensar esa ausencia, salta

más allá del mar, a la costa africana, donde asienta su soberanía en las ciudades de Ceuta y Melilla y otros

enclaves menores.

Pero la presencia más importante de España fuera de la tierra firme es su avance mediterráneo hasta las

Baleares, y por el lado del Atlántico, y como para confirmar su inclinación africana, hasta las Canarias.

No hace mucho, ese gran trapecio irregular se apoyaba también en un territorio africano contiguo a las

Canarias.

En la relación Península-islas Canarias se pueden determinar tres características estructurales: alejamiento

geográfico entre los dos elementos de la relación y debilidad relativa de España, valor estratégico de las

islas y proximidad de las mismas a África.

Sobre todo este entramado de realidades geográficas y políticas, la incidencia del franquismo fue triple.

Acentuó la debilidad del nexo Península-Canarias, debido a su incapacidad para movilizar recursos en

favor de un sector público fuerte al servicio de los intereses generales. Provocó su centralismo político, su

enfeudamiento al capitalismo de las islas y su legislación represiva el nacimiento de una oposición

extremista particularmente contraria a los intereses de España. Y para terminar, el franquismo creyó que

el Sahara podía seguir siendo español por los siglos de los siglos.

Esta pretensión fue el origen de todos los males. Lo que de verdad exigía la situación era una operación,

lo más afinada posible, a fin de hacer compatible la necesidad de abandonar el Sahara con el

mantenimiento de nuestro espacio geopolítico.

Las alternativas teóricas, ya que nunca llegaron a plantearse ni como tales, eran dos. Ceder el territorio a

Hassan II y apostar por la amistad marroquí, o crear un nuevo Estado con el apoyo de la temerosa

Mauritania y la recién nacida Argelia. Como elementos a favor de la primera solución estaban la vecindad

geográfica, Ceuta y Melilla, nuestro apoyo a Mohamed V en los días duros de la independencia y la

inequívoca orientación occidental de Marruecos. En contra, los resultados del expansionismo de Hassan

II, ya que mientras subsistiera el feudalismo alauita nuestro grado de amistad con Marruecos nunca podría

ser muy elevado.

La otra era crear un Estado saharaui independiente y amigo. La solución ideal, sin duda alguna. Pero

hacer independiente el Sahara hubiera exigido unos recursos materiales, una Administración y una

autonomóa política que el franquismo no tenía. Se trataba de crear en plena zona estratégica africana un

Estado-tampón entre Marruecos, Mauritania y Argelia. Esto exigía una España lo suficientemente fuerte

como para que Marruecos se tragara la ofensa y Argelia no se envalentonara.

Hubiera hecho falta también otra Administración. El nivel de coordinación interministerial, de unidad de

acción exterior, de flexibilidad en la toma de decisiones y de evaluación inmediata de información fiable

era tan bajo que lo que más podía pensarse era en que llegaran a tiempo las dietas para los dos

procuradores saharauis.

-Y last but not least se necesitaba también el consentimiento de los EEUU. Y Washington conocía

demasiado bien las entretelas del régimen como para atribuirle la responsabilidad de una independencia

que podía comprometer sus intereses.

Las consecuencias de tanta incompetencia y tanta descoordinación, todavía las estamos pagando.

El origen de nuestra política en la zona es una carta de instrucciones, firmada por el propio general Franco

al término de las negociaciones para la retrocesión de Ifni entre Marruecos y España. Franco ordenaba se

hiciera saber a Hassan II que el Sahara nada tenía que ver con Ifni, y que sería inútil que lo reivindicara,

dada su enorme importancia estratégica para España y el hecho de que nunca hubiera formado parte del

imperio cherifiano.

Esta orden tajante provocó en la Administración española dos interpretaciones contrapuestas: Presidencia

del Gobierno, al margen de inquietudes descolonizadoras y presiones internacionales, vio en la carta la

confirmación in eternum de la españolidad de una entrañable provincia africana. Exteriores, en otra onda

distinta, se propuso organizar una nueva acción tercermundista en línea con nuestra amistad árabe, el

apoyo a Argelia y Cuba y la intervención de la Asamblea de la ONU en el tema de Gibraltar.

La descolonización del territorio africano bajo la supervisión de la Asamblea daría mayor credibilidad a

nuestra postura internacional. En todo caso, y a corto plazo, servía para aliviar las presiones marroquíes.

¿Se iba a atrever Rabat a contestar el principio de la descolonización?

Eran otros tiempos. España estaba aislada y aquel tercermundismo —aunque de bolsillo— era nuestro

espacio político internacional. Sin embargo, la decisión de llevar el Sahara a Naciones Unidas estaba

cargada de consecuencias. Nos enfrentaba duramente con Marruecos; convertíamos a Argel —que venía

ayudando a MPAIAC desde su fundación— en parte interesada; institucionalizábamos —vía ONU— las

tensiones en el área. Y admitíamos como guía de conducta, en un tema delicadísimo, principios que se

originaban en un foro que no dominábamos.

Hay que señalar otros errores. Dos de estimación. Creer que España era más fuerte de lo que era, uno. Y

dos. Pensar que Exteriores, por sí mismo, tendría el suficiente peso político como para arrastrar a la

Administración carrerista a la misma operación que Francia montó con Mauritania. Pero sobre todo, el

error de base: no haber sabido ver desde el principio que Franco y Carrero utilizaban el progresismo

posibilista de un ministerio marginal para dar largas al asunto.

 

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